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III. La pelea / IV. Ningún Lugar


CAPÍTULO III
LA PELEA

Don Domingo era un hombre maduro, de poco más de sesenta años, a quien no le quedaban muchas primaveras para vivir la gloria de la jubilación. Llevaba toda su vida trabajando en el mismo colegio, y muchos de los niños a los que había enseñado la localización de los ríos o las capitales de los países africanos, eran ya padres de familia. Por eso, pensaba que a su carrera profesional no le quedaban sobresaltos, y sonreía con satisfacción cada vez que imaginaba las mañanas de cuidar sus plantas tropicales o todos los puzzles sin montar que había acumulado a lo largo de los cumpleaños. Dentro de poco tendría tiempo para sus verdaderas aficiones. Ya vendría otro para encargarse de aquellos histéricos adolescentes.
Sin embargo, ese día no iba a tener ocasión para descansar. Desde hacía dos meses que estaba organizando la excursión con los alumnos de tercero de E.S.O., y sus compañeros de profesión ya se lo habían advertido: «Te arrepentirás de hacer nada fuera del colegio con ellos.» Los chicos de quince años tenían la peor fama de la escuela, y nunca nadie se atrevía a llevarlos bajo su responsabilidad. El último que lo hizo fue don Bartemio, profesor de Arte, y todavía sufría secuelas psíquicas: uno de sus alumnos había posado toda su mano sucia de chocolate sobre el lienzo de La pérgola, de Sorolla, y las alarmas del museo no habían parado de sonar hasta la mañana del día siguiente. La experiencia no podía ser peor. Y sin embargo, don Domingo, que veía cómo sus días de docencia llegaban a su fin, se sentía con fuerzas para llevar a medio centenar de adolescentes exaltados hasta la localidad de Villa Seishuesos. Si sobrevivía a las tres horas de autobús y la visita a las exposiciones, podía considerar más que merecida su jubilación.
Cuando aparcó su maltratado Fiat Punto en el parking del colegio, no podía sospechar lo que iba a ocurrir minutos después. Sacó su maletín y cerró con llave. Miró al cielo hasta descubrir unas nubes negras que se acercaban peligrosamente por las montañas. Va a llover, pensó. Con la precaución que lo caracterizó toda la vida, abrió el maletero –decorado con una pegatina de “Requena V&E”- y sacó un objeto negro. Era un paraguas antiguo, más grandes de los que fabrican en la actualidad, de tela negra y el mango con forma de cabeza de elefante: un trasto a fin de cuentas pero que conservaba por recuerdo familiar. Aureliano, el jardinero, lo saludó desde el jardín. Respondió inclinando la cabeza, como todos los días. Todos los días desde que fuese profesor.
Cruzó el patio hasta el vestíbulo. La sirena iba a sonar en pocos minutos y los más rezagados corrían en dirección a sus clases. El bedel le informó de que el autobús ya estaba listo, y don Domingo fue hasta la sala de profesores.
—Buenos días —lo saludó Encarna, la profesora de Ética—. Qué valor el suyo, don Domingo: llevarse a los de tercero de excursión; Tiene que ser usted un hombre muy valiente.
Encarna era una de las profesoras más jóvenes y posiblemente la más atractiva. El mismo don Domingo había sido su profesor una década atrás.
—No es valor, sino mano dura. Pronto aprenderás a ganarte su respeto, Encarna —respondió sacando pecho—. Es cuestión de tiempo y talento, también talento. Por eso no tengo nada que temer con esta excursión. Para mí, sólo es un tema más en mi asignatura de Ciencias Sociales. Ya verás cómo se portan estupendamente y vuelven desbordantes de conocimientos.
La profesora sonrió divertida. Don Domingo le guiñó un ojo por picardía al tiempo que Encarna salía de la sala riendo. Si lo tomaba en serio o no, era algo que él no podía saber.
Guardó su maletín en la taquilla A2, no sin antes meter en su bolsillo las referencias de los museos de Villa Seishuesos y el teléfono móvil, por lo que pudiese suceder. Tres minutos después entraba al aula y convencía a sus alumnos de la importancia de comportarse como personas civilizadas. Margarita Marlot, primera de la clase, propuso visitar un museo, y él aceptó por aburrimiento. Era el primero que no quería pasar la hora de la comida viendo cuadros, pero lo contrario sería quedar en evidencia delante de todo su alumnado. Si él no mostraba interés, ¿quién lo haría?
