La buena educación 2.0
domingo, 16 de marzo de 2014
Unos minutos después, como había sonado muy duro, le escribí otro mensaje más simpático para que no tomase mi amenaza en el sentido literal, pero para entonces A. ya se estaba disculpando y había borrado la foto. «No me di cuenta de la copa», me dice. Yo salía con un cóctel impronunciable en la mano, algo con lo que no me dejo fotografiar jamás, pero este detalle cambia muy poco la historia: no quiero que nadie suba sin permiso una foto en la que aparezco yo, punto. Mucho menos si estoy en un after work con amigos, pero sería lo mismo si la foto fuese repartiendo sacos de arroz y aspirinas en Ruanda: mi imagen me concierne a mí exclusivamente, porque una imagen contiene una historia o instante, que por trivial que sea, no quiero compartir con nadie.
La cosa viene de lejos: estás con un grupo de amigos (o conocidos; la palabra ya no tiene ningún sentido en Facebook) cuando alguien propone una foto y todos se tienen que poner en postura de recibir la comunión. Ahí tienes dos opciones: o no querer salir en la foto o exponerte a que la suban a cualquier red social sin tu permiso. Primero pruebas a no salir, pero te acribillan a gritos por escabullirte de la foto. Entonces intentas la otra opción: pedir que no la suban a Internet. Ay, y eso sí que no. Ya no se hacen fotos si no son para exhibirlas en Facebook. Primero quedas de imbécil por sugerir semejante anacronismo, pero cuando llegues a casa comprobarás que además de imbécil eres tonto, porque la han subido de todas formas. Estás vendido.
Desde hace tiempo, mi estrategia consiste simplemente en desaparecer y rezarle a todas las vírgenes de España para que nadie me cace a tiempo para la foto, porque entonces tendré que sufrir la presión para salir con los demás (explicación) para que luego suban la foto de todas formas (frustración). Hay gente que no acepta un no por respuesta. Tampoco que no quieras salir en su vida 2.0.
Sé que no estoy solo. Cada día hay más personas concienciadas con las nuevas normas de educación, conscientes de que lo normal es pedir permiso para subir una foto a Facebook en vez de tener que pedir que la quiten. Se habla mucho de cómo la ley se queda atrás de la tecnología, pero también queda mucho trabajo por hacer con las normas de educación. Hay que saber emplear las nuevas tecnologías con sentido común, pero también aplicar buenas maneras. Esto se aplica a las fotos, algo que nos preocupa mucho a algunos, pero también al correo electrónico (cruzo e-mails de trabajo con personas que lo utilizan igual que un chat, con cinco mensajes seguidos de «ok»), Twitter (si yo no he dicho que voy a un concierto, ¿por qué mis amigos me tienen que citar en un tuit cuando le cuentan al mundo lo bien que se lo están pasando? ¿Y si yo no quiero que sepa nadie dónde estoy, tanto porque no le interesa a nadie como si es porque le he dicho a otros amigos que me he quedado en casa leyendo?) y la madre del cordero: WhatsApp. Decálogo de buena conducta en WhatsApp ya, por favor. Si nadie lo escribe, me presto ahora mismo.
Son buenos modales preguntar antes de añadir a un chat de grupo, porque a lo mejor esa persona no quiere estar ahí pero le da reparo salir de la conversación. Tampoco estaría mal que nos acordásemos de que cada vez que escribimos a alguien para ametrallarlo a preguntas, le estamos haciendo perder un tiempo precioso que podría ahorrar si nos molestásemos en llamar (¡se puede!) y cerrar la conversación en dos minutos (mi norma es: si tienes más de tres preguntas seguidas, llámame. O pídeme que te llame, pero no me hagas perder el tiempo tecleando una parrafada detrás de otra solamente para ahorrarte veinte céntimos. Nuestro tiempo vale más que eso). También son buenos modales respetar las horas de sueño, las de trabajo y, evidentemente, el derecho a no querer responder inmediatamente aunque dos rayitas verdes digan que ya has leído el mensaje. La tecnología avanza y las leyes no se pueden quedar atrás. Que no ocurra lo mismo con la educación.
