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No es que «Friends» no vuelva

Pertenezco a la (multitudinaria) generación Friends. Recuerdo ver los capítulos a mediodía, en una televisión minúscula, y discutir con mis hermanos sobre quién era el más insoportable del grupo (la incógnita se reducía a Phoebe o Joey. Yo apostaba por este). También recuerdo las noches de los domingos, cuando Canal+ estrenaba episodios nuevos y nos tragábamos los especiales previos, porque hace nueve años la idea de descargar series por Internet era inimaginable y apenas existían comunidades fans con las que intercambiar espóilers. Todavía descargábamos la música con Napster, con eso lo digo todo. Y recuerdo la emoción del episodio doble final, cuando conocimos el desenlace de cada uno, y la sensación de nostalgia absoluta en el momento en que los personajes dejaron las llaves de la casa principal en la encimera y abandonaban uno a uno el decorado más famoso que ha dado una serie de televisión. Aún hoy, casi una década después, se me ponen los pelos de punta al recordar el barrido a cámara lenta del salón vacío, para siempre, porque Friends no iba a ser Friends nunca más. Supongo que una de las virtudes del guión, además de ser muy divertido, es que nos metió en la ficción y los hicimos nuestros amigos.
Con un producto tan redondo que terminó más por cuestiones presupuestarias (¡y sin efectos especiales! Pura nómina de reparto) que de audiencia, es normal que no paren de salir rumores para el regreso. Con el décimo aniversario a la vuelta de la esquina se multiplican, y los creadores no quieren jugar a la doble decepción. Por eso sale Marta Kauffman (¿cuántas veces vimos su nombre en los créditos?), cocreadora de la serie, y desmiente que vayan a volver. Pero las declaraciones de Kauffman no terminan ahí, sino que van más lejos cuando explica: «Friends era sobre una época de tu vida en la que tus amigos son tu familia, y cuando después formas una familia, ya no hay necesidad». No es que los chicos de Friends no vuelvan, sino que para la creadora, prácticamente han dejado de existir como tal.
Las palabras de Kauffman llevan días dando vueltas a mi cabeza. De pronto me he descubierto siendo mucho más fan de la serie de lo que creía (estaba en la media de la Escala Fan) y preocupado por replicar a una verdad dolorosa: cuando creas una familia, renuncias a tu vida anterior.
Me preguntaba qué habría sido de Chandler, Monica, Rachel, Ross, Phoebe y Joey. ¿Se verían con los niños corriendo debajo de la mesa? ¿Sus conversaciones se transformarían en aburridos intercambios sobre pañales y vacunas, o mantendrían su esencia sin renunciar a la paternidad? ¿Seguirían siendo amigos, en resumen, o se transformarían en simples colegas que se reúnen de tanto en tanto, como en un aniversario de graduación?
Seguí pensándolo y comprendí que los destinos de los personajes de ficción no me importaban tanto. Estaría bien saber qué ocurrió diez años después, no lo niego, pero me da exactamente igual. Lo que me ha hecho pensar durante toda la semana es la declaración de la creadora y asumir esa losa en mi vida. En la de todos. En la de los que todavía estamos en esa juventud en la que los amigos son vitales, y que imaginamos que lo serán por siempre jamás. Muchos nos criamos con una idealización de la amistad alimentada por Friends, y ¡oye! no nos ha ido tan mal. La vida demuestra que se puede, que da igual la distancia o el tiempo, que tus amigos están ahí. Por eso, cuando Friends esa una figura tan idealista de la amistad, que la creadora te diga que se-acabó te cae como una jarra de agua fría. Y te lleva a preguntar: «¿Me ocurrirá a mí también? ¿Se acabará cuando crezcamos y formemos nuestras propias familias?».
Nunca sabes las vueltas que da la vida. Ni cuál es la experiencia de Kauffman para llegar a esa conclusión. Quizá sus amigos no eran tan buenos como los de su serie. O quizá dentro de quince años, cuando pase el tiempo, reciba una llamada y retoma una amistad que nunca debió abandonar. Quién sabe: quizá nos espera una madurez aburridísima, o distinta con sus virtudes y defectos, y recordemos esta época de nuestra vida, con amigos tan valiosos, como algo que fue bonito mientras duró. Pero no me lo creo. Prefiero pensar que nuestra historia de amistad no terminará aquí. Que nuestros hijos no sustituirán a nadie y serán nuevos personajes de nuestras vidas, fichajes de temporada (que se quedan para siempre). Si no, que me expliquen el «I'll be there for you».