Leticia Sopri, la hija del famoso empresario, protestó, pero don Domingo hizo oídos sordos: mano dura, mano dura. Si cedía ahora, después en Villa Seishuesos podía ocurrir cualquier desastre y sería el hazmerreír del profesorado. No había nada que hablar.
—Poneros en fila y no perdáis más tiempo, que el autobús ya está esperando fuera.
Pero fuera se había desatado la tormenta. En cuestión de minutos, las pocas nubes negras se habían multiplicado y extendido por todo el cielo y llovía, llovía como nunca antes lo había hecho.
—Virgen santa —pronunció el profesor, boquiabierto. Era aguacero lo que caía, y no se veía un alma debajo de aquella cortina de lluvia. Hasta los coches habían desaparecido a sus ojos.
—¡Es una pasada! —gritó Carmen Llopis a su lado, una chica pelirroja que llevaba el pelo recogido en tres coletas—. Lo mejor de la excursión va a ser el viaje en autobús bajo esta lluvia.
Sus compañeros estaban igual de emocionados, pero el profesor era más cauto:
—No sé si deberíamos hacer la excursión con lo que está lloviendo. Quizá será mejor que llame a los museos y diga que no vamos a poder…
De poco sirvieron sus reflexiones: antes de que pudiese terminar la frase, los chicos y chicas corrían hacia el autobús sin importarles ni por un segundo mojarse. «Cómo se nota que no son adultos», pensó.
Sin saber bien si lo que hacía era lo correcto, abrió su paraguas negro y salió a la intemperie. Escuchó cómo las gotas golpeaban fuertemente contra la tela y sintió un escalofrío al meter medio zapato en un charco. Por un momento se giró atrás para ver si quedaba alguien rezagado, y vio a Leticia Sopri parada, visiblemente enfadada.
—No pienso mojarme. Quiero que me de su paraguas.
Había cierta amenaza en su tono de voz. Don Domingo tragó saliva: detestaba a esa hijita de padre rico y sus modales, pero conocía de sobra las consecuencias de tratarla mal, o simplemente, como se merecía. El señor Sopri era un hombre muy poderoso, y el colegio Albereda no escapaba de su círculo de influencias gracias a las generosas donaciones que realizaba cada navidad.
—Señorita Sopri, podemos compartir el paraguas. Como ve, cabemos los dos —le dijo con una falsa sonrisa amistosa—. No querrá que un viejo como yo enferme de pulmonía.
Sin mucho convencimiento, Leticia se cobijó bajo el paraguas. Se mantenía a tanta distancia como le permitía el círculo que los cubría, mostrando a su profesor una expresión de asco cada vez que la rozaba.
—Apuesto a que este paraguas se lo ha robado a un pobre de la caridad –dijo con sorna—. Nunca he visto nada más horroroso.
Lejos de ofenderse, don Domingo sonrió. Aquello no le gustó a Leticia.
—No tiene nada de feo, es simplemente antiguo. Perteneció a mi madre, y ya puedes imaginar por la edad que tengo que ella vivió hace mucho tiempo.
—Pues dígale de mi parte cuando se vean de nuevo que tenía un gusto nulo por la moda. Si no fuese porque llueve, iría sin paraguas hasta el autobús.
—Es que precisamente porque llueve, vamos con paraguas hasta el autobús. Esa es la utilidad que tiene: proteger del agua.
Leticia refunfuñó algo en inglés que él no puedo entender. En ese momento, entraban al gigantesco vehículo.
—Qué lluvia tan fea que se nos ha puesto, ¿eh, profesor? –le dijo Severiano desde el asiento del conductor. Era un hombre de mediana edad, calvo y en los huesos. Daba las últimas caladas a su cigarrillo. Don Domingo le respondió el saludo con una inclinación de la cabeza, como siempre.
—Me parece que vamos a tardar más de lo previsto en llegar a nuestro destino, amigo. Pero no merece la pena correr, que la carretera es traicionera.
—A mi me van a pagar lo mismo —rió— vayamos a ochenta que a ciento veinte.
