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Diez (a tiempo para 2013)

He tardado una eternidad, pero por fin he terminado una novelita que me ha tenido ocupado más de nueve meses. Nueve de pura redacción, porque el tiempo para ideas y planificación ni lo cuento. He necesitado más meses que nunca no porque sea lo más largo que he escrito (no lo es), sino porque 2013 ha sido un año muy complicado. Tan complicado que por muy mala que sea la novelita me doy con un canto en los dientes por ponerle punto y final.
Mi satisfacción es doble porque con Mftlp, la décima novelita que escribo, es la primera que es una continuación propiamente dicha. Es la segunda parte de Lcdmf, tres años después, con (casi) los mismos personajes. Era mi reto: escribir un relato largo con personajes que ya había trabajado. Vale, ya he superado el reto y puedo decirlo: es lo peor que he escrito en mucho tiempo. La libreta (y pico) donde he escrito la novelita irá a parar a un cajón y no me tomaré la molestia ni de corregirla, porque no merece la pena el esfuerzo, pero me he quedado a gusto al poner el último punto. Simplemente demostrar que podía escribirla. Y mejor aún: escribirla en 2013, a pesar de 2013. Nunca he tenido tantos obstáculos (y afortunadamente trabajo) para impedirlo.
Como normalmente la gente me pregunta por qué no publico, la verdad es muy simple: he propuesto algunas novelitas, pero no han interesado. Otras nunca las ha leído nadie porque las guardé bajo llave nada más terminarlas, algo que suele sorprender cuando lo cuento. No sé por qué. Se puede escribir por el simple placer de hacerlo. Y mi satisfacción mayor con esta última era esa, por idiota que parezca: saber que nunca llegaría a ninguna editorial, primero por ser malísima, y segundo porque continúa la historia de un libro que no está publicado. Una reivindicación de la escritura como autocomplacencia: aun así, la escribo. Qué liberación.
Como creo en la escritura como un ejercicio de puro egoísmo, me sorprenden los escritores que sólo escriben segundas partes «si la primera funciona». No pienso igual. Escribes la segunda parte si toca, si te apetece, si es necesaria. Escribirla por simple cuestión mercantil no es hacerle justicia. Y por eso especialmente quería escribir esta: por trabajar una historia con cero pretensiones, de verdad de la buena. Sin que nadie la pida, sin que nadie la vaya a leer. ¿Que para qué sirve, entonces? Para nada. Pero para mí lo significa todo.

Ocho

«¿Tú escribes?» es una pregunta comprometida del tipo de cuánto cobras o a quién quieres más, y huyo a la velocidad del rayo cuando adivino que la van a pronunciar. Sé las preguntas que vendrán después: «¿Y qué escribes? ¿Y por qué no lo publicas? ¿Puedo leerlo?». Mejor no decir nada.
Pero soy un animal de contradicciones. Cuando dedico más de dos años a una novela, no puedo poner el punto y final y callármelo. Ayer terminé el primer borrador de Lcdmf y a pesar del desgaste mental, estoy contento. Con esta ya van ocho novelas, pero me gusta más que la mayoría. Hace un año terminé CeeA y la he guardado en el fondo de un cajón para que nadie pueda leerla. Esta última, sin embargo, puede que se la enseñe a algún amigo en cuanto la revise y corrija.
He necesitado más tiempo de lo normal. Dediqué muchos meses a la planificación, y todavía más a dar con el tono adecuado de la voz protagonista. Incluso cuando ya llevaba cinco capítulos escritos y pensaba que había llegado a ese punto en el que no hay vuelta atrás, sufrí un bloqueo de más de medio año y me convencí de que jamás podría terminarlo.
Hace unos meses me indigné conmigo mismo por tirar la toalla. La historia y los personajes de Lcdmf me gustan mucho, y había pasado buenos ratos escribiéndola. Así que me lancé, no he parado de consumir en ello cada minuto libre de mi vida y por fin está listo el primer borrador. Ahora sólo quiero descansar un poco y pensar qué es lo próximo que escribo. Por lo menos, ya tengo tema para la próxima postal de Navidad. Gracias por leer estas entradas que no interesan a nadie salvo a mí.

'Bajo el paraguas' hasta el final

Si hay alguien a quien pudiese interesarle, os informo que ya he publicado el capítulo final de Bajo el paraguas. Son diez en total, no muy largos. Es una historia que escribí hace seis años y que he sacado del cajón para el blog. No tiene más pretensiones que las de entretener, y con eso ya estaría satisfecho. Ojalá lo logre.

Feliz navidad 2006

Trasteando en mi antigua habitación de Valencia he encontrado la caja en la que guardo todos los borradores de Bajo el paraguas y la postal navideña que dibujé en 2006, con Marga y Leticia como protagonistas. La postal de cada año es una imagen de la última novela que he terminado, aunque la odie y no quiera volver a verla. Es un rito extraño.

Lo dicho. ¡Feliz navidad! Da igual que sea 2006 o 2010.

Ideas de después de irse a dormir

Siempre que estoy escribiendo en serio, es decir, que la novela ya va lo suficientemente encauzada como para creer a ciencia cierta que la voy a terminar (no me ocurre con más de una cuarta parte de las cosas que empiezo, así que es un acontecimiento personal) me asalta la duda de qué es lo próximo que voy a escribir. Miro en el cajón y tengo unas cuantas opciones para seguir, proyectos que llevan años planeados pero que están esperando su momento de maduración, y entonces me asalta el pánico de que todo lo que me quede por escribir sean precisamente las ideas que tuve en el pasado, y que el futuro no me reserve ningún proyecto nuevo más. Vamos: el miedo a que se me acaben las ideas y sólo escriba las que surgieron tiempo atrás. Siempre que avanzo lo suficiente con una novela ocurre la misma situación.
Pero entonces, a la una y media de la mañana, enciendo la lamparita de la mesa de noche porque acaba de suceder. Sólo tengo que estirar el brazo para coger un cuaderno y un bolígrafo, colocados estratégicamente para tomar notas después de irme a dormir, y volcar sobre el papel todo lo que ha aparecido en mi cabeza de pronto, sin avisar, cuando ya creía que no volvería a tener ideas. Apunto hasta la última idea, por descabellada que sea, con una caligrafía que demuestra que escribo sobre el colchón. Es igual. Vale la satisfacción de vivir siempre el mismo miedo porque después siempre llega el mismo impulso creativo de puro placer.

El diario Bauríntimo

Que mis amigos no sean unos lectores empedernidos no significa que no sean unos frikis de cojones. Todos desarrollamos nuestros lados chungos, y si no que se lo digan a mi grupo de secundaria, cuyo caso raya lo enfermizo. Os ubico:
Unos amigos sienten una pasión desbordante por un profesor de su carrera al que, por cuestiones de seguridad, llamaremos José Ángel Baurí. En primero de carrera apuntaban todas sus frases míticas e imitaban sus movimientos (incluso en la discoteca Pachá lo hacían, razón por la cuál tuve que huir de Valencia y pedir asilo político en Madrid. Vale, admito que no volver a Pachá no fue nada dramático), y lo trataban como una especie de dios. La cosa fue a peor en segundo de carrera, cuando crearon hasta una wikipedia (con su dominio y todo) que recogía todo el material relacionado con el profesor: su infancia, sus momentazos, las películas inspiradas en él, sus supuestos amantes y hasta un sinfín de artículos de copyleft que no sé si os harían gracia u os pondrían los pelos de punta. Creo que la cosa está medio medio.
Su wikipedia incluía una sección de relatos, y ahí que entré yo a participar con mi versión de la historia, un diario secreto escrito por el mismo profesor Baurí, llamado "El diario Bauríntimo", y narraba la juventud de este famoso ingeniero de caminos, haciendo especial incapié en la relación con su padre y el romance con la tal Maribel (a la que dedicó un libro y mis amigos se estrujaron los sesos por averiguar su identidad: ¿madre, amiga, amante?). Juro que me obligaron a escribirlo. Me dijeron que la democracia de grupo se había terminado si no escribía el diario hasta el final, así que allí que fui. Aquí la primera entrada:


31 de Marzo de 1970

Querido diario:
Villareal ha amanecido triste. Hoy siento que mi vida es una miseria y es todo culpa de papá, que no acepta mi decisión irrevocable. ¡Tendrías que haberle visto en la cena! Estábamos papá, mamá, Carmela, Antonio y Daniel Alberto alrededor de la mesa, esperando a que Carmela bendijese los alimentos. Entonces mamá, que es buena pero muy tonta, dijo:
— Angelín —así me llama siempre—: ¿sabes ya qué vas a estudiar?
Y ahí me ha entrado el pánico. Sabía que esa pregunta llegaría tarde o temprano. Tengo dieciocho años, era de esperar. Antonio no quiso estudiar y le obligaron, así que yo no iba a ser menos. Carmela está de novia y las novias no estudian, eso lo sabe todo el mundo.
— José Ángel, tu madre te ha hecho una pregunta.
Ahora es mi padre el que se dirige a mí. Lo paso mal. Trago saliva. ¿Por qué coño Carmela no se pone a bendecir y terminamos con esto?
— Sí, ya lo he oído... —me atrevo a responder.
Me quedo callado, naturalmente. Vaya situación, ¡esto es una auténtica castaña!
— Si has oído la pregunta, responde.
Mi padre se muestra especialmente inflexible en las cenas. Ya podrían haber sacado el temita en el desayuno, ya... pero a la buena (pero tonta) de mi madre se le ocurre decirlo en la cena.
— Pues... había pensado...
— ¿Sí? —preguntan todos impacientes.
— ... se me había ocurrido estudiar... habíapensadoestudiarcaminosybuenoyalohedicho...
Mi respuesta es inteligible. El hecho no pasa inadvertido en mi familia.
— ¿Se puede saber qué has dicho?
Mi padre se está enfadando. No, espera. Ya se ha enfadado. Creo que no le hace preguntar: sospecha qué es lo que me propongo.
— He dicho que quiero estudiar... ingeniería de caminos.
Silencio sepulcral en el comedor.
— Carmela, Antonio: llevaos a Daniel Alberto a su habitación.
Mi madre está aterrada. No quiere que nadie presencie esa escena. Mis tres hermanos salen a toda prisa de la habitación.
— Caminos —repite mi padre, como si la simple palabra le produjese urticaria—. Ca-mi-nos.
Asiento acobardado. No me atrevo a mirarle a los ojos. Oígo como se levanta enfurecido y la silla golpea contra el suelo. Mi padre se encoge en un rincón y le oigo llorar. Este momento iba a llegar tarde o temprano, siempre lo he sabido. Nada me sorprende, pero estoy aterrado.
— ¡MI HIJO, INGENIERO DE CAMINOS! —brama mi padre, y en esas se le hincha la vena del cuello—. ¡EN MI PROPIA CASA!
— Cariño, no creo que tengas que...
Mi padre mira a mi madre y levanta el dedo amenazante. Ella calla en el acto
— Papá... no será tan grave...
— ¡MALDITA DESCENDENCIA! ¡CRÍA CUERVOS Y TE SACARÁN LOS OJOS! —nunca le he visto tan enfadado—. Mi hijo, ingeniero de caminos. ¡Qué vergüenza! A mí, un prestigioso arquitecto. Dios será Dios, pero no Arquitecto. ¡MALDITA SEA!
Hoy no voy a poder dormir. Mi padre se ha ido gritando a su habitación y no le he vuelto a ver desde entonces. Pero ya está bien, lo he dicho. No tendré que vivir con más mentiras. Mis padres ya conocen mi sueño: quiero ser Ingeniero de Caminos.