La muerte de Maude Flanders o el «statu quo» que se rompe

«Esta saga de libros ¿puede leerse al azar o hay que hacerlo de principio a fin?»
La pregunta se extiende a las series de televisión, cómics y demás, y no es ninguna tontería. Aunque ninguna tienda o catálogo las distingue en su distribución de secciones, lo cierto es que hay historias que no exigen ningún conocimiento anterior cuando uno las empieza por la mitad, y otras en las que si no se empieza por el principio, uno no entiende nada y acaba aburriéndose.
No se puede empezar Perdidos por la última temporada ni Harry Potter por el libro seis. Sí, sus autores han contado una historia concreta en cada entrega, pero dependen de un hilo argumental general que carga con la principal carga emotiva de la serie. Con cada final de episodio, los protagonistas se encuentran en un punto diferente a cuando comenzaron.
Eso no es un problema para las series (sea cual sea su medio, desde libro hasta televisión) donde prima el statu quo, es decir: donde al terminar el capítulo, todo vuelve a la normalidad inicial. Esto no sólo es posible, sino también muy habitual: es lo que ocurre con Los Simpson, Mortadelo y Filemón, C.S.I. y gran cantidad de éxitos contemporáneos. El arco argumental general se sacrifica por una trama diferente en cada capítulo, ya sean treinta minutos de televisión o un número de tebeo. Puede que los Simpson viajen muy lejos, pero volverán al 742 de Evergreen Terrace antes de que aparezcan los créditos. Da igual si Homer cambia de trabajo, Bart se mete en problema o Marge se desmadra: todo vuelve a la normalidad, al statu quo, antes del próximo episodio. Lo mismo sucede en muchas otras producciones de éxito.
Sin embargo, hasta los más tradicionales pueden romper la normalidad alguna vez, y que su statu quo se rompa en vistas a los próximos episodios. No siempre logran recuperar el estado normal, aunque los guionistas recurran muy pocas veces a ello. Hasta los Simpson han sufrido experiencias que han afectado a temporadas posteriores, y son unas cuantas: la muerte de la mujer de Ned Flanders, Maude, es un ejemplo de ello. También el romance entre el director Skinner y la señorita Krabappel o la conversión de Lisa al budismo, por citar unos ejemplos. ¿Se te ocurren más ejemplos?
También C.S.I. (en todas sus versiones) rompe en ocasiones la escala de crímenes para introducir romances entre los personajes que cambian la impresión «aleatoria» de la serie, y lo mismo ocurre con casi todas las historias que hacen del statu quo su bandera, un remedio para contrarrestar unos personajes que a veces resultan demasiado planos a fuerza de regresar siempre al estado anterior y fidelizar al público que las sigue desde el comienzo. Algunos siempre preferiremos las historias donde nada permanece, pero ¿no tiene su encanto volver siempre al principio y, más aún, romperlo en alguna ocasión especial? Mi mala memoria me impide recordar otras rupturas del statu quo de Los Simpson y otras series, pero seguro que se te ocurren a ti. Recojamos entre todos esos momentos en que los guionistas rompieron su propia norma. Esta vez sí te toca comentar.

La telebasura que devoro

Apenas tengo tiempo para la televisión, y sólo la enciendo para tres programas: el espacio de debate político de Las mañanas de Cuatro, el dedicado a literatura Página 2 y Sálvame, el esperpento nacional. Una selección muy rigurosa, sí señor.
Por eso me he sorprendido a mí mismo al engancharme a un nuevo programa, el reality show Alaska y Mario, que sigue durante ocho capítulos los preparativos de la boda más kitch desde Farruquito. Me he sorprendido o no, porque el programa prometía desde el mismo día que lo anunciaron. Lo he seguido semana a semana y casi lloro con el sí, quiero. Y joper*, lo he pasado mal por no poder comentarlo con nadie, así que sentíos libres, si lo habéis visto, de decir lo que os ha parecido en los comentarios. Todavía estáis a tiempo de verlo online. Si Dios hizo el hombre a su imagen y semejanza, y la tele es nuestro reflejo, Alaska y Mario (y Sálvame) es Dios.

*A. me llamó el otro día por teléfono para decirme que desde que vivo en Madrid digo muchas más palabrotas en el blog. Un caballero como yo no puede escuchar eso sin avergonzarse.

Una serie del 11M

Tenía que ocurrir, lo que no esperaba es que fuese tan pronto.
Yo, que viví el 11 de marzo de 2004 tan lejos del epicentro como Valencia, que no tuve que sufrir la tensión de que los míos respondiesen al teléfono, que ni siquiera tenía edad para hacer cola y donar sangre, no estoy preparado para una serie (ni película, ni miniserie) del atentado, así que no quiero imaginar los que lo sufrieron de mucho más cerca que yo.
No es como el 11S, o el maremoto de Asia, ni tan siquiera el tan reciente terremoto de Japón. Todo eso, pese a su proximidad en el tiempo, se contrapone con una gran brecha de distancia en el espacio. Los dramas de los otros son de los otros, y yo apenas los veo como acontecimientos históricos. Murieron miles o millones, pero en el prisma que supone el sofá frente a la televisión no hay tanta diferencia con las guerras napoleónicas o la segunda guerra mundial. Sí, lo vemos en vivo porque contamos con los medios, pero el sufrimiento queda reservado a la esfera televisiva de tal forma que difícilmente afecta a nuestro ánimo al salir a comprar el pan. Con el 11M, sin embargo, el dolor es cercano y la herida sigue abierta, es nuestro drama. El atentado no puede funcionar como una obra de semificción porque jamás la hemos sacado de nuestra esfera personal. No podemos engañarnos a nosotros de semejante forma. Es como pedirle a la duquesa de Alba o la Pantoja que se tomen en serio las series que hacen de ellas.
Preferiría que no hiciesen una serie del 11M, al menos hasta que llegue una nueva hornada de telespectadores que no lo vivieron en absoluto, pero no es algo que se pueda prohibir. Lo único, cambiar de canal o apagar la tele quien no quiera verlo. Lo que me resulta sorprendente es que exista alguien que lo quiera ver. Con una vez en la vida, creo que ya tengo bastante.