El profesor se sentó en primera fila y dejó el paraguas abierto en el hueco de la escalera para que se secase. Con cierto aburrimiento, tomó el micrófono y esperó a que Severiano le diese la señal. Un segundo después, el autobús arrancó dirección Villa Seishuesos.
—¿Me escucháis? —Nadie respondió salvo unos alumnos de las primeras filas. Pero sabía que no era porque los altavoces del micrófono no llegasen tan lejos: los que se sentaban más atrás eran los “rebeldes”, y aparentar que escuchaban a un profesor iba contra su naturaleza—. Está bien: como habréis notado, la lluvia ha caído de repente, por lo que nos costará un poco más de lo previsto llegar al pueblo. En cualquier caso, parece que es una tormenta pasajera, y estoy seguro de que se irá con la misma prisa que ha llegado. Lo que me preocupa ahora es saber quién ha buscado información para la visita de hoy. Ese era vuestro primer trabajo.
Quince filas más atrás, los alumnos más populares del curso discutían sobre sus propios temas.
—Y encima llueve —protestó Borja—. La lluvia no mola. No vamos a poder hacer nada. Ahora no tendremos excusa para no estar en el museo de pitagorines de la estúpida Marlot.
Jessica se miraba en su espejito. Cuando al hablar no se dirigía a nadie en concreto, era porque iba a soltar una bomba de relojería:
—Leticia ya no podrá hacerze rezpetar. Margarita le ha plantado cara, y ze ha salido con la zuya.
Bárbara, que a pesar de poco inteligente, era la más conciliadora, trataba de buscar un equilibrio que no acabase en tragedia griega:
—No digas eso, Jessica Feyxton. A Leticia no le importa tanto ir al museo, ¿verdad que no, Leticia?
Pero Leticia Sopri tenía su mirada clavada en una mata de pelo rubio y encrespado de diez filas más adelante, un arbusto amarillo que respondía al nombre de Margarita Marlot. Su enfado crecía por momentos. Federico Concordia. Federico Concordia. ¿Cómo podría pasar un rato a solas con él, si tenían que estar viendo cuadros? Y todo por culpa de aquella estúpida sabelotodo.
Marga era la culpable de que sus compañeros dudasen de su autoridad. ¡Pero si ella había sido siempre la chica más popular de clase! ¿Cómo la Reina de los Insignificantes podía calar tan hondo en la opinión de todos sus amigos? ¿Es que eran más estúpidos de lo que sospechaba? Leticia se imaginó por un momento sentada en las primeras filas del autobús, con pelo tieso y encrespado y unas gafas de culo de vaso. Pensó en cómo sería si tuviese que estudiar para llamar la atención de los demás, o si sus amigos estuviesen más interesados en la física y las matemáticas que en los complementos de la próxima primavera. Aquella visión era más de lo que podía soportar. ¿Cómo podía detener ese destino? Había un modo de recuperar el respeto, y ese era dejándole bien claro a Margarita quién era la que mandaba en clase. Por eso no lo pensó más veces, se levantó de su asiento y caminó hasta el de su contrincante. Alguien tenía que darle una lección de lo que son las clases sociales.


Marga estaba empapada. Había corrido hasta el autobús sin chubasquero (el hombre del tiempo había asegurado un día soleado) y ahora se arrepentía de su temeridad: hasta los zapatos del uniforme estaban calados de agua.
Se sentó en las primeras filas junto a Artur Verdú, un chico que sólo hablaba de abducciones de extraterrestres y que tenía la mala costumbre de mirar al techo cuando se le preguntaba (Jessica había corrido el rumor de que eso era porque pensaba que quienes le hablaban eran los propios alienígenas). En ese momento dibujaba un ovni en el cristal empañado, lo que producía la impresión de que volaba en medio de la tormenta.
—Hola —dijo al sentarse.
Artur le devolvió la mirada, pero inmediatamente después, como si fuese un acto reflejo, miró al techo.
—Hola.
Quizá la compañía no iba a ser lo más interesante del viaje, pero por lo menos podría tener tiempo de leer toda la información que había impreso sobre Villa Seishuesos. Sacó los papeles que tenía en la mochila –por suerte, apenas estaban húmedos por las esquinas- pero justo en ese momento Leticia Sopri la interrumpió. Su potente voz se escuchó hasta en el extremo más alejado del autobús.