Una "novela gráfica" para el blog

Hace meses estuve trabajando en un cómic largo (al menos bastante más largo que las tres, cinco u ocho viñetas de rigor. Me refiero a unas cuantas decenas de páginas) de ciencia-ficción. La historia se basa en una cuestión científica a la que doy vueltas desde hace años, y a la que sólo le faltaba una trama para animarme a pasarla a la ficción. Lo que pasa es que no lo veía para novela, y dando vueltas y vueltas empecé a esbozar la idea que acepté por fin: La esfera tenía que contarse en un cómic.
Luego surgieron otros proyectos y me olvidé del tema por completo hasta ahora, cuando trasteando entre papeles, he encontrado el plan de la historia y "estudios" de los protagonistas y los escenarios. Mi intención era dividir el cómic en unos diez capítulos y publicar uno a uno en el blog, pero tuve miedo de tomarme el trabajo para que luego nadie lo leyese. No es lo mismo que publicar una simple viñeta; en La esfera hay una trama completa y hay que leerla de principio a fin. No vale llegar y leer el sexto capítulo sin leer los cinco primeros. Tampoco me animaba a ello para comprobar que luego nadie comentaba pero oye, tampoco es culpa de la gente si el cómic no da ganas de comentar.
El caso es que ahí sigue el proyecto, en un cajón, a la espera de que me anime a llevarlo a cabo. Supongo que lo haré alguna vez (igual que ese artículo de-sa-rro-lla-do sobre lo que yo entiendo por vida, y que todavía no he renunciado a escribir), y me ilusiona hacerlo para mi blog personal. A fin de cuentas es eso, un simple cómic amateur, sin pretensiones de nada, salvo la de entretener durante unos minutos y con un poco de suerte, provocar una reflexión. Ya veremos qué sale. La historia me gusta, y sólo he dibujado un cómic completo en mi vida y debía tener once años. Es hora de volverlo a hacer.

Siete

Hoy he terminado el primer borrador de la última novela en la que he trabajado, CeeA, y creo que ya la odio de principio a fin. Bueno, es la primera que escribo viviendo en Madrid, de modo que tengo una excusa para cogerle algo de cariño y no tirarla ahora mismo al contenedor de papel. Es para adultos, la segunda después de S.F.I., pero ésta es muy desagradable y se me ha revuelto el estómago más de una vez. Es que la mitad de los personajes son monstruosos, horribles de verdad. Es posible que últimamente hubiese estado de mejor humor de escribir algo más simpático, pero no pudo ser. Las historias tienen una razón.


Normalmente, cuando acabo una novela, ya tengo en mente qué es lo próximo que voy a escribir. Ahora mismo no lo tengo claro: lo único que sé es que dejaré ésta en un cajón hasta después de verano y luego la reescribiré y corregiré. Tengo que dejarla reposar. Lo mismo pensaría ella de mí.

Diario de un vagabundo neoyorquino llamado Portièr

Estoy seguro de que me arrepentiré de publicar esto. De hecho, lo he evitado durante año y medio, pese a que se me pasó varias veces por la cabeza. El motivo para publicarlo es simple: me divertí escribiéndolo; el motivo para no hacerlo es contundente: el protagonista de estos relatos es un vagabundo esperpéntico y desagradable, que no le tiene respeto a nadie, con un nivel cultural por los suelos y altamente provocador.
Tengo que explicar el origen del diario: cuando en septiembre de 2008 visité Nueva York con unos amigos, abrimos un foro en internet para ponernos de acuerdo de antemano con el hostal, los itinerarios, la excursión a Washington... era más práctico que los emails de cascadas infinitas, o las reuniones caseras en las que estábamos a todo menos a eso.
Yo, demócrata de pro, que no soporto que alguien responda en el Trivial cuál es la capital de España sin que el equipo lo haya votado primero, me encontré con un bache importante: cuando salió el tema de ir a ver un musical de Broadway, mis amigos no querían Wicked, o El rey león, ni tampoco Avenue Q. Mis amigos, Dios los perdone, querían ver El fantasma de la ópera.
Vale, no podía coger un berrinche y exigir que se hiciese lo que yo quería. Eso hubiese ido contra mis principios democráticos, y no estaba dispuesto a perderlos ni por un buen espectáculo musical. Sin embargo mis amigos no daban su brazo a torcer, "Vamos a beeeeeer El fantasma, señor C., vamos a beeeeeeerlo" (bueno, vale, lo admito: no lo dijeron con esa voz de borrego, pero es que sigo indignado), y yo me frustraba porque mis argumentos caían en saco roto. Fue ese el momento en que decidí que alguien los convenciese por mí. Y para que no sospechasen de mis intenciones creé un personaje que pudiese considerarse mi antagonista, en las antípodas de mis pensamientos, alguien que se hiciese pasar por neoyorquino y convenciese a mis amigos de que las decisiones que estaban tomando eran un error. Mi intención era manipularlos a través de las páginas de un relato, en resumidas cuentas. Ni qué decir que no funcionó.
Mi miedo a publicar esto es que alguien con media neurona pudiese creer que lo que dice Portièr, el protagonista de este diario, es lo que opino yo. Quitando el tema del musical, lo cierto es que desprecio todo lo que dice este sujeto, pero admito que me divertí escribiéndolo, porque era un humor con el que nunca había trabajado -y no lo he vuelto a hacer; quizá quedé traumado- y del que para ser honesto, tampoco soy lector. Detesto las películas de Torrente. Releer Portièr me ha producido el mismo asco, pero hay cosas que cuando las escribes para tus amigos tienen una sintonía que a ellos, yo que sé por qué, les hace gracia. Son los mismos que votaron por El fantasma, así que no me puedo sorprender.
Ésta ha sido la introducción a los relatos. Si alguien los quiere leer, bienvenido a Diario de un vagabundo neoyorquino llamado Portièr. Estás advertido de que te desagradará. Hay cosas que nunca deberían salir del fondo del cubo de la basura.


Nota del autor: Portièr es un personaje ficticio que derrocha mal gusto. Sus opiniones no se corresponden en nada con las del autor.


Para ir animando el viaje a Nueva York, para presentar lugares míticos de la ciudad y otros no tanto, le he pedido a mi amigo Portièrque escriba un blog para nosotros. Es superexclusivo y superbarato. Lo único que le pago es una suela de zapato de cuero, mejor que las de goma que le dan en el Museo de la Indigencia.
Aquí empieza:


12 de Junio de 2005 o yo que sé, que no miro los periódicos: Mi gran amigo Ferran Adrià* me ha propuesto escribir un diario donde cuente mis experiencias en Nueva Llorc. Yo lo escribo así, con LL y C, porque si lo escribo como el jamón me entra hambre. Soy un pobre vagabundo de mierda que no tiene qué llevarse a la boca, salvo chinches de colchones abandonados y la mugre de las ruedas de los coches. De vez en cuando y si hay luna llena, me hago un festín lamiendo las compresas usadas que encuentro en los cubos de basura metálicos, esos tan conocidos de esta nuestra ciudad. Nueva Llorc, que ya lo he dicho.
Me llaman Portièr, pero en realidad soy Encarnito Juliojosé Chinarro de Córdoba. Nací hace sesenta y tres (¿lo he escrito mal? Nunca he sabido escribir bien los números. A la pregunta de porqué no uso números árabes, muy lógica, no responderé. Si no os habéis preguntado porqué sólo lamo compresas en luna llena, no tendriáis que haberos preguntado esto). Sigo: nací hace sesenta y tres primaveras en Valencia y por aquel entonces era el portero de una finca de la ciudad, en la placa de la Virgen, donde vivían los Tadeo, los Herrero, los Yúster, Fuertes, Sanchís, Reyna y Cester. No sé para qué repito sus nombres, supongo que para convencerme de que no he perdido la chaveta. Ya sé que se escribe con "b", pero tú eres tú y yo soy yo.
Ya me puede merecer la pena escribir este blog, porque estoy usando el último rollo de papel higiénico que me quedaba. Total: si sólo lo usaba para sonarme los mocos invernales, no pasará nada. Los vagabundos no cagamos, ¿cómo, si no comemos?
Hala, a tomar por culo. Ya os contaré en la próxima aventura, bueno, ya te contaré a tí, Ferrán Adrià, lo que me pasa en Nueva Llorc. Tú eres un hombre decente y me sacarás de la indigencia, estoy seguro. Te envío este primer escrito por burofax, que en Nueva Lloc se nos ha caído la conexión de Wi-Fi y vamos todos echando pis por las bocas de incendios. A la siguiente te cuento la vez que subí a las Torres Gemelas, cuando me fui de fiesta al Bronx y me violaron cuatro negros y dos chinas o esa de cuando Marilyn Monroe me pidió fuego y le toqué una teta.
Te quiere y aprecia,
Portiér.

* Nota de Pablo: Reconozco que he mentido un poco. Le he hecho creer que soy Fernan Adrià para que se crea que le recompensaré con una cena suculenta. Pobre capullo.



