Ser un misterio en Facebook
lunes, 14 de marzo de 2011
Durante mucho tiempo me resistí a Facebook (pero también lo hice con Twitter, y mira hoy, @el_croni tiene que reconocer que más de un millar de tuits no se escriben solos), pero al final caí como el resto y creé dos cuentas distintas: una como El Cronista de Salem y otra para uso personal. Como no quería que cualquiera cotillease mis fotos, me registré como Hernán Cortés. Tampoco es que fuese fan de Hernán Cortés, pero siempre me ha parecido un nombre muy sonoro. Si se tratase de admiración, hubiese escogido un millón de personajes históricos antes que él. Sí, la duplicidad de cuentas va contra la normativa de Facebook, pero Dios sabe los intentos que he hecho por eliminar esta última cuenta con nombre de conquistador y lo máximo a lo que llego es a la desactivación. Si la única forma que tengo para que la supriman es autoinculparme, proclamo mi falta a los cuatro vientos.
Sin embargo, las circunstancias cambian y algunos casos me exigían una cuenta de Facebook con mi nombre real. La gente no quiere Cronistas entre sus amigos, y qué decir de Hernán Cortés. Creé el nuevo perfil a regañadientes, pero esta vez conociendo todas las opciones de privacidad. Si tenía que pasar por el aro, al menos lo haría a mi modo: mi cuenta personal no muestra las fotos en las que estoy etiquetado, ni tampoco tengo tablón. No aparece mi lista de amigos ni mi teléfono ni mi email. Solamente mi nombre, con una imagen de perfil, mi fecha de cumpleaños (por eso de que se acuerden de felicitarme. No os vayáis a pensar que fue un despiste al desactivar las opciones) y mis gustos, no sea que al fin encuentre un alma gemela para los conciertos de los grupos raros. Tampoco agrego a desconocidos, pero sí añado a gente más relajado que antes. Total: no hay nada interesante en mi perfil. Es un cortarrollos para los cotillas que se pasan horas buceando entre los muros y álbumes de los demás. No será a mi costa.
Tan contento yo con mi nuevo perfil apto para todos los públicos cuando alguien cercano, de los que no tenía como Hernán Cortés y me insistía para que me crease Facebook una y otra vez, encontró una nueva excusa para quejarse:
--No te puedo escribir en el muro.
--Ya lo sé. Es que no tengo muro.
--Sí, sí... Eso es que tienes algo que ocultar.
Vaya. No querer mostrar es ocultar. Pues si lo ven así, sí, no quiero exhibirme. Pero ¿significa eso que tenga nada que esconder? ¿Es más natural que la gente escriba en el muro, a ojos de todos, lo que es un mensaje para una sola persona? Porque respeto que lo hagan, pero que me comprendan si prefiero ahorrarme toda esa sobreexposición. A unos no les interesa si he salido de fiesta con otros. Y a otros, si me voy de viaje con los siguientes. Facebook, igual que el resto de redes sociales, tiene la virtud de crear más lazos de comunicación que antes, ¿pero quién ha dicho que yo quiera tanto? ¿Por qué debería decirle al mundo dónde me encuentro en cada momento, por mucho que Twitter me sirva de altavoz? What's App, el chat para iPhones y demás móviles, también tiene sus ventajas, pero ¿acaso no estáis hartos de tener que responder a todo al instante, de estar localizables las veinticuatro horas del día? ¿De que cualquiera os pueda decir "hola" en cualquier momento? ¿La posibilidad de la comunicación máxima es el éxtasis de las relaciones sociales, o el empobrecimiento?
Qué poca credibilidad de discurso cuando escribo todo esto desde un blog. Buenas noches o buenos días.