Puestos a hacer cuotas para mujeres

A Zapatero le gustaría pasar a la Historia como el presidente de la igualdad, y nadie le negará el acierto en un puñado de leyes. En otras, por desgracia, más merece una medalla por populista. Una de esas perlas es, sin lugar a dudas, la ley que obliga a un mínimo del cuarenta por cien de un sexo dentro de las empresas. Y mientras hacemos la ola porque la ley no obliga sólo a que el mínimo sea de mujeres y no de hombres (una igualdad que Zapatero olvidó en la ley de violencia de género, cuando dejó al margen a hombres maltratados, a la par que a todas las parejas homosexuales), no podemos olvidarnos de los y las que se quedan sin trabajo por culpa de esta política. Personas más capacitadas que sus contrincantes pero con el único delito de no ser del sexo que la empresa necesita para cubrir la cuota.
Harto de este gobierno intervencionista, me pregunto por qué no ha seguido adelante con sus delirios de cuotas. Hay muchos más campos donde se puede intervenir, campos donde hace más falta y se comete menos daño. Si las autoridades me pueden decir a mí que el próximo contratado en mi empresa tiene que ser un hombre o una mujer, cuando puede no coincidir con mi mejor candidato, no entiendo por qué no atacan el principal pilar de comunicación: la publicidad. Si con estas leyes, lo que se pretende es dar visibilidad a un sexo donde antes no se reconocía, ¿por qué no imponer cuotas en la visibilidad misma?
No sé vosotros, pero yo estoy un poco harto de que los anuncios de limpieza los protagonicen siempre mujeres y los de coches, los hombres. Y a riesgo de equivocarme, imagino que esto tiene mucho que ver con el miedo de las empresas a ser "las primeras en cambiar"y que las ventas caigan en picado. Seguro que no faltan los publicistas deseosos de cambiar las tornas, pero el miedo a un fracaso comercial los detiene. ¿No sería más lógico, puestos a trabajar con cuotas, que estas rompiesen con la imagen sexista de la publicidad y pusiese a todos los anunciantes en igualdad de condiciones? Si los hombres y las mujeres consumen mayoritariamente los mismos productos, ¿por qué la publicidad sigue comportándose como si nada hubiese cambiado?
Con lo poco que me gustan las cuotas, no se me ocurre un mejor uso que éste. Que dejen de preocuparse por cuántos hombres y mujeres hay en cada empresa, donde lo que importa es su capacidad profesional, y que cuiden un poco más la imagen sexista que da la publicidad, donde los hombres no saben lo que es una fregona y las mujeres no tienen ni idea de conducir. Un campo con mucha difusión y donde en verdad, no hay perjuicio por las cuotas. El beneficio está claro. Si tiene que existir la cuota, que sea en algo como esto.

Que retiren Los Simpson

Recuerdo el boom de Los Simpson en España. Yo era muy pequeño y mis padres discutían sobre si se trataba de una serie infantil o no, pero el hecho de tener hermanos mayores hizo que la balanza se volcase a su favor. Al principio me gustaba: Homer me parecía un imbécil sin gracia y Bart el típico payaso, pero tenía suficiente con el resto del reparto. Hoy, por desgracia, siento que he visto demasiado.
No es que me afecte la ley de Murphy de las series. Más bien, que Antena 3 y Fox han repetido tantas veces los capítulos -porque hay público que los ve, no culpemos a las cadenas- que han llegado a hartarme. No les doy ni tres segundos de tiempo. Incluso si se trata de un capítulo nuevo (y hay muchos nuevos para mí, porque hace años que dejé de verla) prefiero tragarme anuncios de detergente que ver cómo hacen lo mismo una y otra vez. No sólo se repiten los capítulos: es que en cada nueva entrega, los personajes pecan de hacer exactamente lo mismo. Es su juego, sí, pero yo no participo.
Supongo que el día que dejen de emitirse -ese día llegará. Todo llega, aunque nadie lo crea- se repasará su contribución cultural. Es imposible vivir en el siglo XXI sin hacer algo que recuerde a nosequé episodio de Los Simpson, sin que esto te recuerde a la vez que Lisa tal, o sobrevivir a una noche de fiesta sin que alguien te cite una frase de la serie (y qué frases. Me quito el sombrero, pero nada más). Incluso los que no la vemos, sentimos su presencia constante. Yo vivo con miedo a que me obliguen a dejar Los Simpson en un momento de zapping, y si fui a ver la película, fue sólo por no sufrir una exclusión social digna del apartheid. Si no pido en serio que retiren la serie no es porque me guste, sino porque temo una crisis humanitaria mundial. Pero los de mi calaña ya saboreamos el momento. Sabemos, con una seguridad que da miedo, que Padre de familia es mucho mejor. Más absurda, más guarra y en ocasiones estirada hasta el insulto, pero mucho mejor. Si Padre de familia estuviese a mediodía en vez de Los Simpson, los lunes se recibirían con clamor popular. Pero no, seguiremos soportando a los de Groening por más tiempo. Mientras no nos metan Padre made in USA, sobreviviré. Eso sí que es morir.