14 de Junio de 2008: La puta. Mémterao que estamos a 2008. Mala suerte, porque yo creía que estábamos más atrás en el pasado. 2005, o algo así. Digo la puta porque este nuevo dato en mi vida tendrá consecuencias negativas. Es que Pathy la Vagabundo de la 66th-4th me pidió que la encerrase en un contenedor abandonado hasta año nuevo, para superar su récord de dos semanas comiendo moho en un espacio de metro y medio cuadrado. Pues ya se habrá muerto la cerda, porque lleva tres años encerrada la muy jodida. Qué afán de protagonismo.
Dejando de lado mi desliz quiero contarte algo sensacional, mi amigo Adrià. ¡Hoy he ido de excursión al Bronx! Me acompañaban dos compis del gremio, Red-tooth (porque siempre tiene los dientes rojos, consecuencia de las encías sangrantes, consecuencia a su vez de mascar latas de Coca-Cola) y Rody-the-Cool. Rody-the-Cool es negro, así que estaba como en su salsa. Red-Tooth y yo andábamos más moscas, por lo que nos pudiese pasar, pero los negracas de pistola en el culo y zapatillas de aire se apartaban de nuestro camino, como si llevásemos la peste. ¡Cerdos de mierda, se creerán más limpios que yo!
Al final nos hemos relacionado con ellos y todo. Yo soy un seguidor ferviente de la política de los Eéuú y les he preguntado a quién pensaban votar.
-¡Disculpad! ¡Había olvidado que los negros no entráis en el sufragio universal!
Un chistecico para romper el hielo, qué humos tienen algunos. El tal Sam Brown me ha mirado con ojos de guillotina, y eso que no hecho bromas del color caca de su piel.
-¡Que no hablaba en serio, water-melons! ¿A quién votaréis?
A Obama, lógicamente. Esa era la respuesta lógica. Claro que no.
- Yo votaré a McCain.
- Y yo.
- Et je.
- I jo -tienen a un afro-catalán-americano, se llama Marc y baila una versión muy rara de hiphop-sardana.
- Yo yo.
- ¡Pero estúpidos! ¡Obama es negro! ¡Es cosa, como vosotros!
- ¡Mentiroso! McCain es el negro.
Todos señalan un cartel publicitario al fondo de la pista de basquet. Alguien le ha echado buena mano al Photoshop para que McCain sea negro. Menuda jugarreta para ganarse el voto "de color" (sí, ahora me ha dado por los eufemismos. Después me follaré a tu madre).
Aunque no te lo vayas a de creer, amigo Adrià, también hay cosas la mar de cultras en el Bronx. No todo es tiros y banjo, también hay coca y éxtasis. Muchos no saben que es estadio de los Yanquis -ese deporte tan engorroso de una pelotita, carreras y un bate pesa'o- está en el Bronx. Si hasta tienen su propio jardín botánico y zoo, claro que las guías turísticas que me encuentro en la basura omiten el hecho de que el 90% de la plantación del jardín es marihuana y que la mitad de animales del zoo se encuentran en fase de rehabilitación, después de que en 2004 pillasen a los chimpancés pasando droga al resto de animales.
Otro día te hablo de otros lugares de Nueva Llorc. Es una pasada de ciudad, de verdad. Cuídate, amigo Ferrán.




25 de Junio de 2008: Cocinero cocinero, perdóneme que no le haya escrito antes. Verás, es que el papel escasea cada día más en Nueva Llorc. El alcalde, que es un mafioso de no te menees, ha establecido la ley seca. No seca de alcohol, no: más bien seca de tinta. Y en eso estamos los neollorquinos, a base de reciclar las Páginas Amarillas y cualquier cosa para poder escribir. En McDonalds han empezado a entregar las facturas en hojas de lechuga, para que te hagas una idea aproximaited de cómo está la cosa. Jodida no, peor.
Hoy te escribo porque tengo algo muy interesante que contarte: el día del atentado de las Torres Gemelas o mejor, también conocido como el Día-en-que-los-Judíos-sacaron-su-dinero-de-la-Bolsa-a-tiempo. Sospechoso cuanto menos, ya me dirás tú. Una vez me contó un sobrino mío que un chiquillo de Valencia, mi previous ciudad, hizo un discurso en el cole sobre lo imposible del atentado. ¡Pamplinas grasientas, todo eso es una conspiración paranoica que ni Michael Moore! Yo sé qué pasó ese día porque estuve en las Torres Gemelas. En las dos torres, de hecho, en la alta y la no tanto. Es que como vagabundo profesional que soy, un gobletrotter free-lance, me las apaño muy bien para encontrar sitios donde hacer de vientre en Nueva Llorc, y los aseos de las Torres eran la mar de asea'os. Sólo un váter en el mundo puede hacerle competencia, doy fe: los de Harrod's de Londres. Durante mis cinco días de turismo indigente en 2003 comprobé que tenían hasta una horda de negros camerunenses calentando el tazón para que no estuviese frío para los ricos. Un lujo mejor que las zapatillas de goma.
Pues eso, que me hago la picha un lío y no sé por dónde iba: estaba yo en la Torre Gemela A, la de la no-antena, cagando limpio cuando me dí cuenta de que no había papel. No es que lo necesitase para limpiarme el culo, porque yo apenas cago colillas de cigarros que me trago mientras duermo, pero siempre viene bien para trueques en los callejones de la Gran Manzana. Así que ni harto ni perezoso me salí de la cabina retretteeeerrr cuando escuché un "capachupú" que pa' qué. El moro que estaba echando el pis salió por patas y por descuido se cayó al vacío, que el avión había de colosionona'o en nuestra planta, between others. Yo, que soy más avispa'o que el pederasta de la Abeja Maya, me fui corriendo a ver si había algún muerto al que le pudiese pillar la cartera.
Y anda si los había.
En cinco minutejos me enbolsillé la friolera de trece dólares o como dicen por aquí, thirteen turkeys. Con eso podía pagar a Nancy la Mellada para que me hiciese una felación en Nochebuena, cuando hubiese algo que celebrar. Había humo por todas partes pero ni que mis pulmones no fuesen resistentes a todo, después de tantos años viviendo en las calles. Conseguí bajar a la calle y me metí rápidamente en la Torre Gemela #2, que tiene una antena muy larga que hace lucecillas como si de un árbol de navidad anoréxico se tratara.
Subí hasta arriba y de nuevo, cuando estaba haciendo de vientre (tres colillas de Lucky Strike y dos de Marboro) de nuevo "capachupú", todo a tomar por culo y el morro del avión metido hasta los grifos del año. Conste que el piloto todavía seguía vivo en ese momento, cantando algo en árabe. Salió de la cabina y echó un meo en eso que llegaban los bomberos también a la segunda torre.
-Hello.
-Shal'am Malequú.
Malequú su padre, pero no era momento de discusiones. Ademón, yo no sabía todavía que era un terrorítico de esos de la CNN. Me urgía más ir a buscar dinero entre las víctimas y aunque no encontré ni dos turkeies, al menos me pude llevar un fajito de post-its con forma de corazón que luego pude cambiar por una cuchara de plástico del Starbucks gracias a unas duras negociaciones.
Cuando me encontraron los bomberos yo tenía la cara cubierta de hollín y como ellos no socorren a los negros, pues me dejaron estar. Bajé a la calle por mi propio pie y por el camino me eché unas risas con la Muerte, que se estaba poniendo las botas con tanto cadáver.
-Ya se me han ocurrido los primeros chistes -me dijo emocionada, mientras balanceaba su guadaña y se golpeaba la túnica negra con su mano huesada. Huelga decir que la Muerte siempre ha tenido muy buen rollito con los vagabundos. Será que nos considera muy próximos a ella, como a los sidosos-. A ver qué te parece éste, Portièr: ¿en qué se parecen las Torres Gemelas a la lasagna?
Ay, me meaba de la risa con sus ocurrencias. A ver si nos volvemos a ver la Muerte y yo, que tiene una chispa que no la acercas a la gasolinera ni en broma.
Por la noche, en mi Bread Box del callejón Stinks Alley, sólo se oían ambulancias p'arriba y p'abajo. Esos días todavía no pegaba el frío, por lo que los vagabundos manteníamos las distancias pudientemente y sin mariconeos. En eso estaba Tim Burtong y nos contó lo del Pentágono. Que había sido el constructor el Pocero, que no había hecho planos decentes de la reforma y se le había venido abajo todo un la'o del edificio. Pues yo me quedo más tranquilo, para qué te voy a engañar, amigo Adrià.
Y eso fue lo que pasó el 11 de Marzo de vete tú a saber qué año. Digan lo que digan, fueron los judíos. Prueba de ello es que exactamente nueve meses después en los hospitales maternales sólo había judías echando retoños de entre sus entrañas. Todas ellas con una sonrisita en los labios. Cuando la matrona les preguntaba por la casualidad del boom judio-monstruoso-natalicio, todas respondían lo mismo:
-Es que había mucho que celebrar.
Las matronas, pobres mujeres incultas, no sacaban bien las cuentas. "Debió ser el Hanuká". El circunscidor no dio a basto en tres semanas.




