Nunca fui amigo del Messenger (o "Mésencher", como decía alguna compañera de la universidad). Sólo entraba para hablar con quien tenía que comentar algo (generalmente, por asuntos de Expreso o más adelante HarryLatino) y ahí termina toda mi conexión. Procuraba estar siempre en "No disponible" para que nadie me molestase. El "¿qué haces?", pregunta que se traduce como "Me estoy aburriendo cuéntame algo para que tenga algo que leer" lograba sacar mi peor lado. La mayor parte del tiempo lo vi como una herramienta de trabajo. Las menos la utilicé como plataforma social, y para eso tenía mi propio messenger personal.
Hoy ni siquiera entro a ese. En el macbook no conseguí instarlarlo a la primera y no lo probé una segunda vez. Para qué, si el Messenger me aburre sobremanera. Sólo cuando regreso a Valencia, enciendo mi viejo ordenador y se abre el programa al iniciar sesión me acuerdo de que existe, y ni por esas siento la tentación de regresar. No le encuentro el atractivo. Si quiero hablar con alguien ya tengo el teléfono, el email, los mensajes privados de twitter o facebook. El Messenger pertenece a la primera década del siglo XXI, pero lo que soy yo, no lo he incluido en esta segunda década del milenio. El Messenger ha muerto para mí.
Ayer lo comentaba con unos amigos del colegio: ninguno utiliza Messenger desde hace tiempo. Y sin embargo, de vez en cuando, oigo cómo alguien dice "estuve hablando con equis por messenger el jueves pasado" y siento un déjà vu que me recorre la espalda. No es para tanto. Supongo que es lo mismo que sentirán muchos modernos cuando diga (como si yo lo dijese, cosa bastante improbable) que tengo blog: ya no es actual. Ya no es tan cool.
MSN Messenger ha muerto
domingo, 12 de septiembre de 2010
Los efectos creativos de la droga
jueves, 9 de septiembre de 2010
Ayer fui a un local de reprografía para imprimir unos documentos y me pasé ahí casi una hora. Primero con la anciana que tenía que ir al médico así-que-déjame-ir-delante-si-no-es-mucho-pedir, a la que misteriosamente se le canceló la cita para tenerme un rato hablando de Requena (oyó que yo la mencionaba por teléfono) pese a que ella nunca ha puesto un pie allí. Luego entró un drogadicto a la tienda que nos puso a todos alerta, especialmente a los clientes, que no teníamos un mostrador enorme en medio como protección. El hombre, demacrado y alienado, pidió que le cambiasen diez monedas de un euro por monedas de veinte y cincuenta céntimos. Luego quiso que le hiciesen "un euro en fotocopias" (me recordó a cuando comprábamos chucherías en El kiosko de David, junto a Escolapios) de un documento manuscrito que tenía toda la pinta de cuadrilla.
Como ya llevaba un rato en la tienda, y el drogadicto me parecía muy interesante, estiré el cuello hasta límites físicamente imposibles para averiguar qué podía querer fotocopiar un desperdicio de la droga. Debí ser muy poco discreto, porque cuando un dependiente le devolvió el original, el hombre me lo regaló.
-Toma, te lo regalo. Para que se lo des a tu novia.
-Oh, muchas gracias, caballero. -Supongo que nadie lo ha llamado "caballero" desde, qué digo, jamás. Creo que en las Barranquillas se estila más lo de "Honorífico" o "Recolgado"-. Es muy amable por su parte.
-No me digas usted. Puedes hablarme de tú. -En texto plano no puedo transmitir su voz de drogadicto pero vamos, os hacéis una idea.
-De acuerdo. Gracias.
Me puse a leer el documento manuscrito, que se trataba de cuatro poemas firmados por "Tu amigo Javier". Tratan de la soledad, del mar y esas cosas de poetas que yo no entiendo porque soy más chico de novela. Las leí unas cuantas veces (me impresionó que casi no tenía faltas de ortografía. No digo que no las hubiese, ¡pero qué maravilla que ese hombre supiese escribir! Me pregunto si al principio sería un hombre respetable) antes de darle mi opinión, un poco comprometida dadas las circunstancias. Ninguno quiere enfrentarse a un drogadicto y mucho menos yo. Nunca sé cómo salir de esas situaciones tan cotidianas.
-Están muy bien.
-Gracias.
