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Carta a los Reyes Magos

Ya he contado alguna vez que todos los años escribo la carta a los Reyes Magos por imperativo familiar. Bueno, en realidad es una norma de casa que me encanta, así que no me pienso quejar. Y no es porque tenga ningún pequeño en casa: yo soy el benjamín con veintitrés. Mi hermana mayor, de treinta y pocos, hace lo mismo.

A la gente le llama mucho la atención esta costumbre, pero es que los hay a los que les tienes que explicar todo: si un foráneo nunca entenderá las fallas, tampoco voy a poder convencerlo yo de esta otra tradición. Las costumbres no son racionales, son sólo cosas bonitas que hacemos porque sí. Y la carta a los Reyes Magos viene a ser igual: no la escribo con ánimo de lista de bodas, sino porque sirve para mantener una ilusión que a todos nos gusta, es una excusa para escribir (que me encanta) y encima, saca a flote todo mi yo nostálgico, porque es algo que sólo se hace una vez al año y cuando juntas todas las cartas de toda la vida (y espero hacerlo algún día, aunque sólo las escriba para mí) podrás ver mejor que en muchos experimentos o fotos tomadas en nochebuena tu evolución de caligrafía e incluso personalidad. No es lo mismo una carta a los Reyes Magos con siete años que con diecisiete ni veintisiete, pero verlas todas juntas es algo que todavía no he hecho y que pienso retrasar al máximo porque sé que cuanto más lo haga, más me emocionará. No se me ocurren otros archivos igual de nostálgicos de mi vida. Si a alguien le parece infantil, quizá no tenga muy claro lo que hago yo: es un mero repaso del año, con las cosas que te afectan y las que te ilusionan, como quien escribe un diario anual. Nostalgia a tutiplén.
Mi carta de este año es un cómic. Todo sea por que Melchor, Gaspar y Baltasar me presten más atención, yo, que les he sido un chico tan fiel que no me he vendido al rojo de Coca-Cola. Esta es la primera página. Las demás, of course, son asunto personal.

Conmensurable dolor

Tendemos a relativizar los sentimientos de unos al enfrentarlos a los de otros, pero los acontecimientos o las circunstancias no son las que determinan la cantidad de dolor. El hombre que pierde el hijo no tiene el primer grado de sufrimiento, ni el despedido el número dos, ni tampoco el tres para la que olvida guardar los últimos cambios en el documento y lo echa todo a perder. Si sufrir es doloroso, menospreciar el sufrimiento de otros por no considerarlo suficientemente justo es igualmente horrible, porque nadie nos ha dotado de la autoridad ni el conocimiento para evaluar cuánto daño ha infringido algo en alguien. Sólo nos lo puede decir la persona, y lo que haya sucedido es lo de menos.
Digo esto porque lo he visto con demasiada frecuencia. "No tiene derecho a quejarse por su situación: la mía es el doble de mala", "Tampoco es para tanto; mira lo que le ocurrió a Jacinta", "Si a mí me hubiese pasado eso no me andaría quejando". Pero el dolor es algo subjetivo y, lo que es más importante, cada uno tiene su capacidad de dolor individual.
De modo que si podemos comprender que un gordo se asfixie corriendo cien metros pese a que hay otros que ni siquiera de despeinan, y nadie se atreve a relativizar el agotamiento de este hombre porque comprendemos que su capacidad es menor, también tenemos que admitir que con el dolor ocurre lo mismo. Al igual que con la resistencia, la paciencia o tantas otras cosas, nuestro máximo de sufrimiento es limitado, y normalmente se alcanza el borde en una distancia mucho más corta de lo que querríamos: no creo que una persona que ha perdido a toda su familia pueda sufrir más si además pierde la casa: ha llegado al borde, finito. A lo mejor su borde está a la misma distancia que quien sólo ha perdido a su padre, y no por eso vamos a menospreciar el dolor de éste último ni decir que tiene menos derecho a sufrir.
Esto del dolor se aplica al resto de órdenes de nuestras vidas. Al agotamiento en el trabajo (el que trabaja cargando cajas como el que escribe informes), a la morriña por regresar a casa (se vive en Palencia o Nepal) o a la capacidad de sentir presión (el presidente del gobierno o el cura de pueblo en quien confía toda la población). Dejemos de menospreciar o valorar a peor unos sentimientos por otros, porque desde el momento en que nuestras capacidades no son infinitas, todos podemos alcanzar nuestros límites mucho antes de lo que ordena la situación. No somos súper hombres ni para sentir todo el dolor que podríamos, ni para relativizar nuestros males en comparativa de los de los demás.