23 de Agosto de 2008: Dios mío. Oh, my God. ¿Dónde he estado todo este tiempo? ¿Qué narices me ha pasado? ¿Por qué siento como si no hubiese pasado el tiempo, y sin embargo el calendario luminoso del Trade Center marca claramente la última semana de Agosto?
He tenido una temporada muy mala, mi amigo Adrià. Le dije a tu secretario, cuando me llamó a preguntarme qué me pasaba que no escribía, y le dije que estaba de gonorreas en el Bronx. Era mentira, pero bueno, siempre es más emocionante enfermarse de gonorrea que de anginas, o de diarrea. Al menos por cómo la contraes. En realidad estaba con el mono. Sí, amigo, Adriá. Portièrtiene un mono.
Se llama Pirulí. Pirulí el Mono. Lo conocí en el zoológico del Bronx, ese que es un poco más gitano que el del Central Park, he hicimos migas desde el primer momento. Pirulí tiene un trauma sexual porque sus cuidadores le llaman Maddie, que es nombre de hembra, y él tiene pirulí y por lo tanto de hembra ná. Así que eso: si el hábito no hace al monje, el pirulí sí hace al macho. Por esa razón las pasa canutas cada vez que le dicen “Maddie, come here!” o “Maddie, suck my banana”. Le llevan de entierro en entierro al pobre Pirulí.
Rescaté a Pirulí hace unas cuantas semanas, cuando el zoo estaba a punto de estrenar la atracción “Kiss Maddie, she is a Lady!”, que preveía su final psicológico. Intuí lo mal que lo estaba pasando y con mis hierros del carrito logré sacarlo sin levantar sospechas: a fin de cuenta se trata del zoo del Bronx, ahí con tal de que no entres pistolas les da igual el metal que pase por la puerta. Salí del zoo con Pirulí de la mano y nos fuimos los dos en busca de una nueva vida. Nueva York es así, tiene estos giros inesperados. A mis años quién me iba a decir que iba a hacer un nuevo amigo.
Sin embargo lo pasé muy mal porque Pirulí estaba muy afectado por tantos años de Maddie en su vida. Si bien él se sentía macho, tenía serias dudas para reconocer a las hembras. De modo que una noche, sin quererlo ni beberlo, Pirulí intentó violarme en un callejón del barrio, justo cuando acababa de preparar un cubo de basura para calentarnos (siempre hay que hacer fuego en Nueva York: da igual que sea mitad de Agosto. Los vagabundos tenemos que mantener un prestigio de pirados). Pirulí, en un momento de Maddie, me dejó abandonado en el suelo y se marchó a la fuga. Cuando me desperté estaba en el hospital y los médicos, blancos asustados por trabajar en tierra de negros, negaban con la cabeza al ver el análisis del semen de la violación. Según supe después, aparecí en el NEW YORKER como “Pervertido abandona a chimpancé después de coito anal”. Y eso que ni siquiera me tocó, sólo me golpeó en la cabeza al no dejarme vencer.
Y claro, he cogido todas las enfermedades de un mono. La tisis chimpacina, la viruela monosa, los mocos de orangután. Diez enfermedades seguidas, en riguroso orden alfabético. Las enfermedades serán perniciosas, pero nadie les negará un irrefutable respeto por el abecedario.
Mi compañero de habitación es un latino al que no le he dicho que soy español, no sea que me de la murga como piñatas, nachos y cancioncitas del rey David. Su familia viene a verle todos los días, pero sólo lo hacen cuando cae el sol y las enfermeras cambian de turno, porque como ninguno tiene papeles tienen que hacerlo de incógnito. Ya he conocido a Daniela Salvadora, José Salvador, Manuel Salvador, Isabela Salvadora y Andrés Salvador. Ni qué decir que todos se apellidan Sánchez. Qué escoria de nombres. No saben que para triunfar en Nueva York se necesita algo más artístico, da igual a lo que te dediques. Ya seas ejecutivo, cocinero o pintor, necesitas un toque sibarita hasta en tu onomástica. Por eso yo me decanté por Portièr al llegar a la Gran Manzana. Dime tú, amigo Adrià, qué hubiese hecho yo con mi nombre de mierda. Ferrán Sánchez. No hubiese vendido ni tampones en medio de una convención feminista.
A mi compañero de habitación sólo le oigo hablar de una cosa: los musicales de Broadway. Dice en sueños que su ilusión es cantar sobre esas tablas, ante un público inculto y adulador. Que desencaje las notas que sean, los aplausos no cesen ni de milagro. Cuando una enfermera también latina le ha preguntado si quiere ir a ver ‘El Fantasma de la Ópera’, la celebrísima ópera, él ha respondido tajante:
- Y un cojoncito voy a ver yo eso –todo con su acento mexicano, por supuesto-. Nada de mariconadas de lágrima fácil -¿o ha dicho fásil, como si fuese lo mismo?-. Yo he venido para debutar en Wicked, en El Rey León o Avenue Q. Eso sí son musicales. Divertidos, originales y que puedan entender turistas. Por ejemplo, qué se yo, valencianos.
Yo estaba alucinando, evidentemente, porque soy valenciano (aunque ya no muy turista). Lo que pasa es que como no quiero que sepa que hablo español, me he hecho el estadounidense y para eso me he metido en el clásico papel de neoyorquino antipático:
- SHUT UP, SHIT OF LATIN!
¿Quién podría sospechar de mí?
Por lo menos estoy de acuerdo con su opinión. El Fantasma de la Ópera es para un público que pretende ser más exigente, que con mucho gorgorito se da por satisfecho y que sin embargo no ha entendido ni una mierda de la auténtica mierda que es el musical. Sin embargo hay otros que no tienen tantas pretensiones. Qué sé yo: El Rey León, o Wicked, o Avenue Q. Recuerdo que cuando fui a ver esta última meé bilis de la risa (bilis porque no tengo otro líquido que mear, después de una semana sin probar líquidos).
Bueno, amigo Adriá. En seguida te vuelvo a escribir para ponerte al día de las aventuras de Nueva York. A primeras te recomiendo que leas ‘Caperucita en Manhattan’, que no es una peli porno si no un libro para jóvenes de espíritu. Al menos te meterá el canguillo de venir, ya que andas pensando en abrir tu Bulli en la ciudad. Yo sabes que te esperaré, con tal de que me dejes probar un pedazo de tu delantal. Me he humillado por cosas peores.

Relato: La ilusión

A falta de algo interesante que contar, pego este relato sin corregir que escribí en 2006 y que hoy he encontrado por casualidad entre mis ficheros. Me ha divertido leerlo. He puesto a caldo a mi Yo de entonces.


LA ILUSIÓN

La brisa de aquella noche estaba en perfecta armonía con la luna llena, para hacer del balcón de los Siabinny un lugar mágico y romántico. En el interior de la casa celebraban un importante baile, pero Sarah, quien tenía la cabeza para todos menos para celebraciones, salió a refrescarse. Enseguida agradeció su decisión.

- Si me permite que lo diga, nunca antes había visto una dama de semejante belleza –dijo un hombre a su lado. Sarah se giró y descubrió al señor Mirager entre las sombras. Era un hombre corpulento, peludo y ceñudo, que sin explicarse cómo, ella encontraba hermoso-. Será un placer para mí disfrutar de su compañía en este rincón abandonado. Tengo entendido que es usted una gran lectora. Es extraño encontrar a jovencitas de su clase social que se interesen en algo más que folletines.

Sarah se ruborizó y alisó su vestido para disimular su emoción. Inconscientemente marcaba más su figura, y el caballero sonreía divertido.

- En realidad, es mi tía quien me ha inculcado el placer por la lectura. Yo solo leo sus recomendaciones, que casi siempre son buenas. Todo el mérito es de mi mentora literaria.

- ¿Casi siempre? Adivino que ha habido excepciones –dijese lo que dijese, el señor Mirager resultaba encantador. Y a sus ojos, terriblemente atractivo. Tenía que medir sus palabras, o acabaría diciendo una tontería.

- Al contrario de mi tía, considero que Jane Austen es una romántica aburrida –reconoció con una risita nerviosa-. Pero salvo por Orgullo y Prejuicio, no hemos discrepado en nada. ¿Y usted, señor Mirager? Ya conozco sus viñedos, pero poco o nada de lo que hace en su tiempo libre. Se escuchan rumores muy curiosos acerca de sus aficiones…

Sarah se mordió la lengua. No debería haber dicho eso. El señor Mirager podría pensar que ella era una chismosa.

- Me divierten las habladurías –le dijo con sinceridad-. Me pregunto si por una vez estarán en lo cierto. ¿Puede sacarme de dudas?

- Lo que dicen… cuentan las viejas en las meriendas… que usted es ilusionista.

Aquello hizo que el señor Mirager pronunciase una sonora carcajada. Sarah no esperaba semejante reacción de alguien con tanto prestigio como aquel caballero. Le tranquilizó saber que no le había ofendido.

- Me divierte saber que por una vez, el rumor es cierto. Sí, señorita, mi afición favorita es el ilusionismo.

Sarah no supo que decir. Se había quedado boquiabierta, observándole. A cada segundo que pasaba, se sentía más atraída por él. Aquel misterio que le rodeaba, lejos de espantarla, le seducía.

- No me mienta, señor. Soy una inocente, pero no consiento que me engañen.

- Oh, por favor, le aseguro que no le mentiría por nada del mundo. Le digo la verdad, yo soy ilusionista. Desde los trece años, para ser exactos. Es un arte tan antiguo como difícil, y ni una vida es suficiente para conocerlo a la perfección. Pero creo que puedo defenderme. Soy muy constante.

Mister Mirager decía la verdad, de eso estaba segura. Pero tenía que pedirle pruebas: no para confirmar que lo que decía era cierto; lo que necesitaba era una excusa para pasar más tiempo con él antes de volver con el resto de invitados a la fiesta.

- Demuéstremelo, por favor. Me encantaría verlo.

Asombrada de su propio atrevimiento, Sarah pensó que el señor Mirager daría media vuelta y volvería con el gentío, pero lejos de dejarla sola, le hizo una pregunta que la dejo todavía más sorprendida:

- ¿Cuál es su flor favorita?

Sarah estaba desarmada. Respondió en el acto.

- El lirio.

Como un pintor que mueve el pincel en el aire, el señor Mirager dibujó entre él y ella un precioso ramo de lirios violetas. Sus dedos eran brochas y su magia la pintura. Antes de que Sarah pudiese darse cuenta, el ilusionista le ofrecía su creación con una pequeña reverencia.

- Son preciosas, tan bonitas como las verdaderas –dijo emocionada al cogerlas-. ¡Miento! Me parecen todavía más bonitas que las verdaderas. No sólo es usted un ilusionista, señor Mirager, es usted un artista.

El mago le dedicó una blanca sonrisa. Sarah tuvo el atrevimiento de besarle en la mejilla. Lo cierto es que era la primera vez en su vida que besaba a un hombre que no fuese su padre, por lo que al despegar sus labios de la piel del señor Mirager tenía el rostro encendido.

- Tenía que agradecerle su regalo, señor. Las pondré en un jarrón nada más llegar a casa. ¿O estas flores no necesitan agua?

- Ni una gota. Pero solo puede saber usted que no son reales, o se desvanecerán al instante.

Quizá había llegado el momento de volver a la fiesta, pero ninguno de los dos tenía ganas. Se sentían muy felices juntos, y no imaginaban lugar más mágico para conocerse que aquella terraza bañada con la luz de la luna.

- Me pregunto para qué utilizará usted sus dones, señor Mirager. ¿Puede una jovencita como yo confiar en usted? –preguntó con picardía.

- Nunca utilizaría el ilusionismo para hacer daño a nadie. Y mucho menos para herir a una jovencita como usted. Empleo mis poderes para ridiculeces. ¿Ve el sombrero que llevo puesto?

Sarah miró la cabeza de mister Mirager. Su sombrero era muy bonito, posiblemente importado de Oviedo o Bummeniè, muy oportuno para la fiesta de aquella noche.

- ¿Cómo no iba a ver su sombrero? Tiene usted muy buen gusto eligiendo.

- A este me refería: utilizo mi magia para crear modestas ilusiones, como este sombrero que he traído esta noche. Sí, Sarah: sólo existe en su imaginación.

De repente, el sombrero desapareció. La joven ahogó una exclamación de sorpresa.

- ¿Qué es lo que ha pasado?

- Lo mismo que con sus flores y todas las demás ilusiones: basta con que uno no crea en ellas, para que se desvanezcan. Tendré que tener cuidado con qué más le cuento, o podré acabar la velada en ropa interior.

Los dos rieron, sin poder dejar de mirarse. Cuando por fin exhalaron la última risotada, acercaron lentamente sus labios. El corazón de Sarah estaba a punto de desbocarse. Sintió el cálido tacto del señor Mirager, y su mano deslizándose por su cadera… y de repente, la chica desapareció.