—Eres vulgar e insignificante —dijo enfurecida—. Y toda tu vida serás una desgraciada, porque tu familia no tiene ni poder ni dinero —sentenció a voz de grito.
Marga se quedó helada. Podía resolver una raíz cuadrada complicada en menos de un minuto, situar Hohhot en el mapamundi con un margen de diez kilómetros de error o citar veinte personajes célebres de las guerras carlistas, pero no era capaz de responder a Leticia. No tenía valor suficiente.
—Insignificante. Ni siquiera eres suficientemente decente como para sentarte con el idiota de Artur Verdú –Artur se dio por aludido, y miró automáticamente al techo—. Eres un auténtico despojo humano. Eres… eres despreciable. Por tu culpa, asquerosa empollona, vamos a tener que ir a un museo que no nos interesa a nadie salvo a ti y a tus dos neuronas. Porque eres egoísta, y no te importa nada lo que opinen los demás.
A Marga le empezó a hervir la sangre. Los otros alumnos empezaron a gritar «¡PELEA! ¡PELEA!» Pero lo cierto es que ella todavía no había tenido ocasión de abrir la boca.
—Que sepas –continuó Leticia— que voy a hacer un infierno de tu vida en lo que queda de curso. Vas a pasarlo tan mal que desearás cambiarte de colegio. Querrás morir. Porque a mí nadie me humilla. Pertenezco a una clase social superior a la tuya que a todo el que quiere subir pisotea hasta convertir en miseria.
—¡PELEA! ¡PELEA! —seguían gritando.
—Tratas de compensar lo fea y gorda que eres estudiando todo lo que dicen los libros, pero ni así llegarás a ser Alguien. Porque llevas en la sangre el ser una auténtica, genuina y verdadera Insignificante.
—¡PELEA! ¡PELEA! —coreaban a su alrededor.
Marga y Leticia habían concentrado todas las miradas del autobús, y ésta última conseguía cumplir con su plan, acongojando a la que decían que la había humillado. Si alguien había dudado acerca de la autoridad de la chica más popular de clase, se había equivocado de pleno.
Pero entonces, Marga se levantó contra todo pronóstico.
Tiró los papeles de Villa Seishuesos al suelo, miró a Leticia a los ojos y le dijo lo que había contenido desde hacía tanto tiempo:
—¡Yo no soy ninguna “Insignificante”, que lo sepas! Soy una persona, ¡mucho más persona que tú!
—¿Ah, sí? —se burló Leticia. Pero lo cierto es que no esperaba que Marga se le rebelase y se asustó por una fracción de segundo. Aquello podía hacer peligrar su plan. Tenía que marcar su terreno rápidamente—. ¿Y se puede saber quien es tu padre, Señorita Marlot-Mi-Apellido-No-Lo-Conoce-Nadie?
—Mi madre es muy trabajadora. No te consiento que te burles de ella.
—¡JÁ! Tu madre. Es que no conoces ni a tu padre. Perdedora, perdedora, perdedora. Insignificante, a fin de cuentas.
—¡PELEA, PELEA! —repetían sin cesar. Leticia sonreía de satisfacción, viendo cómo recuperar su trono no había resultado tan complicado como había imaginado.
—Si te crees importante por tener un padre rico, es que tienes una conciencia muy pobre.
—No te consiento que digas que soy pobre, sea lo que sea eso que has dicho —dijo amenazante—. Ahora siéntate y reconoce quién eres y quién soy yo si quieres que tu castigo sea menor.
—¿Y quién te has creído tú para castigarme, estúpida?
—¿¡ESTÚPIDA!? –Leticia abofeteó a Marga. Pero Marga, lejos de obedecer, le pegó un puñetazo en el estómago. Nadie podría creer lo que había hecho.
—¡PELEA, PELEA! —vitoreaban sus propios amigos, que lejos de separarlas aplaudían el momento con emoción. Ni Bárbara se atrevía a intervenir.
—¡DIOS MIO! –gritó don Domingo, que había permanecido ausente en todo momento—. ¿Qué está ocurriendo aquí?
Pero no necesitó que nadie respondiese. Vio a pocos metros cómo Leticia Sopri y Margarita Marlot se pegaban en medio del pasillo del autobús, mientras todos los demás gritaban alentando la lucha.
