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Regalos


Voy a hacer un spoiler navideño: esta noche, en la cena de mi pandilla de Primaria, mi amigo invisible tendrá un libro, concretamente un cómic. También lo tendrá mañana mi sobrino segundo veinticinco años más joven, aunque en su caso será un libro de dinosaurios adecuado a su edad. No es ninguna sorpresa que suelo regalar libros.
A los que tenéis hijos o sobrinos, os pregunto si tendrán libros por Navidad o respondéis que no. Creedme que os lo he preguntado a unos cuantos, y la mayoría respondéis o bien que ya tienen muchos regalos, o que no han pedido ninguno. Es que no les gusta leer, vaya.
Pero ignoráis que está científicamente demostrado que no hay un solo niño en el mundo al que no le guste leer: solamente es que no han encontrado todavía su libro. Un libro es... No voy a decir todo lo maravilloso que es un libro, pero basta decir que cualquier cosa divertida y flipante que imaginéis, cabría en la imaginación de un lector con un libro delante. Por eso es imposible que uno no encuentre su libro preferido, incluso si no le gustaba leer de antes.
Sí, muchas veces cuesta dar con el libro correcto. A veces imponemos nuestros propios gustos a los de los niños. Pero si en un día tan especial como Navidad o Reyes no hay sitio para la literatura, si el niño no cuenta con lectura entre los demás entretenimientos, el libro acabará marginado a la lectura de clase, y de ahí os quedará irremediablemente un niño al que no le guste leer. Un niño que, por desgracia, viajará mucho menos, soñará más corto, un niño que no vivirá vidas de los demás como lo hace un lector.
A veces no se acierta a la primera. Hay que escuchar sus gustos, pensar con un libro que sea un anzuelo (¿le gusta el fútbol? ¿Los animales? ¿Los videojuegos? ¿La danza? Hay libros relacionados), y regalárselo como algo extraordinario, no como una imposición. Preguntad a los libreros. Dejaos aconsejar. No importa si el libro no es una maravilla: a veces ese libro es la puerta a otros mejores, el billete de ida a una pasión lectora sin vuelta.
Si queréis que los niños lean, regaladles (por lo menos) un libro por Navidad. Si no ponéis la lectura en valor, ellos nunca la apreciarán.


Esta entrada fue publicada primero en facebook el 23 de diciembre de 2016.

Los diez libros que más me han marcado

No son mis diez libros favoritos, en absoluto; hay alguno que no recomendaría siquiera. Pero la lista no habla de los más prestigiosos, ni de los más literarios, ni siquiera de mis básicos. Lo interesante de esta lista que pulula por internet y que cada uno hace suya es que son los diez libros que más le han marcado a uno, y si uno es honesto, el resultado puede ser radicalmente opuesto a una selección de preferidos. Porque en esta lista no está Dahl, Calvino, Saramago, Böll, Mo... ni tampoco novelas que me han entusiasmado como La colina de Watership, El dios de las pequeñas cosas, Rebelión en la granja... y un montón de libros que me llevaría a una isla desierta para leer hasta que se despegasen las hojas. Esta lista habla de libros que me dejaron marca, libros que me influyeron. Y eso, me temo, lleva a una selección a veces vergonzosa, pero sin ninguna pretensión. Eso es lo que más me gusta.
Mi selección es terriblemente honesta. Desconfiad de las listas de libros influyentes que empiezan en la adolescencia o vida adulta, como si no fuese la infancia la época en la que más marca nos dejan las cosas, en la que más nos puede influir el entorno. Tampoco podemos «soltar» los títulos y adiós muy buenas: si te animas a completar los tuyos, recuerda explicar el porqué de cada uno.
Estos son, en definitiva, los míos:

1. La bruja aburrida de Roser Capdevila y Mercè Company
Es el primer libro (y serie por extensión) que recuerdo buscar yo mismo cuando era muy pequeño, cuando empecé a leer y acompañar a mi padre a la librería era lo más emocionante que me ocurría durante la semana. Entonces sabía que las autoras eran las mismas que Las tres mellizas, libros que tenían mis hermanos, pero que para mí eran las aburridas de verdad (sin embargo, es curioso que ya tuviese conciencia de qué era un «autor»).
Como libro objeto, me impresionó que pudiese rellenar el «Este libro pertenece a» (un hito cuando eres el pequeño de cuatro hermanos) o la animación que podías crear pasando rápido las esquinas del libro. Lo mejor de todo es que no era una serie con statu quo: igual te contaba la infancia, la boda, como el día que conoció a un personaje que reaparece tres números más tarde.

2. Buenas maneras. 201 normas de urbanidad de Ana Serna Vara y Margarita Menéndez
Este libro repleto de normas de educación me impresionó muchísimo de muy niño y su influencia dura hasta nuestros días. Con versos repipis sobre no chillar o cómo comportarse a la mesa, lo que me marcó fue el concepto de urbanidad.
En la urbanidad cabe tanto respetar las horas de sueño cuando se llama a la casa de un amigo como pagar todos los impuestos aunque uno no se apellide Botín. Para mí no hay ninguna diferencia.
Odio que este libro esté en la lista, pero es que no puedo obviar lo que más me ha marcado.

3. La sabana
No he encontrado la cubierta ni el autor, pero recuerdo que M. me lo regaló en un cumpleaños de Primaria y que aluciné con los animales: los elefantes, los leones y las jirafas. No sé hasta qué punto mi obsesión por la sabana africana es culpa de este libro; la biografía Volando Solo de Roald Dahl también tiene su parte de culpa, pero el poso ya lo había dejado este cuento. Mi amiga S. dice que todos tendríamos que elegir un país: a falta de país, yo elijo la sabana africana.