- ¿Quién iba a querer a un mago de ocho cuartos como tú, Silban? –preguntó una voz chillona a su lado. El señor Mirager se giró y encontró a su propia madre, la señora Mirager, una sesentona de metro y medio de estatura y dedos cubiertos de anillos-. Lo que necesitas es una mujer de verdad, no una ilusión de las tuyas. ¡Qué desesperado debes estar, hijo mío!

- Pero Madre…

- Espero que nadie te haya visto. ¿Tú con una jovencita? Dios mío, si podrías ser su padre. Todos saben que eres incapaz de conquistar a una vaca: conjurar estas ilusiones sólo te dejan en evidencia, a ti y a tu familia.

- Madre, yo solo quería…

- No hay nada que decir: tienes prohibido practicar el ilusionismo en tres semanas, o te verás en serios problemas, jovencito.

El hijo agachó la cabeza, avergonzado. Y al instante, se convirtió el polvo.

- ¡Alicia! –gritó el anciano Mirager-. ¿Estabas otra vez con eso? –venía del interior de la casa, pero iba lento a causa de su cojera.

- ¿Yo? No sé a qué te refieres, querido… -disimuló.

- Lo sabes perfectamente, Alicia. Otra vez lo estabas haciendo. Te he visto: has creado una imagen de nuestro difunto hijo.

- ¡No es verdad, Ruperto!

- Por supuesto que sí –insistió el señor Mirager, y se agachó al suelo para coger unas motas del polvo mágico que había dejado la ilusión al desvanecerse-. ¿Qué se supone que es esto?

Su esposa no encontraba palabras. Por su expresión, parecía absolutamente abochornada.

- Te lo ha dicho el doctor, te ha insistido tu hermana pero te lo vuelvo a repetir yo: Si sigues creando ilusiones de nuestro hijo muerto, acabarás por volverte loca. Ya sé que querrías haberlo visto crecer, convertirse en mi sucesor y hasta encontrar una esposa. Pero Alicia, por el amor de Dios: deja las ilusiones. Nunca recuperarán a los muertos.

Y diciendo esto, él también desapareció.

La sexta

La primera novela que terminé, hace ahora unos tres años, la escribí a mano. Ocupé dos libretas de esas gordas, por las dos caras, sin márgenes, y sin concederme ni un hueco para dibujar. El problema es que cuando la terminé no había modo de enseñársela a nadie, y con el tiempo se me quitaron las ganas de pasarla a ordenador. No era lo mejor que podía hacer.

Después de aquella, las siguientes cuatro novelas que escribí, que me han ocupado los últimos años, las escribí directamente a ordenador. Y sí, era una comodidad enorme, pero perdía ese punto romántico de escribir de puño y letra, con sus tachones, con la caligrafía que baila según el estado de humor. Por eso, cuando al terminar JWG#1 me decidí a escribir un cuento largo, tomé la decisión de volver al boli y papel.
Hoy, un mes después, he escrito la última palabra del primer borrador de Ehlpyem, y ha sido como viajar en el tiempo. He disfrutado muchísimo de este libro, muchísimo. Es lo primero que escribo de fantasía clásica, y es a su vez un cuento inspirado en una saga en la que llevo muchos años trabajando, pero que todavía no me atrevo a escribir. Lo normal sería escribir primero la saga y después las historias anexas, pero lo he hecho al revés a modo de entrenamiento. Ha sido muy divertido crear un mundo sencillo que a su vez hace referencias a un mundo muy desarrollado, pero eso sólo lo sé yo. Tener criaturas fantásticas por protagonistas, la clave de humor, la sencillez y ese giro retorcido que no podía faltar... estoy satisfecho, y me da igual que sea la más corta de las seis novelas que he escrito hasta ahora. Es para un público más infantil. Pero no por ello deja de ser novela.
Sé que me he dado prisa para llegar al final porque ya sé qué es lo próximo que voy a escribir, y estoy muy ilusionado. Hasta ahora me había prohibido empezar a planificar, porque quería terminar antes la anterior novela, pero hoy me doy el pistoletazo de salida. No soy capaz de repetir en el género, de modo que lo siguiente será una tragicomedia social. Y mientras tanto, a aprender del mundo editorial. En dos meses lanzamiento. La de cosas que estoy aprendiendo. Si no pudiese escribir me volvería loco.

El origen de las historias

Hoy he tenido un sueño. Bueno, todos los días sueño y los recuerdo la mayoría de las veces, pero el de hoy era una idea genial para una subtrama de novela. Nada más despertarme he corrido a apuntarla a la Moleskine de ideas, que un día hice a bien de dejarla en la mesita de noche. El 90% de ideas se me ocurren mientras intento dormir, de madrugada. Lo que no es tan frecuente es que se aparezcan en sueños.

Pero las ideas me vienen de otra forma, y es un tanto peculiar: por confusión. Por leer mal un enunciado, por ver sólo unos segundos de tráiler, por una imagen en la calle que en realidad no es lo que es. Luego ves la versión completa y adviertes que no tiene nada que ver, y dices ¿por qué no existirá esa historia? Y ahí ya tienes una. LGdP, de hecho, se me ocurrió al leer por encima la contracubierta del DVD de Magnolia. Ahora vuelvo a leer la sinopsis y no sé qué fue lo que leí la primera vez, porque cualquier parecido es pura coincidencia.
Ya he terminado la primera corrección de JWG#1, quitando páginas enteras y agregando otras, y tengo la vista puesta en qué escribiré después. No será JWG#2, sería incapaz. Necesito escribir una o dos historias mientras, por mi salud mental.
Cuando estoy a mitad redacción, me suele entrar un pánico injustificado a quedarme sin historias. Injustificado porque tengo un cajón con muchas por escribir, pero no sé, siempre me pasa. Más bien creo que tiene que ver con un "oh, voy a terminar una novela y no se me ha ocurrido ninguna nueva. Esto se puede agotar". Pero con JWG#1, de repente, llegaron dos. Una infantil, otra para adultos. Fantástica y realista. Alivio.
Y en eso estoy ahora, debatiéndome qué historia elegir. Cuál será la próxima, porque no es una decisión arbitraria. Tengo historias de antes de JWG#1, algunas que quiero muchísimo, pero ahora mismo no me nace escribirlas. Tengo una saga de fantasía épica que llevo casi una década construyendo, pero me resulta demasiado ambiciosa todavía. JWG#1 lo era, hasta hace un año. Todo llega. Tengo, por último, las historias que me han venido a la cabeza más recientemente. Creo que voy a apostar por la infantil, mi primer cuento de hadas. Qué reto. Capaz vuelvo en un mes y os cuento que he dejado el manuscrito en un cajón y me he puesto con otra historia, que no será la primera vez. Pero lo que queda en cajón no cae en saco roto...

Posdata: No olvido el texto sobre la vida que prometí publicar en este blog. Pienso empezarlo estos días. No es una novela, ni un ensayo. Llamémosle entrada-de-blog-demasiado-larga-para-leerse-de-una.

Relato: El náufrago

Taller de Escritura narrativa, segunda clase. Llevo preparado mi relato a encargo, que es la peor forma de escribir. El profesor había dado estas pautas: un náufrago que vuelve a la civilización y se reencuentra con su amada. Después de comprobar que soy el único de la clase que ha seguido las pautas, leo mi participación con la voz temblorosa, termino y el profesor dice: "¿Eso es todo?". No, señor, podría ser más, pero usted me ha cortado cualquier libertad de creación. Esta es la estupidez de relato que he preparado para clase, siguiendo las órdenes que auguro ya que no volveré a respetar. Me irá mejor, visto lo visto.


EL NÁUFRAGO

            No es que la isla fuese enorme, es que él era la nada.

            En medio de un enorme océano de pensamientos, sujeto a una superficie de soledad, estaba él en su ensimismamiento. Él era nada, pero nada no significa minúsculo, ni ligero. Nada tampoco quiere decir andrajosa, siquiera apátrida. Nada quiere decir que él no estaba ahí, en la isla. De modo que la isla era todo lo que no era él.

            —Ten fe. Me gustaría poder ver tus ojos.

            Si alguna vez has estado perdido en el mar, y no me refiero a sobrevivir al naufragio de un transatlántico o caer con paracaídas de un avión, no, sino simplemente cuando la corriente te arrastra de la orilla y lo adviertes demasiado tarde, a ese “perdido” me refiero, si lo has vivido quizá sepas lo que se siente. Todo es agua tibia y salada, el cielo se confunde con la superficie y no hay ni rastro de los delfines salvadores que viste en las películas. Por haber no hay ni tiburones, lo cuál todavía te reportaría algún titular en los periódicos cuando encontrasen tus huesos, y tu máxima incertidumbre es saber si morirás ahogado, por el sol o de sed. Morir de sed en el océano siempre le da un sentido irónico a la vida, pero un sentido a fin de cuentas. Algunos mueren sin saber para qué han nacido.

            Nuestro hombre tuvo la fortuna de encontrar una isla. La llamó Cayo Penélope Cruz.

            —No te rindas. Muy pronto estarás aquí.

            Su isla era bastante decepcionante. Cuando uno le hace promesas a Dios jura conformarse con nada, pero ya hemos dicho que nada era precisamente lo que era él. Por eso no le produjo impresión ese montículo de arena, de dos por dos, ensombrecido por un humilde cocotero. No pudo dejar de preguntarse dónde estaban los monos mayordomos de la familia Robinson, pero acabó acostumbrándose. Era su único remedio.

            Día a día, semana a semana, pasó el tiempo en Cayo Penélope Cruz. Le cogió el gusto al coco, luego lo aborreció, más tarde volvió a disfrutarlo y acabó por vomitarlo sólo con acercárselo a la nariz. De vez en cuando recibía la visita de un pulpo, que se acercaba al amanecer y lograba huir sin ser cogido. Nuestro náufrago le llamó “Comida”, eso por si alguna vez se cumplían sus deseos. Nunca ocurrió.

            —Debes esforzarte por salir. Escuchar las voces de fuera. No te abandones, por favor. Eso sería tu fin.

            Pero por muy desgraciada que fuese su vida, por muy sólo que se sintiese, por mucha hambre que tuviese al caer el sol, jamás se planteó el suicidio. Aquello le escandalizaba. Podrían pensar que tenía que ver con unos principios cristianos, pero eso es absurdo: el hombre no creía en nada. Si rehuía el suicidio era por miedo a ser devorado por el pulpo, y aquello sí le provocaba arcadas. No sería el plato de ningún cefalópodo, se prometió. Estaba dispuesto a todo menos a que segregasen tinta con su carne, quizá una muerte digna de escritor, pero no la suya.

            —No puedes seguir así por más tiempo. Tienes toda una vida por delante.