Genio ¿de qué?
jueves, 6 de octubre de 2011
Tengo un twitter pervertido
miércoles, 23 de marzo de 2011
Me registré en Twitter con el propósito de acercar este blog. Durante meses sólo funcionó como un mero redireccionador de entradas, sin ningún contenido extra. Al tiempo, y por que no se dijese, empecé a escribir algunas perlas entre medias: mensajes breves que en otra época hubiese escrito en la sección de Pensamientos en voz alta. Al principio seguía a medio centenar de personas, pero cuando comprobé lo caótico que era leer tanto mensaje seguido y lo poco que me interesaban (que me cuenten cosas morbosas o divertidas. Los "estoy cenando" puedo imaginarlos sin red social), cribé por una lista más escueta. No seguí a los que se registraron después. Tampoco miento si digo que apenas sigo, propiamente dicho, a los que followeo ahora. Ni a una tercera parte, vamos. Que los quiero mucho a todos, pero sigo a la mayoría por puro compromiso. Pues no es plan.
No sé cómo, pero Twitter se ha convertido en una especie de Facebook: sumar seguidores y seguidos, como si no pudiésemos leer lo que hacen sin necesidad de darle al follow. No necesito seguir a nadie para leer lo que hace (a excepción de que tenga candado. Ahí chitón), así que por lo mismo, igual me da que me sigan que si me leen entrando a mi perfil. Que a todos nos gustan los números redondos y que nos sigan diez o cien en vez de ocho o ciento dieciséis, pero la cosa no debería pasar de ahí. A menos que te siga Obama o Guille Milkyway, no se me ocurre dónde está la emoción de que te siga nadie. Lo importante es quien te lean, ¿no? La calidad, no el número.
Claro que mi relación con Twitter tenía que ir a peor: que lo utilicen para fisgarme. Para saber cómo soy. El otro día me contaron una historia de esas de "Te lo cuento pero creo que no te vas a reír", del tipo Hay una persona que se ha leído tu blog de pe a pa y mira a quién sigues por twitter por una historia con la que ni siquiera tengo relación. No, no me divertí, y me preocupó que hubiese personas dispuestas a seguir a conocidos (los míos) de desconocidos (que soy yo) con el propósito de montar un puzle exclusivo para un loco de atar. Lo más triste de esta historia es que ni siquiera era yo el objeto de la obsesión, sino que era un simple allegado. Si por lo menos tuviese un psicópata pisándome los talones la anécdota merecería un poco de emoción, pero no, sólo me reservan un puñetero papel de secundario.
El resultado de esto último ha sido desligarme de todas las cuentas privadas de amigos y conocidos que no tienen protección. Voy a lamentar muy pocas pérdidas (no es que no me resulten interesantes sus personalidades, pero a algunos ya les había dicho en privado que eran un poco plomos con tanto tuit), pero también me ahorraré tener que explicarme cada vez que alguien me diga que lo siga de una vez. Conversaciones privadas en medios privados, por favor. Hay que aprender a dejar los replies personales para los encuentros en cafés, que nunca se sabe quién nos está leyendo. Para terminar, una anécdota que sólo me podría pasar a mí: hace un año, cuando dejé un trabajo, escribí un tuit en el que decía que era el último día de una época desagradable (y algo más). Pues bien: el que era mi jefe lo leyó a las horas de decir adiós, y no os cuento el email tan simpático que me envió a continuación (irónicamente, me fui porque detestaba trabajar en una oficina con más cámaras que Gran Hermano, y no voy a entrar en la cuestión legal sino moral, y él lo remató todo paseándose por mi blog y leyendo con lupa hasta mis tuits. El Gran Hermano te vigila, ya lo decía yo). Si no aprendí una lección aquel día, lo hago hoy. Twitter, si lo quieres privado, con candao. Si no, cuidado con lo que puedes decir.
Los videojuegos de mi vida
viernes, 7 de enero de 2011
En realidad no fue siempre así. Si ahora me canso de cualquier juego antes de probarlo unos segundos, de pequeño conocía todas las videoconsolas y hasta me compraba revistas especializadas del sector. Tuve la Game Gear, la Master System, la Mega Drive, la Game Boy Color y la Advance, la Dreamcast (que todavía prefiero a las otras), la Play Station 1, la 2 (que es mi reproductor de películas actual) y casi la 3, si cuenta que es de mi hermano y sólo la veo cuando hago una visita a Valencia. Ayer probé el Gran Turismo 5 -sólo di una vuelta y a tres kilómetros por hora. Más turismo que otra cosa- y aluciné con el circuito urbano de Madrid. Era puro realismo, incluso con las cafeterías auténticas por las que paso todos los días. Pero qué queréis que os diga: el avance de gráficos en las últimas generaciones de "maquinitas" no es ni la mitad de innovador que lo era antes. Ahora la lucha va por otros derroteros, y yo no tengo ningún entusiasmo en ponerme al día con la industria.