4. Los Leo Leo
Era una colección, pero tuvo una influencia brutal en mi afición a la lectura y curiosidad por las publicaciones. Recuerdo la intriga que me provocó cuando la cabecera cambió de editorial y las preguntas que hice a mi padre al respecto. Ahí empecé a ver los libros como un negocio y una profesión. Ya os digo que tenía inquietudes muy raras para mi edad.

5. La materia oscura de Philip Pullman 
Conocí la serie en un viaje a Londres y me compré el primer volumen de regreso a España. Tendría unos diez u once años  cuando lo leí y el papel de la religión y de Dios en la historia me marcó muchísimo. Ya he escrito largo y tendido sobre mi admiración por esta trilogía, pero es que es imposible leerla y que no te deje huella. Me da igual que tengas diez que sesenta años: lo que Pullman propone en el desenlace es de lo más rompedor, arriesgado y políticamente incorrecto (y brillante) que he leído en mi vida. Mi pensamiento ateo le debe mucho a esta trilogía.

6. Bone de Jeff Smith
Cuando conocí Bone, todavía se vendía por fascículos en los kioskos, lo editaba Dude Cómics y era en blanco y negro. Era finales de los noventa y yo tenía unos doce años. Entonces creé mi primera web fan, Deren Gard, y a la editorial le hizo tanta ilusión que incluían publicidad gratis con los cómics. Ese fue mi primer contacto con una editorial. Años después interrumpieron la publicación y tuve que comprar los últimos números en inglés, pero la tontería de mezclar internet y literatura (el cómic es literatura) tendría sus consecuencias para mí. Tiempo al tiempo.

7. Harry Potter de J. K. Rowling
Dudo mucho que mi vida fuese igual si Harry Potter no se hubiese cruzado en mi camino. Aparte de lo mucho que me marcó como historia (la saga que vivió), me sumergió de lleno en las comunidad fan de internet y participé de lleno en la web más emocionante que he conocido nunca, HarryLatino (ahora está de capa caída, pero tendrías que haberla conocido hace cinco o diez años). La lista de oportunidades que me surgieron a partir de esta saga es larguísima, pero su trascendencia en mi vida personal (la gente que conocí, los viajes que hice) y profesional (conocí un montón de profesionales del mundo editorial antes de los dieciocho) es incuestionable. Hasta publiqué un libro que vendió 7000 ejemplares en dos semanas (cuando lo prohibieron) y traduje varios. Pero al margen de todo lo que rodeó a la saga, Harry Potter significó y significa mucho para mí como lector. Han pasado un montón de años y todavía me pongo bravo cuando oigo que alguien se mete con los libros. En el 100% de los casos, son personas que no los han leído.

8. Cien años de soledad de Gabriel García Márquez
Fue mi iniciación a García Márquez y mi favorito hasta que leí El amor en los tiempos del cólera; desde entonces no me decido. El uso del lenguaje y el paso del tiempo en la novela marcó mi concepción de la (buena) literatura y aupó a Gabo a los altares de mis ránkings. No es solo un libro que me gustó muchísimo: es un libro que me abrió a América Latina, que me hermanó más si cabe con un pueblo que comparte idioma y que me convenció de que para escribir una obra maestra eterna no hace falta ni haberse muerto.

9. Matar un ruiseñor de Harper Lee
Aparte de que es una novela brillante de principio a fin, influyó mucho en mi sentimiento de justicia. Es un libro donde unos se creen con derecho a aplastar a los demás, hasta que llega Atticus Finch para combatir los prejuicios. A lo mejor no sale todo como querría el lector, pero la de Harper Lee tiene que ser una historia creíble, porque es una historia que pudo ser. Y aunque los malos se salgan con la suya, el poso de dignidad que deja en el lector no lo consiguen todos los libros, tampoco los que tienen final feliz. Cuando terminé el libro, quería ser la mitad de bueno que Atticus. También fue el principio de mi afición por la literatura del conflicto racial, un género en sí mismo.

10. Las uvas de la ira de John Steinbeck
Steinbeck es uno de mis favoritísimos y Las uvas de la ira seguramente sea mi libro de cabecera. Sin embargo, no está en esta lista por lo que lo disfruté, sino por lo que me tocó en lo referente a la emigración. Cuando lo leí, España llevaba un tiempo recibiendo avalanchas de inmigrantes y trataba de acostumbrarse a una nueva realidad. Aunque los veía en las calles, lo cierto es que en mi día a día no tenía contacto con ellos, y tenía una visión muy deformada por la televisión (no digo que negativa, pero sí alejada de la realidad). Las uvas de la ira cambió mi modo de ver a los inmigrantes gracias a los Joad, una familia que sale a la carretera en busca de una vida mejor. Lo que más me impresionó fue cómo los personajes se iban denigrando a medida que llegaban a su destino, y cómo éste no era para nada como lo habían imaginado. En verdad, los Joad no perdían la dignidad, ni tampoco los inmigrantes que llegan a España. Lo que más me marcó del libro fue ver cómo éramos nosotros, los de aquí, los que intentábamos robársela. Cómo los denigrábamos para no verlos como personas, simplemente porque no nos convenía. Es una novela desgarradora que no te deja igual.


Crus me retó a escribir esta lista. Ahora me toca a mí pasar el testigo, así que reto a todos los que lean esto a que publiquen sus diez títulos en los comentarios del blog o donde más les guste. Tengo mucha curiosidad por conocer esos libros que tanto os han marcado. ¡A pensar!