—¡BASTA! ¡BASTA! —gritó—. ¿Es que os habéis vuelto locas?
Ninguna de las dos le hizo el más mínimo caso. Don Domingo estaba consternado: aquella actitud no era propia de ninguna de las chicas. La señorita Sopri siempre tenía esbirros que hacían ese trabajo por ella, mientras que la señorita Marlot… era de la clase de alumnos que nunca se defendía, con tal de que terminasen pronto las vejaciones.
—¡Severiano, vuelve al colegio! —le mandó al conductor. Sin más entretenimiento, cogió a Leticia de los brazos y Paco Fresno, un alumno corpulento, hizo lo mismo con Marga—. ¡DEJAD DE PEGAROS!
—¡Inútil! —insultó Marga tan enfadada que el profesor no la reconocía.
—¡Marginada! –le respondió la otra.
Don Domingo se puso entre las dos, temiendo por su propia integridad física.
—No me importa quién ha empezado.
—¡Ha sido ella! –se apresuró a decir Leticia.
—¡HE DICHO QUE NO ME IMPORTA! Lo que sí he visto es que os estabais pegando, y esa es una falta muy grave. No vais a ir a Villa Seishuesos, ninguna de las dos.
—Pero…
—No hay ‘peros’ que valgan, señorita Marlot. Me siento terriblemente decepcionado con ustedes dos. Se van a quedar castigadas en el colegio. Las dos, juntas. Tienen hasta las cinco de la tarde para solucionar sus diferencias. Y cuando vuelva, hablaremos del castigo.
—¡Quedarme en el colegio ya es suficiente castigo!
—Ni una palabra más, señorita Sopri.
El autobús paró, pero era difícil reconocer donde estaban. La lluvia había cobrado intensidad y costaba atisbar el edificio del colegio a veinte metros de distancia. Los tres fueron hasta la puerta y don Domingo les ofreció el paraguas.
—Nunca hubiese esperado esto de ninguna de las dos, señoritas. Vayan hasta el despacho de la directora y díganle que yo les he castigado. Explíquenle por qué. Y no se atrevan a implorarle. Merecen la expulsión. Tendrán suerte si les permite volver al colegio mañana.
Leticia y Marga se cubrieron con el viejo paraguas negro de su profesor. El agua las rodeaba por todas partes. Apenas pudieron ver como se cerraba la puerta del autobús y se marchaba dirección Villa Seishuesos, con los rostros de sus compañeros mirándolas atónitos desde los cristales empañados de las ventanas.
—No te atrevas a hablarme —amenazó Leticia— y salte del paraguas. La plebe puede mojarse: nadie te echará en falta si te mueres gracias a una buena gripe.
—Don Domingo me ha dado el paraguas a mí, así que mójate tú. Yo no pienso soltarlo, y mucho menos para que mantengas seca tu cabeza de serrín.
Poco a poco iban avanzando, sin dejar de lanzarse puñales envenenados.
—Rata.
—Víbora.
—Ni me mires.
—Como si quisiese.
Siguieron insultándose durante varios minutos, hasta que se convirtió en algo monótono y dejaron de hacerlo. Así durante un rato, cuando el desconcierto venció a la rabia en el interior de Marga.
—¿Y el colegio? Con esta lluvia no puedo verlo, pero ya deberíamos estar dentro.
—No te dirijas a mí, andrajosa. Yo estoy buscando mi colegio. Pienso decirle a la directora que no permita la entrada de mendigos como tú.
Los ladrillos del suelo cada vez estaban más separados y en su lugar había arena, una arena que ni Leticia ni Marga recordaban haber visto jamás. Pero se odiaban mucho como para comentarlo.
Sin embargo, las dos coincidían en que aquello era muy extraño. El colegio no estaba por ninguna parte y en su lugar sólo veían lluvia, tan intensa que no les permitía ver ni un paso más allá. Y además, ese suelo de arena. Desde luego, no era normal lo que les estaba sucediendo, pero se mordían la lengua para no comentarlo.