Recuerdo, eso sí, algunos juegos. Uno de mis favoritos es ChuChu Rocket!, que Sega regaló a todos los clientes que Dreamcast que lo pedían. No eran los gráficos sino el ingenio, un romperse el coco que el tiempo demostró que tenía mucho que hacer en los videojuegos. De la misma videoconsola me encantó Jet Set Radio, que mezclaba grafitis con patinaje sobre ruedas. Una pasada.
De la primera Play Station no puedo olvidar Metal Gear Solid, al que no pude resistirme. Lo jugaba a medias con mi hermano y no paramos hasta llegar al final. La segunda parte ya me cogió falto de ganas, que no pasé ni la primera escena. Creo que también influyó que cada vez era más torpe con el mando.
Caí en la primera generación de Pokémon, aunque las siguientes cada vez me pillaban más fuera. Me hubiese gustado probar Zelda, pero o no tenía la consola o el título no me resultaba atractivo. Mario era muy divertido -los de plataformas siempre fueron mis favoritos- pero siempre me quedé con ganas de jugar a los juegos más apetitosos, justo aquellos de los que no tenía la consola.
Ahora puedes jugar a videojuegos súper elaborados sin necesidad de maquinita. Basta con un buen móvil, pero ni por esas me engancho. Juego que descargo, juego que borro unas semanas después. No sé, ahora me resulta inconcebible dedicar mi tiempo a un videojuego. Siento que dejo muchas cosas sin hacer, cosas más importantes y urgentes, pero todavía leo con curiosidad los reportajes sobre las últimas ferias de videojuegos aunque sólo sea por saber. A veces veo títulos a los que me animaría a jugar siete minutos y los siete minutos los pasaría con la boca abierta, emocionado. Pero el aburrimiento caería sobre mí un instante después. Ya no estoy hecho de la misma pasta.
MSN Messenger ha muerto
domingo, 12 de septiembre de 2010
Nunca fui amigo del Messenger (o "Mésencher", como decía alguna compañera de la universidad). Sólo entraba para hablar con quien tenía que comentar algo (generalmente, por asuntos de Expreso o más adelante HarryLatino) y ahí termina toda mi conexión. Procuraba estar siempre en "No disponible" para que nadie me molestase. El "¿qué haces?", pregunta que se traduce como "Me estoy aburriendo cuéntame algo para que tenga algo que leer" lograba sacar mi peor lado. La mayor parte del tiempo lo vi como una herramienta de trabajo. Las menos la utilicé como plataforma social, y para eso tenía mi propio messenger personal.
Hoy ni siquiera entro a ese. En el macbook no conseguí instarlarlo a la primera y no lo probé una segunda vez. Para qué, si el Messenger me aburre sobremanera. Sólo cuando regreso a Valencia, enciendo mi viejo ordenador y se abre el programa al iniciar sesión me acuerdo de que existe, y ni por esas siento la tentación de regresar. No le encuentro el atractivo. Si quiero hablar con alguien ya tengo el teléfono, el email, los mensajes privados de twitter o facebook. El Messenger pertenece a la primera década del siglo XXI, pero lo que soy yo, no lo he incluido en esta segunda década del milenio. El Messenger ha muerto para mí.
Ayer lo comentaba con unos amigos del colegio: ninguno utiliza Messenger desde hace tiempo. Y sin embargo, de vez en cuando, oigo cómo alguien dice "estuve hablando con equis por messenger el jueves pasado" y siento un déjà vu que me recorre la espalda. No es para tanto. Supongo que es lo mismo que sentirán muchos modernos cuando diga (como si yo lo dijese, cosa bastante improbable) que tengo blog: ya no es actual. Ya no es tan cool.