Cormoran Strike no es Harry Potter (Mi crítica de «The Cuckoo's Calling», la novela negra de Rowling-Galbraith)

Fotografía © @el_croni
Estábamos advertidos: J.K. Rowling aireó su intención de escribir novela negra desde mucho antes de que Harry se enfrentase contra lord Voldemort en su duelo final, y a ninguno de los lectores de entonces podía sorprendernos. Siempre he pensado que la saga que vivió lo hizo más por las tramas de misterio que por la magia. Si Rowling podía manejar el suspense de ese modo en Hogwarts, qué no podría hacer con detectives.
Tampoco hemos sido unos linces para descubrir a la autora que se escondía bajo el seudónimo de Robert Galbraith. The Sunday Times se enteró por el tuit de la-amiga-de-la-mujer-de, una cadena de cotilleo digna de peluquería, pero tendríamos que haberlo deducido con un simple vistazo a la web del agente literario de Rowling: Galbraith y ella comparten representante y editorial, y de él se omitía la foto y se destacaba como un misterioso escritor de policiaca. Uno pensaría que blanco y en botella, pero tuvieron que irse de la lengua para que nos enterásemos. Todo menos unos buenos detectives.
The Cuckoo's Calling, la primera novela negra de J.K. Rowling, va precisamente de eso: de buenos detectives. O por lo menos de uno en particular, Cormoran Strike, protagonista indiscutible de este libro y de los que vienen. Sí, tendremos saga. Lo que está por ver es si Rowling (perdón, Galbraith) tiene un arco argumental cerrado, a lo siete cursos, o si durará mientras a la escritora (perdón, escritor) le apetezca.
Como no tuve la lucidez para descubrir The Cuckoo's Calling en sus meses de incógnito, tuve que esperar a la filtración para conocerlo y comprarlo. No soy lector de novela negra, pero cuando has leído todo Harry Potter (y cuando digo todo me refiero a mucho más que los siete libros. Si yo os contara) y la novela casi infantil The Casual Vacancy (porque no toma a los lectores por adultos), no te puedes hacer el indiferente con un nuevo lanzamiento de Rowling. Hay que leerlo para opinar, ya sea para bien, mal o regular. Y eso hice.
The Cuckoo's Calling es una novela decente. Con un estilo cuidado y una trama absorbente, nos traslada a un Londres de altos vuelos (Londres, que no Edimburgo. A pesar de ser escocesa de adopción, a Rowling le sigue tirando Inglaterra para sus novelas. No me digáis que Hogwarts está en Escocia, porque no se menciona ni una sola vez en los siete libros. Publicidad cero). Sin ánimo de destripar, la historia gira alrededor del presunto suicidio de una top model de familia bien. El caso llega hasta Cormoran Strike, un detective con un pasado muy interesante pero con un presente más bien caótico. Un investigador con una vida personal desastrosa: ya sé lo que estáis pensando. Pero Cormoran tiene un perfil cautivador, que sumado a Robin Ellacott, su nueva secretaria eventual (no se puede permitir pagar a una indefinida), crea un tándem que es el peso fuerte de la novela. Robin es el contrapunto de Cormoran y un personaje imprescindible, el otro pilar sobre el que se apoya el libro. Prometida con un contable, se encuentra trabajando de casualidad en lo que siempre soñó en secreto de pequeña: una agencia de detectives.
Como toda saga que se quiera considerar tal, Cormoran Strike (supongo que tendremos que llamarla así, porque Cormoran y Robin suena a superhéroes) necesita de filones argumentales a medio y largo plazo y de otros que concluyan en la misma entrega. The Cuckoo's Calling tiene de todo, pero cuando uno lee la última página, se queda con la sensación de que el plato fuerte está por venir. El caso del primer libro merece un aprobado, aunque la atención decae a medida que se resuelve. No es tan brillante como uno podría esperar de Rowling (es un cumplido, no un ataque) pero llega al notable. El panorama que se atisba para las próximas entregas, sin embargo, promete mucho: los cabos sueltos del primer libro, los misterios por resolver (y muy bien colocados para quien espere la segunda o novena parte) y, en definitiva, la relación entre los personajes, trabajada a fuego lento por quien supo mantener una tensión sexual infantil y adolescente durante siete libros: puro mérito.
El primer libro de la saga me ha dejado buen sabor de boca, y puestos a elegir, prefiero que me gusten los personajes al caso, porque este termina aquí, mientras que a ellos seguiré viéndolos (o leyéndolos) en los próximos años. The Cuckoo's Calling no se parece a Harry Potter (le falta un poco más de inteligencia, un final de los que te quitas el sombrero. No lo hay) y ni a The Casual Vacancy (tiene menos literatura, pero sin ciertas escenas patéticas de los vecinos de Pagford). Es, como las otras, una lectura en la que merece la pena pararse. Y muchos, como yo, descubrirán las virtudes de la novela negra con Cormoran. Si Harry enganchó a una generación a la lectura, Galbraith puede hacer lo mismo con un género a veces considerado de segunda. Habrá que estar atento a la segunda parte para opinar de la saga con propiedad. Porque Rowling será Galbraith, pero Cormoran no es Harry. Gracias a Dios.

Gabriel García Márquez en «La historia secreta de la literatura en cómic (xv)»



El Gabo es el primer autor vivo (y el último) de la serie La historia secreta de la literatura en cómic. Lee el resto de historietas aquí.