Sin embargo, las circunstancias cambian y algunos casos me exigían una cuenta de Facebook con mi nombre real. La gente no quiere Cronistas entre sus amigos, y qué decir de Hernán Cortés. Creé el nuevo perfil a regañadientes, pero esta vez conociendo todas las opciones de privacidad. Si tenía que pasar por el aro, al menos lo haría a mi modo: mi cuenta personal no muestra las fotos en las que estoy etiquetado, ni tampoco tengo tablón. No aparece mi lista de amigos ni mi teléfono ni mi email. Solamente mi nombre, con una imagen de perfil, mi fecha de cumpleaños (por eso de que se acuerden de felicitarme. No os vayáis a pensar que fue un despiste al desactivar las opciones) y mis gustos, no sea que al fin encuentre un alma gemela para los conciertos de los grupos raros. Tampoco agrego a desconocidos, pero sí añado a gente más relajado que antes. Total: no hay nada interesante en mi perfil. Es un cortarrollos para los cotillas que se pasan horas buceando entre los muros y álbumes de los demás. No será a mi costa.
Tan contento yo con mi nuevo perfil apto para todos los públicos cuando alguien cercano, de los que no tenía como Hernán Cortés y me insistía para que me crease Facebook una y otra vez, encontró una nueva excusa para quejarse:
--No te puedo escribir en el muro.
--Ya lo sé. Es que no tengo muro.
--Sí, sí... Eso es que tienes algo que ocultar.
Vaya. No querer mostrar es ocultar. Pues si lo ven así, sí, no quiero exhibirme. Pero ¿significa eso que tenga nada que esconder? ¿Es más natural que la gente escriba en el muro, a ojos de todos, lo que es un mensaje para una sola persona? Porque respeto que lo hagan, pero que me comprendan si prefiero ahorrarme toda esa sobreexposición. A unos no les interesa si he salido de fiesta con otros. Y a otros, si me voy de viaje con los siguientes. Facebook, igual que el resto de redes sociales, tiene la virtud de crear más lazos de comunicación que antes, ¿pero quién ha dicho que yo quiera tanto? ¿Por qué debería decirle al mundo dónde me encuentro en cada momento, por mucho que Twitter me sirva de altavoz? What's App, el chat para iPhones y demás móviles, también tiene sus ventajas, pero ¿acaso no estáis hartos de tener que responder a todo al instante, de estar localizables las veinticuatro horas del día? ¿De que cualquiera os pueda decir "hola" en cualquier momento? ¿La posibilidad de la comunicación máxima es el éxtasis de las relaciones sociales, o el empobrecimiento?
Qué poca credibilidad de discurso cuando escribo todo esto desde un blog. Buenas noches o buenos días.
Nuestra canción preferida de Mecano
sábado, 12 de marzo de 2011
Nunca me he considerado fan de Mecano, lo cuál no quita que me gusten muchas de sus canciones y guarde unas cuantas en el iPod. El grupo español por antonomasia no sufre el paso de los años, por más que pase el tiempo desde su disolución. Sin embargo, con tantos discos a sus espaldas, parece que siempre escuchamos las mismas canciones. El otro día descubrí por casualidad su disco Ya viene el sol, con temas que nunca había oído como "No pintamos nada", "Mosquito" o el que da nombre al disco y aluciné: ¡qué grandes canciones, y durante tantos años que los he desconocido! Me he propuesto escuchar el resto de la discografía desconocida -para mí- de Mecano, a ver qué sorpresas me llevo.
No es la primera vez que me pasa: con Franz Ferdinand, por ejemplo, tengo todos los discos, pero mi canción favorita, "L. Wells", no pertenece a ninguno de ellos y pasa bastante desapercibida entre los seguidores. Sé que mi favorita de Los Beatles tampoco es la de todo el mundo. Cuántas veces me sorprendo hablando de música con alguien y compruebo que pese a compartir grupos favoritos -lo cuál no es tan frecuente, creedme. Me dicen que tengo gustos un poco raritos-, nuestras preferidas no coinciden lo más mínimo. A veces, hasta nos enteramos de la existencia de esas canciones en el momento.
Termino con mi canción favorita de Mecano, al menos, por ahora. ¿Cuál es la tuya, si es que tienes una?