CAPÍTULO IV
 NINGÚN LUGAR

Marga y Leticia se odiaban, pero la lluvia que caía a su alrededor era lo suficientemente fuerte como para que ninguna se mantuviese fuera de la protección del paraguas. Además, ¿quién iba a cedérselo a la otra? Su orgullo consistía en permanecer la una junto a la otra en perfecto silencio hasta llegar al colegio, y una vez dentro no volver a acercarse a menos de cien metros. El problema es que el colegio no aparecía por ninguna parte.
La primera que sospechó que algo iba mal fue Marga. Posiblemente se habían desviado cuando caminaban directas hacia su escuela, y eso explicaba la arena mojada bajo sus pies: habían llegado a algún descampado vecino, de los que todavía no estaban edificados. No recordaba que hubiese ninguno, pero ¿qué otra explicación había? Cogiendo el paraguas con firmeza, lo giró hacia la izquierda, pero Leticia, quien también lo agarraba con todas sus fuerzas, no lo permitió. Como ninguna de las dos estaba dispuesta a pronunciar una sola palabra, se mantuvieron así por unos minutos, en una lucha silenciosa por la dirección que debían seguir, hasta que Marga perdió la paciencia.
—¿Se puede saber hacia donde vas? —preguntó enfadada—. Me estoy mojando entera sólo porque tú quieres seguir hacia delante, directa al desierto del Sáhara. No pienso seguir mojándome los pies.
Leticia bufó con descaro.
—Tú puedes mojarte, cosa sin valor. Soy yo la que lleva el paraguas, y si no te gusta camina en otra dirección, que yo no te voy a echar en falta.
Aquello consiguió desquiciar a la chica. Estaba harta de ser humillada, y ahora que había terminado con la sumisión, no iba volver a permitir que se burlasen de ella.
—Yo por lo menos hago bien algo: soy buena estudiante. ¿Pero tú? ¿Acaso eres “algo”? Deberías replantearte si tienes derecho a llamar a alguien “cosa sin valor”.
—Tú crees que por ser la primera de la clase serás algo grande el día de mañana. Pero lo siento, señorita Marlot: en este mundo de nada sirve ser una maldita empollona. No te engañes a ti misma.
—Más utilidad tendré yo el día de mañana que tú, doña Leti Sopri. Tu padre no va a estar siempre para sacarte la leña del fuego, y tarde o temprano tendrás que espabilar.
—Mi padre al menos está. Eso es más de lo que puedes decir tú.
—Yo no querría tener un padre como el tuyo, tenlo por seguro.
Las dos se mordieron la lengua. Podían seguir así durante horas, pero estaban cansadas y tenían frío, mucho frío. Después de media hora, el calor de la primera pelea ya había quedado atrás. Lo único que querían era llegar al colegio, quitarse los zapatos y medias, y calentarse al lado de un radiador.
Cuando Leticia empezaba a perder el enfado, pudo pensar con mayor claridad: estaban perdidas en medio de un torrente de lluvia, únicamente resguardadas por un paraguas que había sigo testigo de la Guerra Civil, pero eso no significaba que nadie pudiese ayudarlas. Con las prisas había olvidado su bolso en el autobús, pero siempre guardaba su teléfono móvil con ella por si su profesor los requisaba.
—Detente un momento, ¿quieres? –dijo todo lo desagradable de lo que era capaz.
Marga no obedeció, sino que siguió caminando con el paraguas bien agarrado. Leticia tuvo que sacar el móvil de un bolsillo secreto de su suéter sin soltar el mango ni por un segundo.
—Es una estupidez tener teléfono móvil —sentenció Marga, que veía como Leticia tecleaba con frenesí los botones del aparato.
—Eso lo dices ahora, empollona, pero cuando vengan a rescatarnos de esta lluvia seguro que no te parece un invento tan estúpido.
—¿De verdad vas a llamar a tu papá para que venga a “rescatarte”? ¡Pero si sólo estamos un poco desviadas del camino! Es ridículo molestar a nadie por esto.
—Ridículo o no, no pienso seguir andando como una burra. ¡POR FAVOR, DETENTE DE UNA VEZ! —le gritó al comprobar que Marga no se resistía a aminorar el paso. Al final de insistir cedió—. Está bien… ¿Quién estará ahora en casa?
—Yo qué sé.
—No te digo a ti, estoy pensando en voz alta.
—¿Es que piensas?