El cobarde Mo Yan no habla

(c) Peter Lyden
España tiene un problema a la hora de encasillar a sus hordas. Si siete millones de españoles son capaces de gritar y lloriquear como animales durante la final de la Copa del Rey, nadie se sorprende por ello. Tampoco los miramos raro. Pero si yo estoy delante del ordenador siguiendo en directo desde Suecia el anuncio del nuevo premio Nobel de Literatura, con la misma expectación que sienten otros en el penalti del final, el friki soy yo. A mí que me presenten al tonto que decide las varas de medir.
La última vez, el portavoz pronunció un nombre que no recordaba haber escuchado jamás: Mo Yan.
Corrí a buscar en Internet y descubrí que sí conocía uno de sus libros, Grandes pechos, amplias caderas, aunque no lo había leído. Recuerdo que me llamó la atención cuando se publicó, pero no le presté más atención. Los otros títulos de una colección influyen, y la narrativa de adultos de la editorial Kailas no me decía nada. También tenían autoayuda. Una vocecita de mi cerebro mandó el dato al contenedor y no volví a caer en Mo Yan hasta que lo proclamaron nuevo premio Nobel. Maldición. Da rabia que te pillen sin haberlo leído.
Ya sé que los premios son lo que son, pero al Nobel todavía le tengo respeto. No es que esté de acuerdo con todas sus decisiones (Hemingway, ¿por qué tú?), pero algunos de mis escritores favoritos lo han ganado, como John Steinbeck, Gabriel García Márquez o José Saramago, y también otros a los que admiro mucho, como Heinrich Böll o Camilo José Cela. La de los Nobel es una lista reducidísima, y si bien no tienen por qué ser necesariamente Los Mejores, es raro que sean escritores malos.
Me decidí a leer algo de Mo Yan cuanto antes. Cuando la prensa empezó a cargar tintas contra él, me entraron más ganas todavía. No sabía a quién creer: unos lo acusaban de comunista y otros de luchar contra el régimen. El comentario más inteligente se lo escuché a su editor español: «Para opinar hay que leerlo». Y a eso que fui.
Leí Las baladas del ajo. Más bien, lo devoré; tuve una de esas sensaciones que sólo te da la lectura; viajé hasta la China reciente por el precio de un libro, y conocí una visión del país que no te cuentan en las películas. Disfruté con la pluma de Mo Yan (aunque más hubiese disfrutado si la traducción fuese directamente del chino, y no del inglés, como comprobé después). Aprendí muchísimo sobre su cultura (como que en China, el apellido va primero y el nombre de pila después. He necesitado veinticinco años para descubrirlo, ya sé que no tengo perdón), y me sorprendió con qué libertad escribe el autor sobre el régimen. Porque entre las muchas críticas que recibe Mo Yan es que es cobarde con el régimen, cuando no simpatizante, pero la realidad de la novela es otra: no pasa por la política de puntillas, sino todo lo contrario. La misma trama de Las baladas del ajo deja en muy mal lugar a su administración, con unos representantes que mandan plantar ajo a toda una región y que después se desentienden de la sobreabundante cosecha. La cosa se lía con razón.
Encantado con la primera lectura, y convencido de que me queda mucho buen Mo Yan por leer, continué con Rana. No tenía más elección: es el único título que Kailas ha traducido directamente del castellano, porque para leer una traducción del inglés, la leo en inglés y punto, yo que puedo. Esta vez, el cobarde Mo Yan tampoco evita las cuestiones espinosas y centra la historia en un tema sobre el que el régimen tiene mucho (o todo) que decir: la planificación familiar, es decir, la prohibición de tener más de un hijo por pareja.
El cobarde Mo Yan mete el dedo en la llaga. Y lo fascinante no es que patalee al gobierno de su país, no: lo mejor es que reparte por igual. Mo Yan muestra a miembros del Partido que son unos absolutos fanáticos, y tampoco ahorra tintas para políticas injustas o estúpidas decididas por los de arriba. Pero lo que escuece de Mo Yan, si es que algún detractor lo ha leído, es que entre los miembros del Partido también hay gente buena, y justicia, y sentido de la honradez. No hay blancos ni negros. Los enemigos de China querrían que Mo Yan escribiese cuentos de hadas con ogros que son comunistas, pero él lo hace un poco mejor. Los miembros del régimen preferirían que obviase cualquier detalle de corrupción en el sistema. Mo Yan es en realidad y seudónimo y significa «no hables». Quizá no hable mucho, pero sí escribe, y lo hace con conocimiento de causa y desde la razón. De lo que le gusta y de lo que no. Me gustaría escuchar lo que Mo Yan tiene que decir, pero si su opinión está en los libros, creo que ya lo sé (después lo he conocido mejor con una entrevista y se ha confirmado lo que creía: o sea, que sus libros no engañan en nada). Podría contártelo en una línea, lo que necesita el jurado del premio Nobel para describir los méritos de cada premiado. Pero te lo pongo mejor: léelo. Después, y no antes, opina.

J.K. Rowling se pasa a la literatura infantil (Mi crítica de «The Casual Vacancy»)