            Esa voz de mujer, tan desconocida y a la vez familiar. Él le ha puesto rostro, y la imagina morena, esbelta, una anoréxica en potencia. No hay ni un gramo de mediocridad en su cuerpo. Le visita de vez en cuando, aunque no hace acto de presencia. Simplemente le susurra palabras de apoyo, como una ráfaga de viento en la isla, y él espera salir un día para conocerla. No tiene ni idea de quién puede ser. Pero la ama con toda su alma.

             

            Fue entonces cuando abrió los ojos.

           

            Un techo blanco. Una ventana cerrada, luz fuera, quién sabe, quizá es un patio interior. Basta levantar la cabeza para ver las paredes blancas, el armario blanco, la sábana blanca. No es el Cielo, es peor.

            —Por fin despiertas.

            El hombre mira a la mujer de la puerta. Es bajita y gorda, y por su rostro parece jovial. Se disponía a salir de la habitación cuando el paciente ha abierto los ojos.

            —Esto es el hospital —dice él, consternado.

            —Trabajo aquí, pero gracias por recordármelo. Llevas tres semanas en coma: ahora mismo llamo al doctor.

            De repente las imágenes se agolpan en su cabeza. Valencia. Dodie Smith. Blasco Ibáñez, con ese imponente Rectorado. Klaus and Kinski en el radiocassette. Sol. Pájaros. Coches. Uno más cerca que el resto. Y más. Cambia la canción. El coche ya está encima. La última pregunta es: “¿Habré cerrado el gas?”. Luego sólo hay oscuridad y después la isla.

            —Necesito verla —el hombre acaba de recordar, y le urge conocer a la mujer sirena. Está enamorado de ella.

            —No sé a quién se refiere. ¿Quiere que llame a alguien en especial?

            Cuando la enfermera se acerca, él advierte su hábito. Una cruz de madera baila al son de los pasos, chocando contra los dos senos. Aprieta a un botón de asistencia.

            —Me refiero a la mujer que venía a verme todos los días. ¿Sabe a quién me refiero?
            Pero la monja ríe divertida, e incluso el náufrago reconoce aterrado esa voz.

            —No hay recibido ninguna visita. Sólo espero que no hayas idealizado mi voz.

Y volví

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Necesitaba darme un atracón final de escribir y escribir, y fin, ya está, el primer borrador de JWG#1 está terminado.
Siempre pienso que voy a estar eufórico al terminar una novela (llamo "terminar una novela" al terminar el primer borrador, porque la versión final nunca sé cuando llega) pero luego estoy tan normal. Hoy me he permitido algún grito de felicidad, pasearme por la casa, buscar ingredientes para un brownie de celebración y contar las horas que faltan para poder llevarlo mañana a una tienda de reprografía.
Creo, honestamente, que es la mejor historia que he escrito. Lo cuál no significa que sea buena, ni que merezca la pena, ni mucho menos que se pueda publicar: significa que me gusta a mí, su autor, con toda la subjetividad de la que puedo pecar. He tardado casi seis años en escribir esta primera parte de seis y se notaba por la gran cantidad de papeles que tenía sobre la mesa, sobre todo al llegar al final. Creo que es un buen principio para la saga, y lo más importante: creo que es una buena historia por sí misma. Lo que he aprendido de las novelas anteriores es que no te puedes conformar con un arco argumental para la historia, sino que incluso los capítulos tienen que ser en cierto modo autoconclusivos. JWG estaba en mi cabeza desde mucho antes que las cuatro primeras novelas que terminé, pero he necesitado escribir todas ellas para poder enfrentarme a esta. Era algo por lo que tenía que pasar. He trabajado mucho, muchísimo, en sacar adelante esto. Y por eso me siento feliz. Ya habrá tiempo para las revisiones, que empezaré mañana, y para retocar ciertas tramas que tendré que cambiar de lugar. Pero por hoy ya está bien. Me merezco un premio. Ahora mismo me voy a cocinar un brownie. Ché, qué ganas tenía de volver al blog. Me quedo, prometido.

Opinión evolucionada

Voy camino de los dos años en este blog, y como no soy un cabeza-buque, todavía me permito cambiar en determinadas opiniones. Que sea de ideas fijas no significa que todas mis ideas lo estén: hay muchas ocasiones en las que si la oposición me convence, de verdad que lo hace. Lo que quiero es ser más crítico, no agilipollao.


Y noto que si hay un tema en el que mi opinión ha evolucionado desde el inicio de este blog es precisamente el aborto. A finales de 2007 me declaraba al margen, en Julio de 2008 ya me declaraba anti-abortista y en Octubre del mismo año ya hacía esta defensa apasionada de lo que yo considero vida. Una evolución justificada.

Es un tema tan sumamente complejo que ninguna entrada de blog sería suficiente. Cada vez estoy más convencido de lo que pienso, por más que escucho y leo opiniones de ambas partes, y aunque me siento un poco raro por ser un anti-abortista agnóstico sé que no soy el único que tiene esas ideas. Hablamos de vidas. Vidas humanas, vidas. No es un tema con el que me pueda quedar de brazos cruzados fingiendo que el mundo ya cambiará a su ritmo. Si de verdad creo en lo que digo, me veo en la santa obligación de convenceros. Y os juro que no recurriré a creaciones de Dios para defenderlo, palabrita del niño Jesús. Pero como no es un debate de Pepsi contra Coca-Cola, algo trivial en lo que da igual lo que opinemos, sino serio de verdad, voy a poner todo mi empeño y cerebro en mostraros mis argumentos. No me juzguéis de antemano, porque no usaré los mismos que la mayoría de personas. Y seguirán siendo argumentos, y de peso.
Tengo ideas al respecto. Como ya digo que una entrada de blog no es suficiente, pienso escribir más desarrollado y publicar el documento en este mismo espacio, para quien lo quiera descargar. No será un ensayo pero tampoco una novela. Ya lo veréis. Sólo quiero que por favor, os paréis a pensar en mis argumentos. Es un tema que me preocupa, cómo no me va a preocupar. Son vidas. No frivolicemos con ello. Putas vidas cochinas: si dices que tu vida vale lo mismo que la del presidente de los Estados Unidos, entonces no hay excusa para pensar que la de un no nacido vale menos.
Pero al tiempo. Tengo muchas páginas por delante. Y primero tengo que terminar la novela que estoy escribiendo, que se acerca peligrosamente al final. Sólo cinco capítulos y fin. Lo que vendrá después será para vosotros. Todo cuanto os pido es que abráis la mente.

El escritor aficionado

Te puede gustar el fútbol y jugar todos los sábados en el campo de tu barrio, sin que eso signifique que seas profesional. Te puede gustar la fotografía y tomar instantáneas a todo quisqui, y la gente lo ve como tan normal. Te puede gustar la cocina sin ser chef, te puede gustar dibujar sin ser ilustrador profesional, hasta puedes permitirte el lujo de tocar en una banda de música sin que nadie pretenda que te contrate una discográfica. ¿Por qué entonces nadie entienda que a algunos nos guste escribir, sin más pretensiones que eso? No sé quién decidió que la escritura no podía ser una afición, y que si no publicas eres un absoluto subnormal que podría catalogarse como inútil para las letras o como tipo raro que dedica su tiempo a algo tan estúpido como juntar palabras. A quien le gusta escribir, no sé por qué, se le presume una calidad literaria que en la mayoría de los casos no alcanza. Y por lo tanto, decepciona a quien se la presumen. No puedes ser un escritor aficionado: o publicas, o fracasas. Es como si fuese un arte que estuviese reservada exclusivamente para las glorias de las letras. Ni lo intentes, te dicen, eres un prepotente por insinuar que te gusta escribir. Y mientras ves sus rostros apenados ("¿y no tienes nada publicado?", como si fuese lo mismo que subir un video a YouTube) te entran impulsos de reprocharles que sean otros fracasados en sus aficiones, porque así lo ven ellos con lo tuyo. No juegues en el equipo de tu barrio, miserable, juega en primera división. ¿Que no puedes? Ah, me lo temía. Deja de freir croquetas: no tienes derecho a cocinar sin un par de estrellas Michelín. Y por favor, olvídate de pintar esos horribles cuadros de sirenas: sólo los compran las amigas de tu madre, y si fueses al Cotolengo descubrirías a dónde van a parar tus obras. Pero no. Al que le gusta escribir reprime. Relativamente. Observa, aguanta, y desde su humilde afición, tan justa como cualquier otra, publica la protesta en su blog. Que nos dejen ser simples aficionados, por favor. Yo qué sé si lo que escribo merece la pena: lo único seguro es que me gusta, y me llena, y que no lo cambiaría por nada. Pero no me hagáis sentirme mal por no llegar hasta vuestras estanterías. Tengo tanto derecho a tener una afición como cualquier otro. Y seguiré escribiendo hasta el fin de mis días. Quizá sea un cero a la izquierda, pero no por ello tengo menos derecho a escribir que los Premios Nobel. No es tan difícil de entender.


Posdata: JWG#1 va bien. Ya he pasado el ecuador. Sigo pensando la forma de celebrarlo cuando lo termine. Desde 2003 que trabajo en esta saga, y por primera vez un intento de escribir la primera parte va en serio. Y tanto que lo va. Escribir la última palabra de un primer borrador es de las mayores satisfacciones de mi vida. Aunque me deje los ojos y las neuronas en ello.

Ey y ediciones sangrientas

Mi vida era muy feliz mientras estaba inspirado, pero de repente, y sin avisar, se fue. ¿Te lo puedes creer? La musa se marchó, dejándome sólo con una novela sin terminar, y a las manos de Dios dejo todos los capítulos que quedan.

Luego volverá, tan caprichosa como es ella, pero aquí estoy yo, esperando, maldiciendo, y será tocar un libro de Derecho y volver a escribir.  Todo sea por distraerme.
En fin. Siempre es la misma historia. Espero que sólo dure unos días.

Siguiendo con mi antología de ediciones sangrientas de libros, incluyo dos defectos más que me ponen calentito: los libros donde el índice se incluye al principio (si no quiero saber cómo se titula el capítulo II sin haber leído el I, ¿cómo me va a interesar el XIII?) y los libros con prólogo, del autor o un tercero, que te habla como si ya hubieses leído la novela y te la destripa sin tapujos.

Relato: Navidad

Es en estas entradas cuando me gusta recibir más comentarios... estoy descansando de JWG#1, y me apetecía escribir algo completamente distinto. Sed críticos.