Relecturas obligatorias

No soy dado a releer, sobre todo cuando hay tanto en la pila de lecturas pendientes. Sin embargo, hay unos cuantos títulos que me gustaría releer dentro de unos años. Por un lado están mis favoritos, que irán cayendo a medida que haya olvidado (casi) por completo la primera lectura, pero mientras tanto tengo trabajo con la también necesaria relectura de sagas. Hay cuatro soberbias que necesito volver a visitar, sobre todo porque algunas como El señor de los Anillos o La materia oscura no las leo desde hace más de diez años y estoy seguro de que mi impresión actual será radicalmente distinta a la de cuando tenía once o doce años. Memorias de Idhún o Harry Potter las tengo más frescas, pero tengo curiosidad por los detalles de la nueva lectura. Todavía no releo Tobi Lolness, una saga sublime pero que leí hace demasiado poco tiempo como para replantearme una segunda vuelta.

Del marido el apellido

El proyecto de ley para que dentro de dos años, los apellidos se coloquen por orden alfabético y no el del padre en primer lugar me deja traspapelado. Yo, que me considero un defensor apasionado de la igualdad de sexos, nunca he visto problema en que el primer apellido sea el paterno y el materno el segundo. El machismo está en otras cosas, no en esto. Después de todo, ¿quién podría considerar esta tradición machista, cuando los españoles llevamos el apellido de nuestras madres a todas partes? Si lo nuestro se considera una degradación de la mujer, ¿qué ocurre entonces con todos esos países, practicantes de la democracia desde mucho antes, donde la casada cambia su apellido por el marido, y sus hijos jamás heredan el que tenía de soltera? Margaret Thatcher hubiese sido Margaret Roberts, y el thatcherismo se habría conocido como robertsismo, Marie Curie se conocería hoy como Marie Sklodowska y la escritora Agatha Christie sería Agatha Miller. El mismo vicio se produce a veces con los latinoamericanos, aunque parezca una ruleta rusa: Eva Perón sería Eva Duarte (que lo era, ¡pero hay, cuántos la conocen por el apellido de su marido!) y la recién enviuadada Cristina Kirchner dejaría brillar un poco más su Fernández, que se omite la mitad de veces. Aunque prefiero nuestra tradición de apellidos, no me atrevería a decir que otras opciones sean menos válidas. A la vista está que una mujer no se queda en casa por cambiarse el apellido.

No sé por qué me cuesta imaginar un cambio en España. Supongo que será cuestión de vagueza mental, el gusto de no tener que pensar qué apellido es el del padre y cuál el de la madre. Imagino que cuando te sientes orgulloso de tu apellido, lo quieres en primer lugar y punto. Reconozco que jamás utilizo el segundo, a menos que tenga que rellenar algún documento oficial, pero la historia cambiaría si mi segundo apellido no fuese típico y vulgar. Tengo un primo que se cambió el orden de sus apellidos hace un par de años: el de su madre le gustaba y el de su padre no (objetivamente, tenía toda la razón). Mi tío se sintió ligeramente herido es un orgullo heráldico, pero mi tía estaba tan hinchada de felicidad que había que tocar una campanita para provocarle alguna reacción.
Con este nuevo proyecto de ley, yo hubiese sido uno de los afectados. Tengo curiosidad por saber si mis padres hubiesen mantenido la tradición o se hubiesen prestado al orden alfabético, pero qué se yo, la posibilidad está ahí. Se antepone el alfabeto a un orden supuestamente machista y me pregunto yo qué tendrán que decir los Zurbarán. Que les pregunten a ellos si no están discriminados. O la fiesta de los Abad, que a partir de ahora serán siempre los primeros (lo que seguro que compensa toda una infancia de salir a corregir los ejercicios de la pizarra. Maldiciones de ser los primeros en la lista, pero quien ríe último ríe mejor). Dentro de nada tendremos que acostumbrarnos a un nuevo orden, aunque podemos adelantándonos a los acontecimientos reordenando alfabéticamente los apellidos de la gente de nuestro alrededor. De último siempre podremos volver a cambiarlos al cumplir la mayoría de edad. También podemos convertir nuestro primer apellido en una inicial o sencillamente omitirlo. Es cuestión de gustos. Si hoy existe una mujer feliz con los vicios, esa es la señora Zapatero. Cuando parió a un Jose Luis Rodríguez, nadie le haría creer que su hijito pasaría a la historia por el apellido de la madre. Y sin reformas de ley ni gaitas.