Me niego a que se coloque a J.K. Rowling a la altura de los Dan Brown, Stephenie Meyer o John Boyne. Los puristas literarios (que hablan con la misma autoridad de libros que de bricolaje, fútbol femenino o repostería) no soportan que un best seller tenga calidad. Son una especie muy rara, porque al mismo tiempo se lamentan de que las obras que más les gustan no se reconozcan más allá del endogámico círculo intelectual. Por eso reivindico Harry Potter siempre que puedo: porque creo que es una obra de calidad. No tendrá la pluma de un Gabriel García Márquez, pero es que esa no la tienen la mayoría de autores encumbrados de esta parte de siglo y sin embargo tampoco pueden desarrollar una trama ni la mitad de elaborada que la del niño mago. Si literatura es estilo y trama, Rowling dio una lección tan sobresaliente de lo segundo que podemos perdonarle no ser una maestra en lo primero. Pero eso tampoco significa que fuese mala.
La escritora inglesa ya había demostrado con creces su talento con Harry Potter, pero le quedaba la prueba más difícil: la vida después de Hogwarts. Cuando anunció la publicación de una novela para adultos titulada The Casual Vacancy, no pude contener la emoción. Por supuesto que quería verla en otros ruedos, y una obra realista en un pueblo inglés no podía pintar mejor. Con su saga, Rowling no sólo probó su talento con el género fantástico: el misterio era un elemento más importante que la magia, y era un don que podía explotar con cualquier tipo de libro.
Qué cosas, el lanzamiento de su nueva novela me pilló de retiro espiritual en el campo sin una librería en kilómetros a la redonda (ni de libros en castellano ni mucho menos en inglés). Como no quería que nadie me contaminase la lectura, hice router con el móvil, lo subí a las alturas para captar cobertura y descargué el archivo digital en el Kindle. El mundo rural ya no tiene excusas para no leer, ni yo para perdérmelo.
Leí The Casual Vacancy sin presión. Esquivé las reseñas y avancé hacia el final sin más impresiones que las mías. No puedo decir que estuviese libre de prejuicios, porque hay siete novelas para recordármelos, pero juro que procuré leer el libro sin comparaciones ni expectativas. Me dejé sorprender. Sin embargo, a medida que avanzaba capítulos me convencía cada vez más de que la autora había patinado con una novela simplona y pretenciosa. No comprendía cómo alguien con una mente tan lúcida (como debía de tenerla para encajar el puzle de Harry Potter) podía escribir algo tan ambicioso y a la vez tan tonto. Porque The Casual Vacancy tiene un punto de partida prometedor, con su consejo local que necesita suplir un escaño, pero se inmola en la ejecución y cae en un patetismo que no puede ser obra de un genio. Mientras leía, tomaba nota de los fragmentos que más me llamaban la atención. Ahora repaso mis anotaciones y hay muy pocas que sean fruto de la sorpresa o la admiración. La mayoría de apuntes que hice son frases ridículas o situaciones inverosímiles: adolescentes que citan a Nietzsche como quien comenta Gandía Shore, malos dispuestos a todo por arruinar a su oponente, excluidos sociales que son siempre pan bendito y privilegiados que son los malos, sumado a una distinción de izquierdas y derechas que se traduce en el bien y el mal, sin grises, que es más propio de un predicador de comuna que de alguien con dos dedos de frente. La novela aspira a aglutinar todos los problemas sociales (drogadicción, madres adolescentes, educación, sanidad, adolescencia rebelde, homosexualidad, trastornos mentales, xenofobia, acoso escolar, conflictos de pareja) pero no abarca bien ninguno.
La novela también hace trampas de autor. The Casual Vacancy apoya la trama en que todos saben hackear webs, hasta el que nunca ha visto un teclado, y trata la moral como si fuese un episodio de Barrio Sésamo: o están conmigo o contra mí. Rowling no crea personajes, sino caricaturas, y sus Howards y Ruths, a pesar de vivir en la Inglaterra actual, son pura ficción. El error principal de Rowling es que no se conformó con contar una historia y quiso dar una lección moral. Supongo que, de paso, también demostrar que la fortuna no la ha cambiado. Por desgracia, esa obsesión por adoctrinar no le sale igual en la novela que cuando escribe una tribuna para The Telegraph o The Independent. La autora se olvida de que la sutileza es un arma mucho más potente que el discurso frontal. Irónicamente, J.K. Rowling escribe su libro más infantil cuando quería hacer el más adulto. La trama es compleja y cuenta con un buen abanico de personajes, pero lo ejecuta todo de tal modo que el globo se desinfla enseguida mientras el lector observa el desarrollo con preocupación. Tenía los ingredientes adecuados. Las cantidades es lo que falla.
A pesar de todo, The Casual Vacancy toca la fibra y obliga a reflexionar. Incluso con todos sus defectos, algunos personajes sobresalen y hay subtramas para quitarse el sombrero. El libro aprueba, aunque no llega al notable y el sobresaliente se le queda lejos. El problema de The Casual Vacancy es que tiene pretensión de obra maestra y se estrella en el intento, pero aún así es capaz de destacar sobre otras obras de autores contemporáneos que se mueven en géneros similares y que a pesar del éxito, nunca han hecho nada especialmente brillante. Rowling por lo menos lo ha intentado, pero en el camino hemos comprobado que la primera que no se puede librar de su pasado es ella. The Casual Vacancy es la obsesión de una rica por demostrar que no se olvida de los desfavorecidos, y también la de una escritora para público juvenil que creyó por error que escribir para adultos es añadir sexo y muchas palabrotas. Estaré atento a lo próximo que escriba. Yo no lo compararé con Harry Potter: espero que para el próximo libro, ella también se haya desprendido de sus propios lastres.