NAVIDAD
            Cuando te despiertas en mitad de la noche, y abres los ojos como platos, y no ves nada.
            No ves nada, pero sabes que hay alguien.
            Y que ese alguien sí te ve, de alguna forma, y que te tiene dominado.
            En ese momento te orinas encima, y el calor de la orina te recuerda que estás vivo, y que todavía no te ha matado. Tienes el interruptor de la luz al alcance de la mano, pero estás bloqueado. Se supone que eso sólo le ocurre a los ordenadores, que se bloquean y no avanzan ni hacia delante ni hacia atrás, pero espera a que te ocurra un día, que te despierte un ruido extraño en tu habitación, que estés indefenso y entonces, y sólo entonces, sabrás lo que es bloquearse de verdad. No tiene nada que ver con los exámenes orales.
            Estás en tu casa, en tu habitación, esa es tu cama y esa misma es tu vida. Y sin embargo no tienes ni idea de lo que ocurre. No tienes valor para encender la luz. No tienes valor para girar la cabeza cuarenta y cinco grados a la izquierda, y comprobar la hora. No tienes valor para hacer ni un solo movimiento, y rezas y ruegas que quien esté ahí cambie de planes y se marche, y te deje para siempre.
            Entonces, ese alguien hace su segundo movimiento, el que te confirma que está ahí. No es arbitrario, todo lo contrario. Sin tocarte, te ha convertido en su presa.
            De repente, el frío. Los dientes te castañean y tú aprietas las mandíbulas, aterrado, porque no quieres atraer la atención de ese alguien.
            Es inútil, y lo sabes. No te vas a librar tan rápido.
            Los dientes te castañean y mientras tú cierras la boca con todas tus fuerzas, es el cuerpo el que toma el relevo y sufre espasmos, y tú le llamarías frío pero en realidad es miedo, qué digo, es terror. Ya no te conformas con cerrar la mandíbula que también cierras los ojos, porque no quieres ver tu muerte. Tus dientes siguen resistiéndose al arresto y los músculos insisten en bailar. Ya no sólo no eres dueño de tu cuerpo y de tu vida, sino que para colmo se rebelan contra ti. Es el peor momento de tu vida.
            La luz se enciende. Lo percibes a través de los párpados, pero insistes en mantener los ojos cerrados. Entonces unos dedos secos y callosos los abren a la fuerza y tú, pequeño corderito humillado, ves de frente al peligro. Es peor que la peor de las pesadillas. Es el señor Rigault.
            —Estás hecho un cristo —bromea, y suelta unos párpados que se quedan quietos donde están. A él sí le hacen caso, por la cuenta que les trae.
            No sé cómo, pero te incorporas. Le ves, con su chaqueta gastada y barba gris, enmarañada, y esos ojos salientes que te miran de arriba abajo. No tiene ningún arma, ni escondida ni al descubierto. Y no por ello es menos peligroso.
            —Vístete, ahora. Tienes que salir.
            Tengo que decir algo del señor Rigault. Es el más anciano del edificio, pero sólo lleva ocho años viviendo aquí. Está en el 5C, y ninguno sabe si alquila, si es propietario o si sencillamente, ocupa. Nadie le pregunta, evidentemente, y tampoco es que el anterior dueño del piso gozase de muchas simpatías. El señor Rigault es un decadente, Decadente, igual que el resto de vecinos. Si alguna vez has comprado una lata de atún, o de aceitunas, o de melocotón (son básicamente mis tres productos básicos, mi pirámide alimenticia) advertirás el teléfono de atención al cliente. Este teléfono no existió hasta 1983, y fue gracias al señor Rigault. Demandó a una multinacional o algo por el estilo, y el caso es que la compensación económica le valió para vivir como un rey por un tiempo.
            Doy fe de que nunca hubiese sido tan pobre de no haber sido tan rico. Doña Carmen sabe cosas, y entre la leyenda negra de este viejo también se cuenta que mató a dos niños. No sé si será cierto, pero todos nos andamos con cuidado.
            El señor Rigault no se lleva bien con el resto de vecinos. A mí me roba el listín telefónico, pero a los del 5B les caga en la puerta. Sí, ya sé que lo de ellos es peor: por eso siempre dejo el listín a la vista, para que si tiene que robar a uno y cagar a otro, que a mí me toque lo primero.
            —No te lo voy a decir más veces, chaval. Tienes que salir ahora mismo.
            Obediente como un monaguillo, me pongo unos pantalones y un jersei. Para los pies me conformo con las zapatillas de ir por casa, y cuando el señor Rigault ve que ya estoy listo, se pone a andar. Yo le sigo, sin plantearme ni por un segundo la huida. Sólo pienso en la historia de los dos niños muertos.
            El hombre llega al rellano, donde esperan otros vecinos. Todos en pijama, ridículos, parecemos un catálogo de Alcampo de los ochenta. Raquel, que en los periódicos se vende como Vanessa Dos-mamadas-por-diez-euros-precios-de-crisis, ha renunciado a vestirse. ¿Para qué, si ya la hemos visto todos desnuda en el rellano, su oficina de trabajo? Eso es un poco culpa de la vecindad: desde que en la junta de verano le prohibiésemos la entrada a su chulo, ella tiene que trabajar en el portal para que él pueda vigilarla desde la calle. Yo he intentado terminar con la absurda restricción, pero siempre tiran mi propuesta.
            —Le hemos llamado, pero no respondía.
            Es doña Carmen quien habla. Me señala el timbre y, por si no me fiase, lo aprieta durante diez segundos eternos.
            —¿Lo ve? —Vuelve a apretar, por una milésima de segundo, y no sé por qué me recuerda a la última gota de después de mear. Supongo que porque sigo teniendo los calzoncillos mojados de mi propia orina.
            Doña Carmen tiene cincuenta años y luchó en la Guerra Civil. Haces cuentas y es imposible, de modo que miente con la edad o miente con la guerra. Ves su cara. Miente con la edad, definitivamente.
            Cuando digo que aquí sólo viven decadentes no miento. El señor Rigault, en cierto modo, es el cuadro menos raro de la galería. Doña Carmen es una analfabeta de tres al cuarto, que apoyó a Franco y hoy a Rajoy, pero que no vota porque dice que su marido, desde la ultratumba, desaprobaría que ella fuese a las urnas. “Y seguro que cambiaba mi voto, por Dios”, te suelta un día cualquiera en la escalera. “Como para jugársela por los muertos”. Doña Carmen, insistente cincuentona, está en nómina para una conocida cadena de televisión nacional como “testigo de sucesos”. Esto significa que si hay un tiroteo en La Paz, un caso de maltrato en Benimaclet o un botellón en Tres Cruces, allá va ella con la furgoneta de la empresa para dar su testimonio de vecina damnificada que conoce de primera mano la información. Por lo que dice, es un empleo muy habitual en los canales de noticias, que pierden menos tiempo así que buscando a los auténticos perjudicados. No gana mucho, pero teniendo en cuenta que recibe la pensión, supongo que cobra en negro. Ojalá utilizase el dinero para ir al dentista.
            —Que no va el timbre —insiste, cuando ya me he olvidado del tema, y vuelve a pulsarlo otra vez para desquicie de todo el vecindario.
            —Ya me he enterado, señora. No lo toque más veces.
            Doña Carmen se aparta ofendida, y me fijo en el resto de vecinos. Ahí estamos los del quinto y también del sexto. Veo al matrimonio Anguita, y la puerta del 5A está abierta tres centímetros, con el cerrojo puesto, así que imagino a don Cebrián al otro lado con su escopeta. Miro a Pepón, a quien considero el más cuerdo de todos los presentes. Él entiende que pido una explicación.
            —Es la Sole. Que dice que no quiere vivir.
            Doña Carmen chasquea la lengua, mientras que el señor Rigault pone los ojos en blanco. Luis y Fabiana, los Anguita, suspiran apenados, y Rodríguez dice algo así como “pobre mujer”. Raquel, mientras, se humedece los pezones con el dedo índice de la mano izquierda. La puerta del 5A se abre un centímetro más, y puedo ver a don Cebrián cayéndose de la silla para ver la escena con más detalle.
            La Sole, o Soledad García García (y así hasta siete Garcías seguidos, que aunque es un apellido muy común los suyos son todos de la misma familia de La Recueja) vive en el 5D y enviudó en la noche de bodas o algo así. Yo apenas me la he cruzado, y ya sabes que yo no soy de ponerme a hablar con desconocidos, pero doña Carmen cuenta que lo conoció por un chat y ahí mismo les casaron, sin haberse visto siquiera. El matrimonio carece de validez legal, aunque ella mantenga lo contrario, y el novio posiblemente siga vivo con cualquier otro nick, pero la Sole se lo tomó tan en serio que hasta tuvo un embarazo psicológico. Y en eso estamos, en el séptimo mes de gestación. El hijo de puta de Rodríguez dice que como el padre es un tipo del chat, la Sole va a parir un bebé emoticono. Fuera bromas, todos la damos (todavía hablo en presente) por virgen: ni sale de su casa, ni jamás entra a nadie. Sus relaciones empiezan y terminan en la web-cam.
            —¿Pero cuál es el problema? —pregunto—. Que alguien vaya con ella.
            —No nos abre —responde doña Carmen—. Y nos da miedo que se tome unas pastillas o algo y pierda el bebé.
            Voy a recordarle que el bebé es psicológico, algo que ella sabe muy bien, pero en ese momento oímos a la Sole gritar desde el interior de su casa y nos pone a todos en tensión. El señor Rigault, que hace unos minutos me tenía aterrado, es el primero en asustarse.
            —¡NO QUIERO AL NIÑO! ¡SERÍA UNA MIERDA DE MADRE!
            —No digas eso, mujer —dice Fabiana—. Seguro que le cuidas fenomenal.
            —¡MI HIJO NO TIENE PADRE! ¡NO TENGO NADA QUE DARLE!
            Noto que a Rodríguez le entra la risa floja y a mí, que se me pega enseguida, me dan ganas de cerrarle la boca. Intento bajar el tono cuando hablo a Fabiana, pero es que no puedo mantenerme callado ni un minuto más.
            —¿Pero qué haces? No le puedes convencer de que está embarazada. Eso no ayuda.
            —La Sole está al borde del suicidio. Si queremos salvarla, primero tenemos que convencerla de que será una buena madre.
            —¡No lo será! Ni siquiera está embarazada.
            —¿Qué quieres? ¿Que se quite la vida ahora mismo? Tenemos que entrar ahí dentro y quitarle esa idea de la cabeza.