Tres entradas en una (de política, tele y felicidad)

Quedan diez entradas para alcanzar la número mil y quiero daros tiempo para que participéis en el proyecto. Por eso voy a condensar tres asuntos distintos en una misma entrada. Por eso y porque no quiero escribir artículos como quien dispara con metralleta.

El primero es una protesta. He llegado a la conclusión (posiblemente más tarde que la mayoría, mucho más lista y analítica) de que cuando en un debate con dos frentes alguien argumenta algo parecido a "¡es una vergüenza que se dediquen a esto con todo lo que hay que hacer!", es básicamente porque el comentarista no tiene argumentos en contra. Esa frase, reordénese al gusto, la oímos a diario.
Sí, es posible que la prensa dedique más tiempo a asuntos triviales que a los que de verdad importan, pero en política, existen organismos y comisiones para todo. De modo que nadie se escandalice: los que se ocupan de esas, llamémoslas, leyes tontas, no son los mismos que se dedican a las que consideramos importantes. No hay que preocuparse, porque las comisiones de asuntos de máxima importancia seguirán dedicándose a asuntos de máxima importancia. Terminemos ya con ese argumento estúpido y atrevámonos a expresar nuestros auténticos prejuicios contra las reformas. Lo de las prioridades es una soberana gilipollez, la de quien no tiene más que su cabecita retrógrada para justificarse. ¿Qué sería del país sin esas pequeñas reformas? Si sólo se pudiesen hacer las grandes, estaríamos perdidos.

El segundo asunto es que ya tengo TDT, o televisión terrícola, como la llamé durante más de un año. He estado feliz sin ella durante medio año. Ahora alucino con la cantidad de canales que existen (¿LaSexta 3? No sabía ni que hubiese una segunda. O Butaca Latina, los canales de tele-venta, los del tarot... ¡qué mundo por descubrir!). Lo peor ha sido descubrir ciertos programas de auténtica telebasura aburrida: me animan a abandonar España (por los de Neox) pero ya sé a dónde no tengo que ir (esos Estados Unidos de MTV. Mi último recuerdo de la cadena era con música. No sé qué ha pasado desde la última vez). En fin: que para lo visto, mejor apagar el trasto y leer un libro. Qué pocas cosas interesantes que ver.

El tercero es una simple reflexión sobre la felicidad, a la que he dedicado tantos pensamientos. Hoy (que ya veremos mañana) respiro tranquilo pese a no ser feliz. Puedo decir que lo fui alguna vez, y eso debería sacarme por lo menos una sonrisa. Los hay que nunca la conocieron. Es una falta de consideración con ellos no ser ni un poquito agradecido con las felicidades pasadas.

Sexo en Nueva York

Acabo de terminar de ver las seis temporadas de Sexo en Nueva York, que gracias a mi buena dosificación me han durado casi cuatro meses, y vaya, estoy un poco en ese estado en el que nos quedamos todos cuando termina una serie que nos gusta (nada que ver el fin de Perdidos, cuando mi estado se paseaba entre la indiferencia y la indignación). La serie de las cuatro neoyorquinas me ha parecido sobresaliente, con cuatro personajes apasionantes, y lo que más me ha gustado (como cabía de esperar, porque siempre es mi trama favorita), la fuerte amistad entre ellas. El tema de la amistad es mi favorito en cualquier serie o película.
No se puede tener un mínimo de cultura de televisión e ignorar Sexo en Nueva York. Sin embargo, mis prejuicios la clasificaban como una historia hembrista, exclusiva para público femenino, con el sexo como principio y final y nada más con lo que entretenernos. Me equivocaba: Sexo en Nueva York es una serie protagonizada por cuatro mujeres, sí, pero cuatro mujeres que quieren aspirar a lo máximo -y lo pueden conseguir- en un mundo donde los hombres, admitámoslo, hemos gobernado sin su permiso durante demasiado tiempo. La justa igualdad a la que nadie puede decir ni pío, vamos, y en cuanto al sexo, es un tema tratado con comicidad y sin -casi- vulgarismos,  igual que las relaciones, tan importantes a lo largo de las seis temporadas. Tanto las relaciones entre ellas como con sus parejas están cuidadas al detalle. Uno puede emocionarse con los avances sin necesidad de ser mujer. Solamente es una historia humana.
Reconozco que la segunda mitad de la última temporada me ha tenido con los ojos húmedos todo el tiempo, pero es que ya veía el final. Los dos episodios del desenlace, sin embargo, tenían los guiones más flojos de toda la serie, lo cuál es para enviar a los guionistas al cuartelillo, porque una serie así no se merece unos diálogos tan insulsos, aunque la historia siguiese siendo buena. Un poco de espóilers: detestaba el personaje del ruso y lamento que haya salido tantos episodios. Tampoco entiendo el final de Samantha, es innecesario (y su pareja sólo podía aspirar a un cameo. Su interpretación durante taaaantos episodios empaña todo el final. ¿A quién se le ocurrió? Todo lo que lo rodea es un error). Sin embargo, me encantó el final de Miranda, Carrie y Charlotte. Después de tantos episodios, uno no puede evitar empatizar con sus finales y emocionarse como si estuviese en la misma mesa de su café de Nueva York.
Qué lástima que la serie haya terminado. Las películas ya las veré, pero con la serie he cerrado un círculo. Ahora tendré que buscar otra serie que me enganche, a poder ser de no más de veinticinco minutos el capítulo, y situarla en mi parnaso televisivo personal. ¿Alguna sugerencia para empezar?