La mención prometida

No os vayáis a pensar que me paso el día hablando del blog. De hecho, procuro incordiar lo menos con el tema, porque las pocas veces que le digo algo a alguien al respecto me salta con un «Ya lo he leído en tu blog» que me deja desarmado. Está bien. Lo acepto. Por eso estoy acostumbrado a que la gente que me rodea no entre a Crónicas Salemitas aunque les vaya la vida en ello: porque así puedo discutir con ellos los temas que escribo en el blog sin miedo a que me digan que ya saben lo que opino. Procuro sacar ventaja a las adversidades.
Existe otro prototipo de lector: el que se cree que todas las entradas van referidas a él. A ver, no es que pequen de egolatría, sino que les gustaría salir de vez en cuando, como cuando me refiero a mis amigos con las iniciales o los dibujo en las viñetas. Y de toda la gente que me rodea, ninguna es tan insistente como C. Esta vez ni siquiera voy a emplear una inicial. Voy a llamarla por su nombre, al menos como yo la llamo cariñosamente. Me refiero a Cheles, mi hermana.
Cheles había oído hablar alguna vez de mi blog, pero no se interesó por él en sus casi cinco años de vida. Fue hace unos meses, y sólo porque una amiga le pidió que le recordara la dirección, cuando no le quedó más remedio que llamarme y preguntarme, no sin cierto fastidio, cómo era la web. Esta amiga recordaba que el blog estaba bien. Mi hermana había sobrevivido toda su vida sin conocer Crónicas Salemitas y pensaba mantener su rutina inalterable.
(Los que sí visitáis el blog desde el principio os estaréis relamiendo porque cuento una anécdota privada. Ya puedo escribir mil entradas de política, literatura, música o viajes, que ningunas os entusiasman tanto como las de mi vida personal. Os doy por perdidos).
Sin embargo, esta vez Cheles sí visitó el blog y empezó a cogerle el gusto. De repente me llama para preguntarme qué he fumado que me riñe por burlarme de sus ídolos de la infancia. No todo son broncas: también me escribe entusiasmada porque le ha gustado un artículo y se lo recomienda a todo el que la quiera escuchar. Hace unos meses tuvimos una conversación surrealista por un artículo que ni siquiera recuerdo:
Cheles: Me ha encantado la parte en la que me mencionas.
Yo: ¿Que te he mencionado yo? (risas) Me temo que te equivocas. No me refería a ti con esas iniciales.
Cheles: Claro que sí, tonto. Soy yo. Estoy convencida.
Yo: Cheles, a ver cómo te explico esto sin herir tus sentimientos: contaba una anécdota en la que tú no estabas ni tienes nada que ver, así que es imposible que me refiera a ti. ¡Por no mencionar que las iniciales son de otra persona!
Cheles: ¿¡Tanto te cuesta mentirme y decirme que soy yo!? ¡Así estoy tan contenta! Pero no, el señorito tiene que decirme la verdad, claaaaaro, no va a mentirme aunque sea por darme satisfacción y me mencione aun de mentira en su PUÑETERO BLOG. (La última frase tiene bastante de mi invención, pero me gusta imaginar que golpea la mesa con el teléfono para cortar la comunicación).
De todas las dificultades a las que me he enfrentado como autor de este blog, contentar a mi hermana está entre los puestos más altos. Antes ni se le ocurría entrar; ahora lee hasta la última coma e invita a sus amigos a que lo hagan. Por no mencionar las indirectas y directas diarias para que la dibuje, ya sea en persona, por teléfono, mensaje privado o WhatsApp. «Quiero mi dibujo para Navidad.» «Quiero mi dibujo para Reyes.» «Quiero mi dibujo para Fallas.» «Joder, Pablo, ¡QUIERO MI DIBUJO YA!» Yo le digo que Crónicas Salemitas tiene lectores muy raros y que lo mejor es que nadie sepa de su existencia (seguro que por sus diálogos os habéis imaginado una quinceañera pero no, qué va. Cheles es unos cuantos años mayor que yo) pero no se da por vencida. Es tan cabezota como yo.
Aunque me haga el duro y todas esas cosas, no os vayáis a pensar que no la quiero. Estos días, además, la he recordado a cada momento porque leía uno de sus libros favoritos, basado también en una de sus películas favoritas: La princesa prometida de William Goldman. Sé que hace años que me lo recomendó pero la ignoré de la misma forma que ella ignoraba el blog. Además, leerlo hubiese supuesto saltarme una de mis LEYES BÁSICAS DEL LECTOR, la que prohibe leer un libro después de ver la peli. También pensé que su devoción por el libro era más consecuencia de haberse criado en los ochenta que por auténticos méritos literarios. Eso por no mencionar que los gustos de mi hermana no tienen nada que ver con los míos y pensé que hacerle caso hubiese supuesto, lo admito, rebajarme.
Lo que pasó es que en febrero cumplí los veinticinco y nadie hizo ni caso de mi petición (qué digo: ley) de no hacerme regalos. Y mi hermana no me regaló un libro, qué va, como no lo hizo la mayoría. Tuve que oír una vez más esa frase manida que me saca de quicio: «Es que como tienes tantos libros me pareció que te gustaría otra cosa.» Yo sonrío con educación y acepto los calcetines, pisapapeles o macetas de rigor. Lo que me gustaría decir es: «Si tengo tantos libros es porque me gustan y adoro que alguien piense: "¡Oh! ¡Adoro este libro! Se lo voy a regalar." Pero en su lugar me regaláis calcetines. Si me gustasen los calcetines tendría muchos, ¿es que nadie se da cuenta? Quizá sería la única forma de que nadie me regalase unos aburridos calcetines porque, mira por dónde, pensaría eso de: "Es que como tienes tantos calcetines me pareció que te gustaría otra cosa." y quizá, con un poco de suerte, me regalaría un libro, que es lo que de verdad me hace ilusión.» Por eso mi ley de no hacerme regalos.
Sin embargo, en mi último cumpleaños alguien acertó. D., S. y N. no sólo me regalaron un cedé de música que no he parado de escuchar en mes y medio, también me dieron un libro. Y ese libro, bingo, fue La princesa prometida. Antes de que mis prejuicios diesen la alarma, S. se explicó: «Es un libro que cualquier persona tendría que leer.» (también dijo más cosas pero no vienen al caso).
Le di una oportunidad. Por un lado, el único antecedente de leer el libro después de la peli no había estado nada mal. Y segundo, pero no menos importante: es que ni siquiera estoy seguro de haber visto la película de principio a fin. De hecho, cada vez estoy más seguro de que no. Así que no tenía excusa para no leerlo.

Lo que escribiría a continuación sería una apasionada crítica del libro de Goldman, un relato de aventuras que ya he empezado a regalar (prueba de lo mucho que me ha gustado. Otros libros que suelo regalar son Matar a un ruiseñor, Las uvas de la ira o Luces del Norte porque no es tan fácil que la otra persona los haya leído, pero La princesa prometida tiene el plus de que además transmite un buen rollo que no tienen los demás). Lo recomendaría aquí y seguiré recomendándolo por mucho tiempo, y prestaré más atención a los libros que me sugiere Cheles, pero prefiero no perder ni un minuto más así. Porque esta, después de todo, es una entrada prometida y a mi hermana no le interesa tanto lo bueno que es Goldman con la pluma sino que yo la dibuje de una vez. Por eso, hermana, este dibujo es para ti. Aunque no le importe un comino al resto:

Franz Kafka en «La historia secreta de la literatura en cómic (xii)»


Con el escritor checo de lengua alemana Franz Kafka llegamos al duodécimo capítulo de La historia secreta de la literatura en cómic. En anteriores entregas: las hermanas Brönte, el genio Roald Dahl, J.R.R. Tolkien, el anónimo de El lazarillo, Agatha Christie, Julio Cortázar, Antoine de Saint-Exúpery, Dante Alighieri, León Tólstoi, Corín Tellado y Charles Dickens.