Por qué sigo comprando cedés originales (a riesgo de parecer un idiota integral)
lunes, 14 de junio de 2010
No viví el vinilo, y me resulta imposible echar de menos el caset, con todos sus contra y cuestionables ventajas. Lo que me resulta imprescindibles son los cedés, por más que viva pegado al iPod. Los sigo comprando y consumiendo a diario.
Cada formato tiene su estilo y su momento. El iPod me acompaña a todas partes y lo llevo siempre a todo piñón, vaya a donde vaya. A menos que vaya con alguien, en cuyo caso se queda en el bolsillo del pantalón, lo utilizo todo el tiempo (lo cuál quiere decir que si un día desaparezco y el iPod está en la mesa de mi habitación, llamad a la policía. Me ha pasado algo grave seguro). Destrozo los auriculares con una media de unos dos meses, aunque los aparatos los cuido fenomenal. No he estropeado ninguno. Cuando me he cambiado a un modelo mejor, ha sido por simple renovación. De hecho, aunque tengo un iTouch desde hace dos años y medio (sigue funcionando sin error), siempre llevo el viejo iPod Nano (primera generación) en la mochila por si se me acaba la batería del otro, preparado para la sustitución. El iPod Shuffle está enganchado a unos altavoces del baño para que suene música cada vez que me voy a duchar.
Por supuesto que tener miles de canciones en un cacharro es una bendición, y no renunciaría a ello por nada. Pero existe mundo más allá, y es lo que reivindico con los cedés. Las ventajas que poco a poco se olvidan. Quizá ocurra un día lo mismo con el ebook.
Me gusta el cedé porque tiene un orden, y no caes en el vicio de pasar rápido cada canción. Me gusta el cedé porque mi despertador los reproduce, y desde hace diez años elijo cada noche el tema que me va a despertar (elegido con especial cuidado en aquellos días que mi vida va a cambiar). Me gusta el cedé porque aunque hay grupos que ya no caben en mi iPod, oh, qué sorpresa, me sorprendo encontrando un antiguo disco que no se me hubiese ocurrido bajar por Internet y que sin embargo me gustó en el pasado, y que para más inri, lo escucho de nuevo y me vuelve a gustar. La banda sonora de El jorobado de Notre Dame, el primero de Aqua o Luis Ramiro son algunos que he tenido la suerte de redescubrir en las últimas semanas. Cedés que siempre estuvieron en mi estantería y que por cosas del paso del tiempo no llegaron a entrar a mi iPod.
El iPod tiene mil ventajas, pero en ocasiones esas ventajas, como capacidad ilimitada, se convierten en su cruz. Tienes tantísimas canciones que al final no te gustan la mitad, y para oír una entera tienes que pasar veintitrés. El orden de los discos, que alguien decidió alguna vez por algo, pierde la noción. No tienes el libreto para cantar a la vez. Y por supuesto que todo esto se puede solventar con tiempo, como descargar las letras u ordenar los listos en iTunes. Pero si hiciese todo eso, además de perder cientos de minutos, no tendría modo de criticar el iPod. Será que mi despertador es anterior a su época, y eso sí que no lo puedo solucionar.
Un Análisis del Uso del E-Book, Sus Aplicaciones, Consecuencias y Posibles (des)Interesados
martes, 5 de enero de 2010
Después de pasarme la adolescencia dedicando mis oratorias anuales al libro electrónico, voy a tener que asumir que en 2010 ha llegado para quedarse. Amazon y su dichoso Kindle darían el pistoletazo de salida definitivo, pero anda que no ha tardado este aparato en meterse en nuestras vidas. Yo ya tengo mi ebook y saco las primeras conclusiones. Como supongo que más de uno estará pensando en comprarse uno, aquí va mi análisis premeditado:
- Cuando lees muchos manuscritos que todavía no están en formato papel (precisamente por eso los leo: para ver si merece la pena publicarlos), el ebook es mejor a un pdf en pantalla o un fajo de folios salidos de la impresora. Claro que me refiero exclusivamente a manuscritos inéditos, y no es lo que acostumbra a leer el 99% de la población. Esta ventaja se reduce a los involucrados en el mundo editorial.
- Lo mismo para corregir manuscritos: puedes editar un libro en el metro o en un avión, siempre y cuando tu ebook te deje escribir, claro. Sólo unos pocos modelos lo permiten (¡como el mío!).