La mujer liberada

En una conocida serie de televisión, dos protagonistas femeninas discuten porque una deja su trabajo para dedicarse a su matrimonio y futuros hijos. La otra (y yo) no lo podía soportar.
Resulta muy fácil apasionarse con estos asuntos. Algunos, que hemos llegado cuando la liberación ya es real y sólo quedan unos pocos escollos siniestros, nos indignamos cuando descubrimos mujeres que hacen caso omiso a la sociedad actual y se entregan a proyectos familiares a nuestro juicio anticuados y machistas. Nunca vemos hombres que dejan el trabajo para dedicarse a las labores del hogar, pero estamos hartos de ver mujeres, en el supermercado, la calle o la cafetería, encantadas de haber abandonado todos sus proyectos profesionales con la excusa del me-acabo-de-casar. Es para darse de golpes contra las paredes.
Pero entonces, la protagonista femenina número dos, la recién casada, le daba a la número uno un racionamiento al que no podías contestar. Y yo me quedaba boquiabierto, sin respuesta ni contraargumentos, en el sofá de mi salón. Defendía su decisión de esta forma: "La liberación de la mujer no consiste en que todas tengamos que trabajar, sino que cada una puede decidir libremente lo que quiere hacer con su vida, sea lo que sea". Yo no sabría qué responder. La libertad tiene eso, que no admite réplica.

Mi vida sin televisión

Desde que me pilló el apagón, sólo he visto la televisión en casas de amigos, lo que se reducirá a treinta minutos (tirando a lo alto) en los últimos meses. La tdt se ha instalado en la vida de todos menos la mía: ni sé de qué van los "fanáticos de Intereconomía", ni puedo ver el cocodrilo-aprende-modales del Disney Channel, por más que me dicen que está hecho para mí (o por mí). A veces oigo canales que ni me suenan, y cuando leo noticias televisivas en la prensa me sorprendo de lo profunda que es mi desconexión audiovisual. No me ha supuesto gran drama, la verdad; nunca he sido un gran consumidor de televisión. Pero a veces la echo en falta, lo admito. No tengo esa aversión cultureta contra la caja tonta. Me encantaban los telediarios (especialmente el de laSexta, aunque era una cuestión de horario y no de afinidad), adoraba las tertulias políticas de Cuatro y también era fan de Sálvame (además de Salvados, aunque no tienen nada que ver). Supe que llevo demasiado tiempo sin tele cuando el otro día, en medio de un sueño, tuve una invitada especial. Era Belén Esteban.
El sueño era raro, lo reconozco. Había una historia extrañísima de secuestros, y al final mi única escapatoria era refugiarme en la casa de la co-presentadora de Sálvame. La chica era maja, lo admito, aunque se fue pronto a dormir (y me dejó ahí, mirando la ventana, preocupado por si venía el secuestrador). No sé si era San Blas u otro barrio, es igual. Lo que me queda claro es que era un llamamiento de mi subconsciente para que volviese a ver televisión.
Quizá en un futuro. No creo que sea verdad eso de que no hay nada que merezca la pena ver. Tampoco tengo la sensación de aprovechar mejor el tiempo: cuando uno lo quiere perder, lo hace de cualquier manera. Sin embargo, últimamente veo mucho cine. Cosas de que la tele sólo sirva para el dvd. Muchas pelis. Y sin los anuncios de la tdt.