Cuando le dieron el euro en fotocopias se marchó, y ahí me quedé yo con los cuatro poemas de mi amigo Javier. Volví a pensar en un asunto que me intriga, y son los efectos creativos de la droga. Sí, las sustancias son malísimas y tal y pascual, pero ¿se puede negar que han sido imprescindibles en la creación de grandes obras literarias, musicales o pictóricas? ¿Sería el arte lo que es hoy sin esos participantes de la droga? ¿Es políticamente incorrecto admitir que la droga tiene efectos positivos como un incremento de la inspiración?
Me gustaría hacer el experimento, pero creo que los camellos y yo no encajaríamos muy bien. Necesitaría una persona intermediaria con el camello, de modo que al final serían dos camellos, y llegado el punto me vería obligado a necesitar tres. No. Prefiero colocarme con donetes, nesquik o cocacola con cafeína. Pero es muy interesante comprobar que la droga no sólo destruye, o que en según qué casos, potencia el ingenio unos segundos antes de atestar ese golpe letal y matar.
Contra las fotografías aéreas de Google Maps
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Se supone que si el señor X tiene una finca privada, yo no puedo entrar a su casa a fotografiarla. Ahora bien: como la valla sea baja, me puedo hartar a sacar fotos siempre y cuando no ponga un pie dentro, incluso valiéndome de mira microscópica o cualquier cachivache que inventen los chicos de Canon, Nikon o Fotoflú.
Ahora, ni con vallas de tres metros está nuestra intimidad a salvo: Google, abanderada de la libertad, considera una información de vital importancia la distribución de los árboles de mi jardín, dónde tengo instalada la piscina de bolas y con quién me baño yo en la piscina. Que nadie se atreva a protestar, porque estamos en la era de las tecnologías y al igual que con las descargas, sino te adaptas el problema lo tienes tú. Todavía puedo denunciar que un hombre se meta en mi casa, pero si se trata de un robot que saca la foto desde el espacio, chitón y a hacer camino. Que sí, que no se mete en mi casa, pero a los efectos viene a ser lo mismo: es una propiedad privada y se sacan imágenes de mi intimidad. El hecho de que el culpable esté fabricado con tornillos y sobrevuele la atmósfera no mejora la situación.
No voy a negar que Google Maps es una herramienta muy útil, ya sea para encontrar cierto restaurante como para pasearse a ras del suelo por el barrio en el que estás pensando vivir. Ahora bien: Google Maps no tiene derecho a todo, y aunque no ha inventado las fotografías aéreas, lo que ha hecho ha sido democratizarlas y ponerlas al alcance de todos de un modo que no ocurría antes. Yo no quiero que vean cómo es mi propiedad, si la tengo. No puedo evitar que alguien a bordo de un avión eche un vistazo a mis geranios pero Dios, de ahí a que los fotografíe y publique en Internet hay un trecho algo así como enorme. La misma diferencia entre que no puedo evitar que alguien grabe una conversación telefónica conmigo, pero sí tengo la última palabra para que esa grabación se haga pública porque es mi bendita intimidad. Que Google empiece a aprender la lección de una vez por todas. Más información no significa mayor libertad, cuando ciertos contenidos no benefician a nadie y sí perjudican a unos muchos.
Jugando a la güija
martes, 7 de septiembre de 2010
Yo, que me considero un ser racional que no se cree ninguna leyenda, discrepo de las religiones y hasta las noticias de la tele las cojo con pinzas, no puedo evitar sentir un repelús cuando se habla de la güija. Me refiero a ese tablero con letras, sís y nos y diez números (las más modernas también incluyen una arroba y un .com, no sea que el espíritu quiera facilitarnos algún correo electrónico desde la ultratumba. Pues no es tan raro, pienso), con el que la gente mantiene interesantes conversaciones sobre el índice bursátil, café normal o descafeinado o esas-cosas-que-nunca-te-dije con el Más allá, que no es la frontera de Francia sino una forma muy educada de referirse a los muertos. No recuerdo haber jugado a la güija en mi vida (lo cuál no significa que no lo haya hecho. Mi memoria me juega muy malas pasadas) pero tengo claro que si lo hice, no lo volvería a hacer. Me da miedo. No quiero jugar con cosas que no entiendo. O dicho de una manera más racional, volviendo a mi cerebrito:
- Si la güija es una farsa, no voy a perder el tiempo con ella.
- Si la güija es real, mucho menos voy a perder el tiempo con ella.