- Te permite aumentar el tamaño de la letra, cuando hay ediciones impresas que nos obligan a dejarnos los ojos. Muy útil para gente mayor o un poco cegata.
- Poder "Buscar" en un documento, algo que no nos permitían los libros de papel ("¿Dónde estaba...?", y te pasabas diez minutos buscándolo).
- Los ebooks traen por defecto un repertorio de clásicos (porque están libres de derechos, no hay otra), lo que hará que mucha gente redescubra autores hoy casi olvidados, o que conocemos pero a los que nunca nos hemos molestado leer. Shakespeare, Dickens, Brönte... van a volver a ponerse de moda por una simple cuestión de gratuidad.
- El paso a lo digital va a frenar considerablemente la deforestación. La pregunta es: ¿la fabricación de los ebooks será respetuosa con el medioambiente, o el remedio es peor que la enfermedad?
- Las revistas digitales van a encontrar su sitio de expansión. Que me digan que no es cómodo leer ElTemplodelasMilPuertas.com o El Quisquilloso en un ebook. Yo lo recomiendo encarecidamente.
- El ebook no es más cómodo de leer que un libro de papel; su tamaño sigue siendo bastante parecido (y no puede seguir reduciéndose por simple cuestión práctica), hay que tener cuidado de que no se estropee (si con los libros de papel podíamos volvernos cuidadosos, con los ebooks llegará al punto obsesivo. Un ebook se puede estropear, y no cuesta 10€ precisamente) y en cualquier momento se le pueden acabar las pilas.
- El hecho de tener un repertorio de mil libros en la memoria provocará que la gente abandone historias a una velocidad que no ocurría con papel: antes, si un libro no te gustaba, hacías el esfuerzo de seguir un poco más. Ahora, con otros 999 títulos en el disco interno, pasarás a otra novela con la misma velocidad que cambias de canción en el iPod. Esto es HORRIBLE, hablamos de libros. Pero las costumbres van a cambiar. Cuando tienes tanta opción al alcance de un clic, cada libro se devalúa al momento.
- Sin meterme en las descargas ilegales, muchos autores que no encuentran editorial van a encontrar su espacio con el lector. Si tienes ebook, lo mismo te da leer un libro inédito que el último de Müller. ¿Lo mismo? La literatura puede sufrir un retroceso si se pone al mismo nivel un texto trabajado con uno que nunca ha visto un editor. El lector de la calle va a ser el primero en sufrir esta "universalización". Supongo que aquí encontraré detractores, pero en lo personal prefiero que un libro pase por las manos de un editor, corrector y maquetador. Ya lo notaréis cuando leáis textos mediocres.
- En lo sentimental, no puedo imaginar entrar a una casa y no ver libros. Que toda la biblioteca se resuma en una tarjeta SD del tamaño de una cerilla. Perder un ebook es perder toda una vida de lecturas, como para pensárselo.
La cultura es libre... en 1888
miércoles, 17 de junio de 2009
Pensaba ayer en todo este debate demagogo-comunista de la cultura libre (que vale que el canon sea una BARBARIDAD, pero el otro extremo no lo es menos) y de golpe me acordé de un artículo que escribí hace unos meses para ElTemplo sobre la escritora Frances Hodgson Burnett, la de El jardín secreto, La princesita y El pequeño Lord Fauntleroy. Precisamente por esta última se celebró en 1888 (hace 121 añazos, que se dice pronto) un juicio sobre derechos de autor.
Mi vida con Gmail
viernes, 3 de abril de 2009

Me entero que el correo de Google cumple cinco años y reviso el tiempo que hace desde que creé mi primera cuenta (hoy en día administro unos cuantos @gmail, cosas del ciberespacio): fue el 19 de Junio de 2004, hace casi cinco años, y recuerdo que recibí la invitación de uno de los reporteros de entonces de HarryLatino, nombre que no se me olvida porque era musulmán (no hemos tenido tanto equipo musulmán, esas cosas se quedan).
En contra del libro electrónico
martes, 10 de febrero de 2009
Estoy en contra. Radicalmente en contra. Y es que por primera vez en algo así como un trillón de años, parece que el libro electrónico (o e-Book) empieza a despegar.