Por qué la final de PERDIDOS me pareció un engaño al espectador [ESPÓILERS]

Terminó Perdidos y los espóilers, y tras una semana agitada, digo yo que volveremos a continuar con nuestras vidas y ya no oiremos ni una vez más el ¿Lo has visto? al entrar al autobús o en la cafetería. Que los losties hagan lo que les plazca. Que digan que no hemos entendido el final si así se quedan contentos.
No soy un fan perdido de la serie. De hecho, ni siquiera me considero fan. Mi perfil como espectador es el del que puede leer el periódico a la vez que ve el episodio (o lo oye de fondo) y que perdió el interés por la serie cuando Dharma dejó de ser clave. Fue moverse la isla y decir "esto ya no es para mí". Las dos últimas temporadas han significado para mí más suplicio que placer. Suplicio del tipo dos-horas-de-cola-en-la-Seguridad-Social, no os llevéis a engaño. Nada de suplicio del tipo oh-qué-gran-serie-no-puedo-creer-que-se-acabe. Pero lo que no es justo es que se nos trate de inferiores a los que creemos que los guionistas son mediocres, porque definitivamente lo son.
Me explico: de Perdidos me enganchó su isla surrealista, ese pedazo en el mar donde podías cruzarte con un oso polar y en el que unos números se repetían aquí y allá sin dar más razones. Me gustaba el Ben que conocía la vida pasada de los visitantes, lejos de ser un náufrago desconectado de la realidad, y los personajes que vivían presos de sus propios pasados. Era una serie que aparentaba tener un rigor, porque por un tiempo dieron respuestas. Vimos lo que había bajo la escotilla; conocimos el hogar de los Otros; incluso descubrimos los orígenes de Dharma. Y en un momento dado, cuando el rayo de la lucidez sacudió a los guionistas, la isla viajó de un sitio a otro y comenzó la mediocridad. No del todo, sin embargo: vimos cómo algunos personajes regresaban al exterior para volver tiempo después. Lo que sucedía en los setenta tampoco estaba del todo mal. Pero vaya, ya empezaba a oler a chamuscado.
La última temporada, esa en la que los fans, lo reconozcan o no, confiaban en tener respuestas a todos sus enigmas (o por lo menos a un 5%) ha sido un despropósito argumental que me ha provocado carcajadas de verdad por momentos. No sé con cuál me quedo: si con la coreana olvidando el inglés (en una subtrama argumental que no aportó nada a la historia, nada, salvo un poco cutrerío extra a un final ya de por sí demencial), con las dos realidades, dentro y fuera, de los protagonistas (que hubiese sido interesante si consistiese en cómo sigue su vida de no estrellarse el avión, pero no. Ellos tenían que modificar también los eventos de antes, así que dime tú para qué hizo eso Juliet, si las cosas ya fueron de otra manera desde mucho antes), el Locke malote o el lío de Jacob y su hermano gemelo (otra prueba de la falta de capacidad de los guionistas para crear nuevos misterios, es que hicieron del nombre de él un nuevo enigma. A mí me tenía intrigadísimo, vamos. Su nombre escondía el futuro de la humanidad por lo menos). Podría seguir, pero no voy a ser cruel. Me he reído cuando no tocaba reírse. Si fuese el padre de uno de los guionistas, esta temporada lo hubiese dejado sin cenar.
Pero eso no significa que no me haya reservado mis minutejos para apartarme en una esquina, bajar la frente y teorizar. Por supuesto que lo he hecho, aunque no ha sido exactamente de lo que estaba por pasar. O sí, pero no con la serie, sino con los fans, esos que ya no son seguidores, sino que han hecho del programa un culto digno de fe. Son creyentes. No juzgan el final, lo creen y punto. Lo creen como mi abuela se toma en serio las revelaciones de Fátima o el Misterio de la Santísima Trinidad. No se juzga: se cree y punto. Y cuídate de dudar.
Ellos dirán que el final está perfecto, o que no está del todo mal, pero si yo lo critico no es porque no haya satisfecho mis expectativas: es que me parece un fraude argumental. Y doy razones: es un engaño porque cualquier serie o película del mundo puede terminar así. La que quieras. Muy parecido fue El sexto sentido y Los Serrano por ahí fue (oh, sacrilegio, ésta última no se puede mencionar en uno artículo de Perdidos. Pero es que el final se merece esta comparación y alguna más mortal). Esta serie fue un éxito porque enganchó a millones de telespectadores utilizando unos ganchos misteriosos que prometían resolver. No faltará el que diga que no, que él sólo veía la serie por la selva y que con eso le basta el final, pero que me diga el resto qué le atrajo tanto de la historia. Supongo que no serían las interpretaciones, así que pienso que lo mismo que a todos: la esperanza de conocer respuesta a los interrogantes que se abrían sin parar. Vaya, si hasta resolvieron unos pocos. Señal de que el resto del solucionario estaba por llegar.
Nunca lo hubo. El final era esa broma de "todo fue un sueño" (que sí, que no fue un sueño, que era el Limbo o como lo queráis llamar, pero no caigáis en la tontería: en resumen, todo se explica con algo tan simple como que lo que se sueña, aunque se esté muerto, no atiende a ninguna razón. Y aplausos en la bancada lostie, silbidos en el del resto de la humanidad). Si todo fue un sueño, o no pertenecía a nuestra realidad, los guionistas ya no tenían que molestarse en responder nada. Fin del show.
Por supuesto que es un final legítimo. Lo han emitido, a la vista está. Pero es un fraude, porque ese final podría ser la solución para cualquier otra obra de ficción. Harry Potter descubre que en realidad murió a los once años y que lo que ha "vivido" en esos siete años no ha sido sino fruto de su imaginación subterrenal: el asesinato de sus padres, el bando de Snape, la muerte de Dumbledore (¿y los fans de Harry Potter deberían haberse sentido igual de satisfechos? ¿Por qué con Perdidos sí y con la saga de Rowling no?); o Frodo, o Lisbeth Salander, o vete tú a saber quién más. Ese final encaja en cualquier historia de la literatura, cine y televisión universal, y en todas produce el mismo (lamentable) efecto. Insisto, losties: ¿por qué sí debe valer en Perdidos y en el resto nos tendría que decepcionar?
Perdidos no merece pasar al olimpo de las series. Sólo el fanatismo de sus más fervientes han hecho que perdamos de vista el poco nivel de la interpretación (salvada por muy pocos actores), un escenario verde que varía en poquísimas ocasiones y una trama que se perdió a mitad de su andadura, cuando ni siquiera supieron provocar interés por la galería de nuevos personajes que acudían, y que iban matando a golpe de plumilla. La prueba de cuán decepcionante es este desenlace es que cualquiera podría haberlo escrito, sin haber visto de la serie más de un minuto o dos. El resultado hubiese sido el mismo. La Palabra de Dios hubiese llegado a los fans por el mismo camino.