—Papá desde luego no: tenía hoy una reunión en Tokio sobre el tema de la fusión —siguió Leticia haciendo oídos sordos—. La chacha no sabe conducir y nunca podría venir hasta el colegio. Y Esberto… Sí, Esberto podrá venir.
—¿Quién es Esberto? –quiso saber Marga.
—El chófer.
—¿Chófer?
—Sí: es un hombre que conduce al servicio de otro.
 lo que es un chófer. Es sólo que me parece raro que tengas uno. Pensaba que sólo lo tenían los políticos y la gente famosa —dijo con ingenuidad.
—Pues si no tienes chófer no eres nadie, así es la vida. ¿Tú no tienes? Bueno, qué pregunta tan estúpida la mía —agregó Leticia con los ojos en blanco—. Pues no hace falta que sigamos hablando del tema.
—¿No ibas a llamar a Esberto o Esbelto o como sea? Pues hazlo de una vez o me llevo el paraguas. Paradas no vamos a ninguna parte.
Leticia encontró el número en la agenda del teléfono móvil y pulsó al botón verde.
—¿Hace tono? —preguntó Marga.
—Cállate. Con esta lluvia es imposible oír nada.
Pero pasaron los segundos y no parecía que la llamada estuviese llegando a ningún sitio. Ni siquiera comunicaba.
—¿Es que no hay cobertura?
—Si fuese así me lo diría, pero sencillamente llamo y no ocurre nada. Esto es muy raro. Tendré que volver a cambiar el móvil de nuevo.
—¿Es nuevo y ya lo quieres cambiar?
—¿Acaso no lo puedo cambiar si no funciona? —respondió con seriedad—. Vaya, lo tuyo sí que es inteligente.
Intentó llamar a su casa, pero ocurrió lo mismo que con Erbelto: no hacía ningún tono, lo cuál era todavía más desconcertante. En su casa siempre había alguien.
—Voy a llamar al teléfono de emergencias —anunció decidida.
—No seas exagerada.
—Si no te parece bien, escóndete cuando vengan a rescatarme. Yo no pienso ayudarte. ¿O tengo que recordarte que eres una Insignificante?
Leticia marcó el número de teléfono para emergencias y esperó a escuchar a la telefonista. Pero igual que antes, no ocurrió nada. Y aquello sí que era motivo para preocuparse.
—¡Maldita sea! Este móvil es una chatarra. Diseño de Vincent Voguinno, pero incapaz de hacer una simple llamada de emergencia. ¡Estúpido trasto!
De repente, desapareció la información que aparecía en la pantalla del teléfono. Por más que Leticia pulsase al botón de encender, no sucedía nada.
—Supongo que si pregunto si tienes teléfono móvil me dirás que estoy loca, ¿verdad? —preguntó sin muchas esperanzas.
—Ya te he dicho que es una ridiculez tener…
—¡Cállate, por favor! —gritó alterada—. Tienes suerte de seguir viva. Alguien con tanta sobarbia como tú acaba recibiendo muchos palos en la vida.
—SO-BER-BIA. Aprende a hablar antes de dirigirte a mí.
—Tienes suerte de que me dirija a ti. Definitivamente, eres la persona más estúpida que he conocido en mi vida.
—¡En algo estamos de acuerdo! –—respondió Marga con sarcasmo.
Leticia apretó el puño, pero intentó tranquilizarse. Quisiesen o no, tenían que estar juntas hasta que pasase esa lluvia o, lo que ya parecía imposible, encontrasen el colegio. Y no resulta fácil compartir metro cuadrado con la persona que más odias.

Al cabo de un largo rato seguían sin encontrar nada. El silencio había dejado de ser incómodo para convertirse en una costumbre. Lo mismo daba si la otra estaba a su lado: mientras no dijese nada, sería como si no existiese. Pero había una novedad que Leticia no comprendía: las manecillas de su reloj se estaban comportando de una manera muy extraña.
No había explicación: aquel objeto era un regalo de su abuela, y estaba fabricado por los mejores relojeros de Suiza. Tenía una garantía de por vida, y nunca había hecho el menor amago de estropearse, ni siquiera cuando se sumergió en las profundas aguas del Caribe. ¿Cómo podía afectarle la lluvia de aquella manera, si ni siquiera lo había tocado? En vez de marcar las diez y media, como debía ser aproximadamente en ese momento, los brazos avanzaban y retrocedían y en cuestión de segundos daban las doce menos cuarto como las cinco y treinta y nueve. Lo agitó nerviosa, como si el vaivén fuese a recuperarlo, pero nada cambió.
