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Una historia que le sucedió a mi amigo Pastant
jueves, 26 de agosto de 2010
Los nombres y lugares que aparecen en la siguiente historia no son reales. Los he cambiado con el propósito de distraer, vamos, para que no reconozcáis a los protagonistas (en el hipotético caso de que uno de ellos viviese en la puerta de al lado). Lo que sí es verdad es que esto le sucedió a un amigo mío, al que llamaremos Pastant, no hace demasiado tiempo. Es una historia de primerísima mano.
A Pastant le encanta viajar. Yo mismo he estado con él en Londres, Ámsterdam y Nueva York, entre otros sitios, y nunca faltan propuestas para nuevos viajes. Cualquier destino le va bien, da igual dónde sea.
El caso es que a Pastant se le antojó viajar a Europa del Este (supongamos que fue este lugar) y nos lo propuso entusiasmado: un viaje de un mes de duración, todo el tiempo en coche, acompañados únicamente por un puñado de latas de atún y una tienda de campaña. El viaje de nuestra vida.
Bien, no de la mía, porque no soy la clase de persona que encuentra emoción en dormir en el asiento de atrás de un Ford. Para mí ya es suficiente aventura que la habitación del hostal me toque en la planta de no fumadores, no necesito más tensión. Y lo mismo debieron pensar el resto de mis amigos, porque poco a pocos todos se fueron descolgando del plan. Pastant se quedaba solo ante el peligro.
Pues bien: como no quería reprimir sus ganas, se metió en un foro de internet de viajeros y propuso abiertamente su viaje a todo el que se quisiese apuntar. Requisito: buen rollo y disponibilidad de un mes. Pastant no tenía miedo a meterse en semejante viaje con completos desconocidos, ya he dicho que los retos se le dan muy bien.
El caso es que dos desconocidos, de Sabadell y Badajoz, se comprometieron al viaje. El segundo, Alberto, viajó hasta Valencia para empezar el viaje en coche desde el minuto uno. A Manolo lo recogerían de paso por Sabadell. El primer encuentro normal, blablá, qué viaje nos espera, tú eres del Valencia pues yo soy del Barça, a la ropa interior le das la vuelta y nadie se entera, y dale que te dale cada uno se llevó su primera impresión. Mi amigo Pastant y Alberto llegan a Sabadell, donde los padres de Manolo los invitan a comer, y aquí de nuevo se presentan. En eso que Manolo se va al baño durante la comida, el padre de éste los asalta con voz siniestra:
--Tengo que contaros algo sobre mi hijo.
Mi amigo y Alberto se miran alucinados. Pastant se aclara la gargante y le dice:
--Empieza a contar.
El padre de Manolo les contó que Manolo es transexual, que en realidad se llamaba Carmina, pero que desde pequeñito se ha sentido hombre y de hecho ya había empezado con el tratamiento de hormonas.
--Manolo os lo tendría que haber contado, pero le daba mucha vergüenza.
Y en eso regresa Manolo del baño, y el padre sonríe con cara de "esta boca no es mía".
Pastant, Alberto y Manolo se subieron al coche una hora después, con un mes de viaje por delante. Manolo pensaba si habría cogido todas las pastillas; Alberto, cuál sería el próximo fichaje del Barça; mi amigo Pastant, más bien, estaba intentando recordar por qué no nos hizo caso cuando le dijimos que buscar compañeros de viaje por internet era una locura. El caso es que el viaje salió bien, conocieron Europa del Este, se divirtieron y también las pasaron canutas. No es que todo fuese perfecto entre los tres, pero nada de lo que salió mal tuvo relación con que la suma del trío fuese dos colas o tres. Pastant, que nunca antes se había visto en esa situación, comprendió muy pronto que Manolo era un tío, mease sentado o de pie, o por mucha 'Carmina' que tuviese el pasaporte. Eso no quita que se muriese por contarnos la historia al volver. A ver si la tolerancia va a estar reñida con el morbo...
--¡¡¡Qué fuerte!!! --dijimos todos.
--Esto es mejor que la vez de la litera de Nueva York.
--O lo del padre de la novia que se fue a por tabaco y nunca volvió.
--¡Qué fuerte, tío!
Como la historia es buenísima (mejor contada por Pastant, pero yo intento hacerlo lo mejor) la habré repetido un millón de veces desde su regreso. Lo que no me esperaba era alguna reacción:
--Pero es una chica. ¿A quién pretende engañar?
--Ey, no.
--Claro que es una chica. No se puede ir contra la naturaleza.
--Ey, ey, no.
Por fortuna, vivimos en un siglo en el que la ley y la ciencia permiten ajustar estos deajustes de nacimiento. Una persona es lo que le rige la mente, no lo que le dicta el cuerpo, y Manolo es un hombre porque él nació como tal. Sí, podrá faltarle pene, pero eso se puede arreglar. Igual que lo del dni, cuando complete los trámites. Pero ¿quiénes somos nosotros para negarle a alguien su identidad sexual? ¿Cuánto hay que esperar para que alguien pueda ser transexual de la forma más natural del mundo? ¿Por qué hay gente que no soporta que esta operación la pague la Seguridad social, como si fuese un capricho de aumentarse las tetas? ¿No sentís que la Seguridad social es un bien valioso cuando se encarga de casos como éste?
Yo me sentí muy orgulloso de mi amigo Pastant, desde luego. A él le importó un bledo el sexo legal de Manolo, con tal de que fuese un buen copiloto. No sé si yo hubiese reaccionado de forma tan natural ante una situación como esa, claro que de entrada, yo no soy tan valiente como Pastant.
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