Porno y esoterismo

Desconcertado me quedo al leer que una ley prohibirá el porno en televisión, mientras que el esoterismo, las pamplinas de la adivinación, quedarán relegadas a la madrugada. Se supone que habrán dedicado cientos de horas a desarrollar este texto legislativo, pero no encuentro la razón para ver una cosa más perjudicial que la otra. De hecho, opino precisamente lo contrario: el porno es o puede ser una vulgaridad, pero es lo que es y tiene su espacio restringido. Los programas del tarot, sin embargo, son una engañifa que no debería consentir ningún ejecutivo. Son una fe por la que no puedo tener respeto. Permitir que esos espacios sigan en línea y generando dinero, cuando otros ministerios se ocupan de perseguir placebos en las farmacias o pirámides especuladoras, es algo que no entiendo. Magia en el siglo XXI, no me hagan reír. Conclusión: esoterismo para nadie, y porno para quien lo quiera ver. Si la gente quiere ver cómo una tía se friega los bajos, a mí plim. Pero que existan españoles tan estúpidos como para tomarse en serio lo que diga una lectora de cartas, me preocupa porque es la gente que vota a la vez que yo. La gente que no sale de fiesta un viernes porque el horóscopo no se lo aconseja. La gente que deposita su futuro en la pluma del becario de turno que se encarga de redactar qué chiste sucederá con acuario hoy.

Apagón

La programación de la TV Analógica ha dejado de emitirse en este canal.
puede seguir visualizando este programa en TDT.
Más información en 901 2010 04

Eso es lo que aparece hoy en todos los canales de nuestra televisión. Lo que no dijeron con eso de "¡ánimo, compren ya un aparato TDT!", es que la televisión de algunos no tiene ni euroconector, de modo que ahora o nos compramos una nueva tele o es nuestro fin audiovisual.
Miento. Todos los canales han dejado de funcionar, salvo uno. Saca anuncios de Venca, una teletienda infinita. Creo que quiero morir.

"V" en retrospectiva

Con el remake de la serie (y su clara influencia valenciana. ¡Por fin la prueba definitiva de que los valencianos provenimos de otra galaxia, y de una especialmente cool!), me sentí tentado de revisionar la serie original de "V", aquella que veía en mis primeros años por culpa de mis hermanos (o gracias a ellos) cuando lo que correspondía para mi edad era algo más del tipo Barrio Sésamo. De Espinete no guardo ningún recuerdo, pero de lo que es Diana, todos y cada uno de sus movimientos.

Ya digo que vi la serie de muy pequeño, por lo que mi concepción de ella era una historia de invasores y rebeldes, con muchos tiros y persecuciones. La tenía idealizada y sin embargo, el revisionado, la ha colocado en un escalafón superior. Los dos primeros episodios son flipantes: una realización impecable (para la época, se entiende) con un guión de matrícula de honor. Por desgracia, los tres siguientes, son un chicle estirado que a uno le cuesta cada vez masticar.
Los cinco capítulos de la miniserie (luego seguirían otros, pero ciñámonos a la original) sirven para demostrar que "V" molaba, y que sigue molando, y que mi remake sólo tiene sentido para el guión del final y no por los efectos especiales. Pero, en mi sesión de adulto, tengo dos quejas a la historia que me han puesto los pelos de punta. Hondas contradicciones que quizá contengan algún espóiler, si es que alguien todavía no la ha visto:
  1. En un principio parece que los "invasores" son un pueblo de igualdad de géneros, a juzgar por el alto cargo de la mala Diana. Luego, con la llegada de la superior Pamela, el dato se reitera. Todo para nada, porque una le acaba diciendo a la otra: "Yo también me acosté con el líder para llegar alto". Menuda patada en los huevos a quien se pensase que en esta historia las mujeres tendrían sesos. Se salva Julie, la jefa de la resistencia.
  2. El guión crea muchos paralelismos entre la ocupación nazi y la de los invasores, sobre todo desde el punto de vista judío-terrícola. Uno acaba creyéndose todo ese rollo de "abajo el fanatismo, fuera las razas" pero de nuevo llega otra patada al sentido común cuando la resistencia decide que la mejor forma de hundir a los alienígenas es demostrar que son físicamente distintos. Eso, pese a que hay alienígenas buenos. ¿Dónde cabe la reflexión? "Si son distintos, son malos", es la conclusión de los buenos. Por si fuera poco, y pese a las menciones de antiguas cámaras de gas del holocausto, los humanos acaban con los visitantes con un polvo tóxico letal. De nuevo un aplauso al doble filo del guión. Para mear y no echar gota.