La C. es de Cayo, no de Cronista
jueves, 10 de marzo de 2011
Hoy me han soltado un ¡feliz en tu día! nada más descolgar el teléfono. Por un fracción de segundo he pensado que era mi cumpleaños, pero no, fue hace poco. La siguiente opción es san Pablo, pero es el 29 de junio. De modo que estaba en blanco.
-¡Pero si hoy es san Cayo! -insiste al otro lado de la línea-. ¡Felicidades!
Ah, san Cayo. Mi segundo nombre. Incluso los más raros tienen su santo, aunque el mío era tan típico como José si nos remontamos al imperio romano: mucho antes de que se pusiese de moda el Christian o Jonatán, los antiguos ponían a sus hijos Cayo como primero, y así conocemos a personajes de la Historia como Cayo Julio César o Cayo Calígula, entre otros. La página de Wikipedia lleva buena cuenta de ello.
Cuando tu primer nombre es tan típico como Pablo (recuerdo mi clase de secundaria: menos de veinte alumnos y tres Pablos en el aula), se tiene que compensar con una rareza de máximo nivel. Yo hubiese escogido otras opciones no menos magníficas como Napoleón, pero me tocó Cayo. Y teniendo en cuenta el significado que se le da a esta palabra (nadie piensa en la Antigua Roma cuando escuchan mi nombre, asumámoslo. La gente es más vasta), no ha sido tan fácil de llevar. Ni fácil ni tan complicado.
En realidad, aunque mi segundo nombre me acompaña desde el día que nací, o incluso antes (fui Cayo en primer lugar. Lo de Pablo fue un pacto de mi madre de ultimísimo momento), estuvo mucho tiempo escondido. Sí, tengo Cayo en la partida bautismal, y sí, también, en todos los documentos oficiales como el pasaporte o en dni. Si mi segundo nombre no se convirtió en motivo de mofas durante mi infancia fue sencillamente porque en mi colegio no lo supieron jamás, y yo me guardé mucho de decirlo. Mi madre se encargaba de matricularme y como no le gustaba, omitía el Cayo en todas las inscripciones. Nunca apareció ni en las listas de clase ni en los boletines de notas hasta que llegué a la universidad. De hecho, mis amigos no se enteraron hasta bastante tarde. Empecé a utilizar la C. (simplemente la inicial) aproximadamente a los diecisiete años, cuando ya no hay edad para chistes con los nombres. Así lo he hecho desde entonces.
Como nunca he utilizado mi nombre completo, tengo muy pocas anécdotas relacionadas. Los únicos que me han llamado Cayo son algunos tíos segundos, que por lo visto quedaron muy marcados el día del bautizo. Cada vez que llegaba a un sitio nuevo contenía la respiración al pasar lista, no fuese que esa vez sí saliese mi nombre al completo. Recuerdo especialmente un campamento de verano, con once años, cuando se me acercó un chaval a voz de grito diciéndome ¡Tú te llamas como yo, tú eres mi tocayo! No sabía lo que significaba esa palabra y pensaba que me habían descubierto. Qué alivio sentí cuando me dijo que se llamaba Pablo.
La gente está tan poco acostumbrada a mi segundo nombre que muchos piensan que se trata de mi primer apellido. Otros, que es un nombre artístico que me he sacado de la manga para darme aires de intelectual (lo cuál no quita que las iniciales me parecen muy elegantes. La mía, eso sí, es original). Yo pensaba que con Cayo Lara, el nuevo dirigente de Izquierda Unida, la gente se acostumbraría a mi nombre, pero tras tres años de mandato, doy fe de que el comunista sigue siendo un completo desconocido. Me siento tan desamparado (onomásticamente hablando) como al principio.
Cada vez que comento los nombres que les pondría a mis hijos, la gente se echa las manos a la cabeza y me dice que así los van a torturar. A mí nunca me supuso un trauma porque tenía un Pablo delante que escondía todo lo demás. Que se preparen mis hijos, porque los van a tener...
Esta entrada puede considerarse una continuación a otra que escribí en 2010.
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