Spotify, recomendación tecnológica
sábado, 24 de enero de 2009
El memo de fry3288905498059 me recomendó hace días Spotify, invitación que acepté en el acto. Es un programa, por ahora gratis y sin publicidad, con el que puedes encontrar practicamente toda la música que quieras y reproducirla al instante, sin tiempos de carga. Útil para escuchar la música antes de descargarla, para no tener el Ares abierto tontamente. Además crea listas de reproducción y tal, por lo que puedes dejarlo encendido y va sonando lo que te gusta, sin interrupción. Una pasada, en resumen, que espero que dure así por más tiempo.
Google Maps
domingo, 14 de diciembre de 2008
Ya he hablado del peligro del monopolio Google, y del miedo que me da la privacidad. Comentaba los riesgos de que nuestro información llegue a las peores manos, pero olvidaba que ya hay datos que están al alcance de todos: esa vista de águila de Google Maps.
La frase más friki del día
jueves, 4 de diciembre de 2008
Inglés, ocho y media de la noche. Somos un grupo de siete personas, a cada cuál más variopinto. Hoy hay nueva, una treintañera rollo Bridget Jones que nos hace sentir vergüenza a todos por nuestra pronunciación (especialmente a mí, que es nula. Y como dije que mi pronunciación era mala, ahora todos lo piensan. "Diles cuál es tu defecto y entonces lo verán", decía uno).
Mecaguenlaputaunadetrásdeotra
jueves, 13 de noviembre de 2008
En eso que intentaba instalarme el firmware 2.0 del iPod Touch (sin pagar, obviamente) algo hice mal que se me borraron todas las canciones. Más de 2.000. ODIO ESTE MUNDO.
iGoogle
domingo, 19 de octubre de 2008
El otro día entré por casualidad a mi cuenta de iGoogle, de la que no tenía noticia. Me dio miedo. Mis correos privados, documentos que había olvidado (incluso borradores completos de novelas), historial de búsqueda (ni sabía que existía este archivo), imágenes de Picasa, blog, estadísticas... por no mencionar que cuando entro en Google Maps la flechita se coloca directamente en mi casa.

Gilipolleces eléctricas
domingo, 28 de septiembre de 2008
Cada día desconfío más de los inventos. Los inventores deberían hacer la vida más cómoda a las personas, y no hacerles más vagos. Porque hay inventos brillantes, sí, pero también hay inventos que son gilipolleces eléctricas. El de la persiana eléctrica es uno que me puede especialmente: no sólo gasta energía eléctrica (por lo que tiene su parte perjudicial con el medio ambiente, por minúscula que sea) sino que ha llevado la construcción de chips y motores eléctricos que también conllevan contaminación, como si subir la persiana manualmente fuese lo más complicado del mundo. En mi casa no tenemos ni una persiana eléctrica y nos sentimos del siglo XXI, no sé vosotros. Ir a otra casa y tener que pasarse un minuto dándole al botón, o que se haya estropeado y tengas que recurrir a la luz eléctrica para tener luz (de nuevo, ¡más electricidad!) te demuestra lo muy hacia atrás que "avanzamos" de vez en cuando. Al cuerno con las gilipolleces eléctricas, que no le mejoran la vida a nadie y le hacen perder el tiempo a la vez que mueven una industria de contaminación.
Guetto ways - Scissors for Lefty
jueves, 4 de septiembre de 2008
Gmail para los alemanes
domingo, 27 de julio de 2008
Hú. Sigo en tierras alemanas, y hoy nos ha pillado la lluvia en el lago Titisee o como sea.
Hace tiempo leí en la prensa nosequé rollo de que Gmail con Alemania, que el nombre ya estaba registrado de antes y la empresa de Google no podía usarlo para su correico. Esto es lo que pasa si tecleas www.gmail.com desde una conexión alemana:
No podemos proporcionar servicio con el nombre Gmail en Alemania, aquí nos
llamamos Google Mail.
Si viajas por Alemania, puedes acceder a tu correo
en
http://mail.google.com.
Y nos gustaría enlazar la URL anterior, pero
no
podemos hacer eso tampoco. ¡Que fastidio!
Para obtener información
general
sobre Google, visita www.google.com o www.google.de.
Sin novedad por el frente. Ah, sí, que hemos conocido a una japonesa de Osaka y me he acordado del plan siosí de ir al país nipón con quienes ellas saben. Dicho queda.