Fan terrible

Digo que soy fan de Belén Esteban y nadie me cree. Será que parezco demasiado inteligente para "seguirla", pero oye, más estúpido sería creerse demasiado inteligente para seguirla.

También soy fan de Carme Chacón. Supongo que la ministra no lo llevaría nada bien de saber quién es mi otra ídola, que por la Esteban no hay problema, que no sabrá quién es la Chacón.
Yo es que soy de cultura llana, pueblo bajo, que lo mismo me da ver el debate político de Las mañanas de Cuatro, Página 2 que el Sálvame. Qué tontos son esos que creen que van a agilipollarse por bajar a los infiernos. No saben lo que se pierden.

Anuncio de Coca-Cola

Nunca vi un anuncio de Coca-Cola tan delirante. Una cosa es pedirnos que reciclemos la lata, que sí, y otra muy distinta que nos conozcamos la red de distribución internacional de la bebida de la felicidad, que ni siquiera tiene nombres de ciudades sino de las empresas. De chiste. Se les ha ido la olla con este anuncio...

Sálvame

Crónicas Salemitas no es un blog de nivel. No empleo un lenguaje pedante, no trato temas metafísicos, no me gustaría ser un cultureta o intelectualoide. Prefiero ser natural, con mis luces y sombras.

Por eso no creo que si hoy digo que me he enganchado al programa Sálvame, se venga abajo la opinión que tenéis de mí. Ya debía estar formada para bien o para mal, así que esta revelación llega tarde. Me parece entretenido, con una Belén Esteban que llena la pantalla, un Jorge Javier Vázquez que, ahora sí, me cae bien, y algunos extras divertidos. Sé lo que hicistéis ha conseguido aburrirme y, no nos engañemos, también era del corazón. Con Sálvame al menos me río. Y me río mucho.

Mis series

Si existe La Serie, esa es definitivamente Friends. Es la comedia televisiva por excelencia y supo aguantar el tipo hasta el episodio final, con esa imagen vacía del apartamento que todavía me revuelve el estómago. A mí me gustaban todos los personajes menos Joey, que fue precisamente el del spin-off, y espero con ilusión que un día se anuncie la película. Tiempo al tiempo.

Claro que luego terminó esa y me quedé en un sinvivir. En lo nacional me quedo con Aquí no hay quien viva, absolutamente genial, que resucitó desfogada y con mucha menos gracia en su remake telecinquero. Como había que dar cuota a los estadounidenses probé suerte con otras, pero ni House me gusta, ni C.S.I. logra engancharme. Así que probé con Perdidos, y me enganché a mitad de la segunda temporada. Me gustó mucho hasta el final de la cuarta. Ahí perdieron el rumbo y se perdieron de verdad. Si la sigo viendo es por terminarla. Pero Dios sabe que esos guionistas no merecen mis respetos.
Pensaba que no me iba a gustar ninguna serie más hasta que hace poco conocí Cómo conocí a vuestra madre. Bueno, para ser sinceros, la conozco desde que se empezó a emitir. Un compañero de clase me la recomendaba casi a diario, pero como ocurre en estos casos, pones el modo off y te pones a pensar en tus cosas. Muy mal debía estar la parrilla de verano para que el otro día me tragase varios episodios seguidos en la Fox. Y de ahí, en cuestión de pocas semanas, verlos todos en seriesyonkis.com. Del primero al último. Del doblado al original. Genial.
El problema de esta serie, más incluso que en otras, es cuánto se puede alargar. Porque las hay con un final a la vista y otras que pueden dirar in eternum, pero Cómo conocí tiene la obligación moral de acabar. Creo que todos tenemos en mente un final perfecto. Yo me quedo con la parte de amistad, lo mismo con Friends, y por lo que me gustó tanto la película Supersalidos. Uno, que lo idealiza todo.
¿Recomiendas alguna serie de televisión? Rebelde Way abstenerse.

APM?

No todo en la televisión es basura, que no, y pensaba que ya había recomendado en este blog un programa que me encanta, emitido en la televisión catalana. No vamos a negarle a TV3 su programación ampliamente superior a la de muchas otras televisiones públicas y privadas. El programa es APM? y es una especie de batidora, pero muy bien montada. Los videos tienen gracia, pero es la transición lo que pone el chiste. Este que he encontrado no es gran cosa, pero seguramente encontréis otros más molones en el YouTube, o en la tele, si os alcanza la TV3.

Viñetica