«Libreros (v)»: Mercadotecnia en la librería


Puedes leer los anteriores capítulos aquí. Los comentarios tampoco le hacen daño a nadie.

El mejor escritor vivo del mundo

Hace poco, alguien me preguntó si incluiría a autores contemporáneos como Philippe Claudel o J.K. Rowling en las viñetas de La historia secreta de la literatura en cómic. La respuesta rápida es no, y por una razón muy simple: la serie sólo homenajea a escritores muertos. Sólo escritores muertos porque (en teoría), ha pasado suficiente tiempo para digerir su obra y declararla oficialmente literatura, aunque admito que con algunos como Corín Tellado fue más una broma que un homenaje sincero. Buenos o no, pero muertos a fin de cuentas.
En verdad, todo este tiempo he pensado en hacer una excepción. Hay un escritor vivo que creo, con toda la fe que permite una creencia, que es y será un auténtico hombre (y nombre) de la literatura universal mucho más allá de su muerte. Eso no se puede saber hasta que lo visite la parca, claro, sobre todo con los caprichos que tiene la historia: autores laureados que se olvidaron después de muertos (hay unos cuantos premios Nobel que hoy no tienen ningún libro traducido circulando, y son premios Nobel) y otros ignorados en vida que luego han hecho caja a sus herederos, a modo de reconocimiento póstumo que de nada sirve en el Parnaso.
Predecir los honores por los siglos de los siglos es muy complicado, y mucho más con tantas plumas escribiendo estos días. Pero si hay un autor vivo por el que apostaría un lugar relevante en los estudios de literatura de los próximos siglos, ese es el colombiano Gabriel García Márquez. Literatura viva. Algo que no se puede decir a la ligera.
No sé si Cien años de soledad es mi libro favorito, pero es una obra maestra desde la primera página a la última. Luego leí Crónica de una muerte anunciada y El coronel no tiene quien le escriba, que me gustaron pero no fue lo mismo, tú me entiendes. Ahora leo El amor en los tiempos del cólera, con Juvenal, Florentino y Fermina, y vuelvo a sentir lo mismo que con la leyenda de Macondo: literatura en estado puro. Como dijo A. hace poco, ya puedes abrir el libro por la página que quieras que cada línea está escrita por un maestro.
¿Crees que García Márquez ya ha pasado a los grandes de la literatura como Cervantes, Shakespeare y compañía, y todavía no ha demostrado tanto? ¿Hay otro autor vivo que pueda decir lo mismo? ¿Me olvido de algún nombre? No te olvides de comentar. Quiero saber cuánto me he pasado de exagerado.

Charles Dickens en «La historia secreta de la literatura en cómic (xi)»



El clásico británico está de bicentenario y es el protagonista de la undécima entrega de La historia secreta de la literatura en cómic. En anteriores capítulos: las hermanas Brönte, el genio Roald Dahl, J.R.R. Tolkien, el anónimo de El lazarillo, Agatha Christie, Julio Cortázar, Antoine de Saint-Exúpery, Dante Alighieri, León Tólstoi y Corín Tellado. Muy riguroso todo.

La muerte de Maude Flanders o el «statu quo» que se rompe

«Esta saga de libros ¿puede leerse al azar o hay que hacerlo de principio a fin?»
La pregunta se extiende a las series de televisión, cómics y demás, y no es ninguna tontería. Aunque ninguna tienda o catálogo las distingue en su distribución de secciones, lo cierto es que hay historias que no exigen ningún conocimiento anterior cuando uno las empieza por la mitad, y otras en las que si no se empieza por el principio, uno no entiende nada y acaba aburriéndose.
No se puede empezar Perdidos por la última temporada ni Harry Potter por el libro seis. Sí, sus autores han contado una historia concreta en cada entrega, pero dependen de un hilo argumental general que carga con la principal carga emotiva de la serie. Con cada final de episodio, los protagonistas se encuentran en un punto diferente a cuando comenzaron.
Eso no es un problema para las series (sea cual sea su medio, desde libro hasta televisión) donde prima el statu quo, es decir: donde al terminar el capítulo, todo vuelve a la normalidad inicial. Esto no sólo es posible, sino también muy habitual: es lo que ocurre con Los Simpson, Mortadelo y Filemón, C.S.I. y gran cantidad de éxitos contemporáneos. El arco argumental general se sacrifica por una trama diferente en cada capítulo, ya sean treinta minutos de televisión o un número de tebeo. Puede que los Simpson viajen muy lejos, pero volverán al 742 de Evergreen Terrace antes de que aparezcan los créditos. Da igual si Homer cambia de trabajo, Bart se mete en problema o Marge se desmadra: todo vuelve a la normalidad, al statu quo, antes del próximo episodio. Lo mismo sucede en muchas otras producciones de éxito.
Sin embargo, hasta los más tradicionales pueden romper la normalidad alguna vez, y que su statu quo se rompa en vistas a los próximos episodios. No siempre logran recuperar el estado normal, aunque los guionistas recurran muy pocas veces a ello. Hasta los Simpson han sufrido experiencias que han afectado a temporadas posteriores, y son unas cuantas: la muerte de la mujer de Ned Flanders, Maude, es un ejemplo de ello. También el romance entre el director Skinner y la señorita Krabappel o la conversión de Lisa al budismo, por citar unos ejemplos. ¿Se te ocurren más ejemplos?
También C.S.I. (en todas sus versiones) rompe en ocasiones la escala de crímenes para introducir romances entre los personajes que cambian la impresión «aleatoria» de la serie, y lo mismo ocurre con casi todas las historias que hacen del statu quo su bandera, un remedio para contrarrestar unos personajes que a veces resultan demasiado planos a fuerza de regresar siempre al estado anterior y fidelizar al público que las sigue desde el comienzo. Algunos siempre preferiremos las historias donde nada permanece, pero ¿no tiene su encanto volver siempre al principio y, más aún, romperlo en alguna ocasión especial? Mi mala memoria me impide recordar otras rupturas del statu quo de Los Simpson y otras series, pero seguro que se te ocurren a ti. Recojamos entre todos esos momentos en que los guionistas rompieron su propia norma. Esta vez sí te toca comentar.