            Fabiana y Luis son, además de compañeros de generación, transexuales. Fabiana era Carlos y Luis era Teresa. Se conocieron en el Programa de Intercambio de Sexos y un día decidieron cambiarse el pito por las tetas y no sé qué cosas más. Debía ser que no podían vivir muy lejos de sus órganos, que ahora comparten piso. Y lo más grotesco es que son pareja y se acuestan. Sí, con las mismas partes. Rodríguez dice que lo suyo es en verdad masturbación y que tiene un nombre técnico, pero nunca se acuerda de enseñarme el recorte del periódico en el que lo vio. Fabiana y Luis, además, lo mantienen en secreto y fingen ser un matrimonio idílico del Opus. Lástima que nosotros contemos con doña Carmen, que una vez trabajó como vecina de su antigua casa, justo antes de que les expulsasen del otro barrio por “raros”.
            —Tú deberías hacer algo —me dice el señor Rigault, y en su rostro hay mucha fe—. Se supone que te dedicas a esto.
            —Yo no me dedico a esto —respondo, malhumorado—. Yo soy notario.
            —Lo dice por lo que hacías antes —dice doña Carmen, muy convencida.
            Sé a lo que se refiere. Hasta hace seis meses me dedicaba a maquillar cadáveres en una funeraria, de modo que se me presume cierta experiencia con el ser humano. Me despidieron por algo muy absurdo: cuando trabajas diez horas seguidas poniendo rimel a abuelas y disimulando las heridas de motoristas, acabas descubriendo que cierto porcentaje de las fallecidas tenía la regla en el momento de morir. Por lo tanto, sabes que existe en el depósito otro tanto de fallecidas que murieron en el momento de ovular. Una vez le pregunté a mi compañera si sería posible dejar a embarazada a una muerta, post mortem, aunque el feto no fuese viable. En vez de responderme me denunció al superior y éste me despidió en el acto. No realizaron ninguna investigación, ni mucho menos me llevaron a las tribunales (eso hubiese sido un golpe para su negocio). Pero todavía creen, estoy seguro, que aprovechaba los descansos para violar a todas las muertas, especialmente a las que acababan de ovular. Mi pregunta no podía deberse a una curiosidad desmedida, no. Tenía que ser un depravado mental.
            Intento averiguar cuál será la relación de mi antiguo empleo con la Sole, pero justo en ese momento oímos un golpe sordo en el interior del 5D. Creemos que la chica ha muerto, que se ha desplomado consecuencia de una ingesta de pastillas o de un corte de venas, pero la realidad es muy distinta. Un grito desgarrador nos saca de dudas.
            —¡HE ROTO AGUAS! ¡QUE ALGUIEN ME AYUDE!
            —¿Pero que no estaba de siete meses? —pregunta Fabiana, que a cada palabra agita la nuez.
            —¡No está de nada! —protesto—. ¡Es un embarazo psicológico! ¡PSICOLÓGICO!
            —Voy a pedir una ambulancia —dice doña Carmen, subiendo al sexto—. Es lo que debería haber hecho desde el principio.
            Por primera vez miro la hora. Son las dos de la mañana, hora peninsular, pero el gobierno debería replantearse retrasar los relojes de nuestro edificio, sólo por concordancia con nuestro estado mental. La situación es un chiste, pero no es lo peor que nos ha pasado.
            —Yo podría asistir el parto —dice Rodríguez, y todos nos giramos a la vez para verle. Él sonríe y llama a la puerta. La Sole no responde, la Sole sólo grita. Si antes no tenía intenciones de abrir, ahora ni siquiera puede.
            Rodríguez es mi mejor amigo en el edificio, aunque todavía no me explico el porqué. Lleva toda la vida entre estas paredes y doña Carmen, que presume de saberlo todo, le odia porque él se escapa de sus conocimientos. Yo, de nuevo desconozco por qué, sí sé su historia.
            Rodríguez es escritor. Jamás ha escrito más de dos páginas seguidas, pero él insiste en que ese es su proyecto profesional. En su piso se amontonan folios que arruga al llegar a la quinta palabra, aunque en algún armario guardará sus manuscritos, porque los cuenta por decenas. Entre lo que sé por él y lo que conozco por terceras personas, esta es su historia: harto de no terminar (ni empezar) ninguna novela, empezó a proponer sus trabajos inconclusos a editoriales de prestigio. Pensaba que si le pedían el manuscrito, le vendría de golpe de inspiración y escribiría del tirón, pero lo cierto es que no le salió nada. O no tengo ideas, o no sé cómo plasmarlas, o no sé cómo plasmar las ideas que no tengo. Entonces se le ocurrió enviar a las editoriales los libros de otros autores, para probar suerte, y vio cómo le rechazaban uno por uno los grandes clásicos del siglo XX (esto no lo sé por él, pero un día encontré en una mesa de su casa todas las cartas). “Su novela no encaja en nuestro programa”, decían por Cien años de soledad. O “Los lectores no siguen con facilidad las historias corales. Le aconsejamos que siga practicando”, como respuesta a A sangre fría. Jane Eyre les parecía “aburrido” y El Aleph “poco comercial”.
            Lejos de amedrentarse, Rodríguez se tomó tan en serio este rechazo que acabó creyéndose el autor de todas esas historias, y es frecuente oírle decir que acaba de escribir La metamorfosis, Moby Dick o El retrato de Dorian Gray. Yo no le contradigo, sobre todo después de que me dedicase El Quijote, libro que dijo ocuparle dos semanas de aspirinas y cafés.
            Autor o no, Rodríguez está golpeando la puerta. Y en este preciso momento la acaba de tirar al suelo, provocando el grito de todos los presentes.
            —¿Dónde está la Sole? —pregunta alguien, mientras entramos al tropel.
            La Sole está tendida en el suelo, como era de esperar, y su mascota descansa a su lado.
            Su mascota es un cerdo, por cierto. Se llama Pochi y es la causa por la que la Sole y don Cebrían no se dirigen la palabra. Ella le roba las bandejas de comida que le trae la Seguridad Social para dárselas a su mascota, aunque sospecho que lo comparten todo. Cuando la Sole trajo a Pochi a casa todos creímos que iba a ser una de esas locas que “humaniza” al cerdo. Qué va: el cerdo “acerdizó” a la Sole. Pero no nos fijamos en Pochi, no ahora, porque tenemos a una parturienta psicológica a punto de parir o, dicho en términos médicos, de tirarse un pedo.
            —¡ME DUELE! ¡MATADLO! ¡MATADLO!
            Doña Carmen vuelve en ese preciso momento, y ha salido tan rápido de casa que no se ha percatado de que todavía tiene el teléfono fijo en la mano. La caja está en el suelo y el cable llega hasta el piso de arriba. Como sólo tiene ese en toda la casa, compró suficiente cable para moverlo desde el dormitorio hasta la cocina. Por lo visto, el electricista le puso unos cien metros de más.
            —Hay que asistirla. La ambulancia no llegará a tiempo.
            —¿A tiempo de qué? —protesto, pero Fabiana me hace callar. Cuánto se le nota la nuez, joder. Parece un huevo.
            —Necesitaremos toallas y agua caliente —dice la anciana, y Luis obedece al instante, yendo hacia el baño—. Y que alguien se lleve de aquí al cerdo, por favor. Esto es un parto.
            Gracias a que tiene collar, puedo arrastrar a Pochi hasta un rincón del recibidor. El condenado se resiste, e incluso me intenta morder, pero le ahoga el cuello y no le queda más remedio que seguirme. De vuelta a la puerta, me encuentro con los mismos de antes y don Cebrián, que ha salido de su casa. Trae la escopeta, por si acaso. Nunca se sabe si los maquis siguen sueltos.
            —¿Quién tiene experiencia con esto? —pregunto, y entiendo que todos están tan en blanco como yo. Doña Carmen no hace sino repetir lo que ha visto en las películas. De un momento a otro se le ocurre poner Hospital Central en el televisor.
            —Yo he estado embarazada muchas veces —sale Raquel, alias Vanessa.
            —Sí, pero necesitamos a alguien que haya parido alguna vez —replica Fabiana enfadada, y noto cierta envidia en su comentario—. La Sole ya no está para tomarse la píldora del día después.
            —Un aborto no puede ser tan distinto de un parto —se defiende Raquel, que ya ha conseguido dar forma a sus pezones—. Todo acaba en echarlo.
            Nuestra vecina más internacional se agacha para asistir a la Sole, pero doña Carmen le aparta al instante. Pepón se pone a su lado, para ayudarla. El resto nos conformamos con mirar.
            —¡NO QUIERO TENERLO! —protesta la Sole—. ¡ES UN MONSTRUO!
            —Cállate, mujer, que seguro que es muy mono.
            —¡Pero que no está embarazada! —le recrimina Pepón, todavía lúcido.
            ¡Sí! ¡Todavía queda alguien con sentido común!
            —¡QUIERO MORIR!
            En verdad, Pepón es el más idóneo para asistir el parto. Trabaja en un hospital, aunque sea de oficinista. Le encanta cambiar los historiales de sitio, y desde hace años es el encargado de anunciar los fallecimientos a los familiares. “Dicen que se me da bien, pero la verdad es que me gusta ver sus rostros desencajados”. El día del 11M pidió permiso para ir de refuerzo a Madrid, aunque gracias a Dios le rechazaron. Necesitaban médicos y enfermeros, no oficinistas. Pepón, además, se dedica a hacer llamadas de madrugada. Adopta su tono más grave, se aguanta la risa y le dice al primero que descuelga: “Lo lamento, pero su hermano ha fallecido”. Alguna vez le han dicho que es un error, que son hijos únicos, y entonces dice: “Lamento la confusión. Debe tratarse de su padre”. Reconozco que me hace gracia, pero sólo porque levanta las cejas de una forma muy divertidas. Porque ¿quién va a verle las cejas si está hablando por teléfono?
            Y ahí está Pepón, ayudando a doña Carmen, mientras que el resto nos preguntamos en qué momento se acaba la farsa. Ha dilatado, vaya que sí. Estoy a punto de volverme a la cama cuando la vieja pega un grito que nos vuelve a todos:
            —¡YA LA VEO! ¡LA CABEZA!
            Mientras que la Sole insiste en que lo matemos, y después la matemos a ella, o al revés, pero que matemos a los dos, todos corremos a ver lo que sale entre sus piernas.
            —No es la cabeza, tiene que ser el culo —corrige doña Carmen, pero ninguno le recrimina el fallo. Porque de verdad que está saliendo algo, que eso que vemos es un culo, y que nunca creí que un órgano tuviese tanta flexibilidad.
            La Sole hace un último esfuerzo, y la criatura sale de una. Doña Carmen lo envuelve en toallas y todos lo miramos primero, y después a la madre. Volvemos a mirarlo. Miramos a la madre. Y volvemos a mirarlo, atónitos. Es un cerdito.
            Pochi, en un rincón del recibidor, chilla de satisfacción. Corre a ver a su hijo, y la Sole llora desconsolada. Pero sus lágrimas se paran en seco, porque don Cebrián, sentado en su silla, levanta la escopeta, apunta al bulto y dispara.
            —Ya tenemos cena de Navidad, joder.