Diccionario tolkiniano - español para principiantes

Aunque nunca me he considerado un fan de El señor de los anillos, lo cierto es que el imaginario de Tolkien me ha aportado más expresiones que todos los cursos de la ESO juntos. Esta es sólo una iniciación para los que en ocasiones me escuchan localismos de la Tierra Media y se sienten más perdidos que Gollum en una visita a Tifanny's.

Mis días como Cayo Martínez o el lanzamiento de «Pulgarcito»

Hace un año me propusieron escribir el texto de una adaptación libre de Pulgarcito, siguiendo las migas que me dejaba la ilustradora Patricia Metola en sus ilustraciones. Los ilustradores cuentan, los escritores escriben. Con unos bocetos tan interesantes y una versión del clásico ligeramente distinta a la de los hermanos Grimm, no me lo tuve que pensar dos veces: acepté al instante y escribí hasta consumir las velas.
Fotografía © Patricia Metola 
Por plazos del mundo editorial, el álbum ilustrado Pulgarcito llega hoy a las librerías de mano de Narval Editores. Lo firma Patricia Metola, que se ha superado con las ilustraciones, y un tal Cayo Martínez, que no es sino yo y mi gusto por los seudónimos. Mi segundo nombre y segundo apellido. Tampoco es una mentira tan gorda.
Ya lo podéis comprar en todas las librerías españolas, en Amazon.es, CasadelLibro.com, Fnac.es y a través de la web de la editorial. Espero que os guste.

«Libreros (iii)», un webcómic de libreros


Pincha aquí para leer las anteriores entregas.

«Los mamuts, los ogros, los extraterrestres y mi hermana pequeña»

Esta es la historia de un artículo y una recomendación. El primero, el de una editora que escribe en Internet. No encuentro el texto en cuestión, pero sí recuerdo la conclusión: si algo te gusta, recomiéndalo. Dilo. No te lo quedes para ti, porque el boca a boca (y no una campaña de marketing) es lo único que salva los libros de la desaparición. De nada sirve que una obra entusiasme a un lector si este se lo guarda como un secreto. Si no lo comparte y nadie más se atreve a probar, es muy posible que los libreros devuelvan el libro al almacén de la editorial, y quién sabe el tiempo que puede pasar hasta que alguien lo reclame de nuevo. Eso si no lo destruyen para hacer hueco en el almacén, el destino más catastrófico. Para cuando el lector satisfecho se acuerde de él y lo quiera regalar, el título habrá pasado a engrosar la lista maldita de los descatalogados. Menudo final.
Yo no tengo perdón. Leo el artículo, me conciencio de la importancia de CORRER LA VOZ y luego, vaya, me olvido por completo. Con mi olvido contribuyo a que otros se olviden de él (o que jamás conozcan) y entonces, tachán, ya está hecho. Otro gran libro que entusiasma pero lo hace en secreto. «Éxito» en la intimidad. Y hoy me acuerdo de él, porque en verdad no lo he olvidado, y me decido a decir lo que podría haber escrito antes de Navidad cuando pensabais qué regalar a esa sobrinita que no se está quieta o al amigo que sabe apreciar un buen álbum ilustrado más allá de los prejuicios. Hoy os recomiendo Los mamuts, los ogros, los extraterrestres y mi hermana pequeña, una joyita ilustrada por Nathalie Choux y escrita por Alex Cousseau.
No es un álbum normal. En este cuento, el protagonista es un poco el lector. Y el lector es un poco el protagonista, que no es lo mismo, pero hay que leerlo para comprender. El prota quiere saber si los mamuts existieron (desde la piel de un mamut. Es la magia de la imaginación) y su padre se ofrece a aclarar todas sus dudas: «Estamos en un libro. Eso significa que hay un señor que escribe esta historia y una señora que hace los dibujos». El papá mamut no se corta, ¿eh?
Luego pregunta por los ogros, por los extraterrestres y hasta por su hermana. Cosas que existieron una vez, cosas que siguen haciéndolo, cosas que existen pero sólo si crees y cosas que existirán si nos guiñamos el ojo. Es un álbum muy original que invita a reflexionar sobre la imaginación y, ya puestos, a pasar un rato divertido. El texto es brillante y las ilustraciones están a la altura. No es un álbum normal, ya lo he dicho antes, y ha entusiasmado a todas las personas a las que se lo he recomendado (igual que a quien me lo recomendó). El pequeño mamut se preguntó dónde está el lector (ese que hace realidad su historia, aunque sea en la imaginación, para que nadie le diga que no existe) así que aquí hay uno que levanta la voz. ¡Me ha encantado! Si te gusta, o te gusta otro, no te lo guardes para ti. Porque tu silencio perezoso puede hacer desaparecer al mamut y a otros que son como él. Quien dice mamuts también dice libros. Existen, pero si nadie se acuerda de ellos, es como si no existiesen más.