—Dime qué hora tienes —le exigió a Marga.
—¿Perdona? —Aunque tenía reloj, no estaba dispuesta a hacerle ningún favor a su compañera. Además, Leticia siempre presumía delante de toda la clase de su gigantesca colección de relojes—. ¿Es que ahora necesitas la hora? Quizá no tengamos la misma, porque ya sabes que la “plebe” como yo siempre va “atrasada”.
—Oye, yo estoy poniendo de mi parte, estúpida —replicó asqueada—. Esta vez no te he insultado. Eres tú la que empieza. Pienso decírselo a la directora en cuanto lleguemos.
—¿Cuando lleguemos? —repitió Marga, que se detuvo y la miró a los ojos—. Observa mi reloj, Leticia Sopri, mira como llevamos más de hora y media andando sin ninguna dirección. ¿Y todavía piensas en lo que le dirás a la directora? Doña Vicenta va a gritarnos tanto que no vamos a tener ocasión de hablar. Si sólo por el hecho de la pelea nos pueden expulsar, no va a favorecer en nada que nos cueste todo este tiempo cruzar los veinte metros entre el autobús y el vestíbulo del colegio. Deja de ser ingenua.
—Yo no soy ninguna ingenua —se defendió Leticia—. No eres la única persona inteligente del mundo. Quizá lo que te tendrías que plantear es si  eres verdaderamente inteligente, porque estudiar cinco horas al día no te convierte en la Chica del Año.
—¡Espera! —Marga había dejado de escucharla—. Mira lo que le sucede a mi reloj.
Leticia observó la esfera del reloj de Marga. Era un recuerdo de Logroño, con un dibujo de espadas en el círculo. Y sobre él, las manecillas se movían como locas en todas direcciones. Exactamente lo mismo que le había sucedido al otro.
—A eso me refería: está sucediendo algo muy extraño con esta lluvia. Debe ser una tormenta tropical o algo que desconfigura nuestros relojes.
Marga soltó una carcajada:
—¿Una tormenta tropical que desconfigura relojes? Creo que has visto demasiadas telenovelas. Tanto tu reloj como el mío son mecánicos. Lo que haya sobre nuestras cabezas no puede estropearlos, a menos que los golpee directamente. Y eso no ha sucedido, al menos con el mío.
—Ni con el mío. Yo solo sugería una posibilidad. ¿Qué se le ocurre a la científica-pelo-estropajo?
Hizo caso omiso a la provocación:
—Simplemente creo que se han mojado. Además, en el autobús han podido recibir algún golpe, con todo el jaleo…
- Si está roto mi reloj, te aseguro que lo vas a pagar aunque tengas que vender tus órganos. Es el único recuerdo que me queda de mi abuela Matilde. Es un objeto muy valioso para mí, mucho más de lo que puedes llegar a valer tú.
—Y por eso lo llevas sólo cuando te hace juego con la diadema, ¿verdad? –respondió Marga con astucia—. Así recuerdas a tu abuela: bravo. Qué buena nieta eres.
—Oye, no te he pedido que juzgues tú lo que me pongo o me dejo de poner. ¿Acaso he dicho yo algo de tu ropa? Porque tengo material para rato.
—Miles de veces. Como si no oyese lo que cuchicheas con Bárbara Espill y Vanessa Bo.
—¿Acaso te lo he dicho a la cara?
—No, ¡nunca!
—Entonces no me lo recrimines.
Las dos se callaron con sentimiento de triunfo. Marga pensaba que había dejado en evidencia a Leticia haciéndole ver que sabía que la criticaban a escondidas. Pero para Leticia, que aquello era una conducta natural, pensaba que Marga había quedado en ridículo por reconocer que nunca se lo había dicho a la cara. Los suyos eran dos mundos distintos.

Cuando la lluvia empezó a amainar, tanto Leticia como Marga pensaron que se trataba de su salvación. Una vez pudiesen mirar a su alrededor con claridad, encontrarían en dos minutos su colegios y dejarían de dar vueltas en redondo a la calle. Lo que no esperaban es que la visión con la que se encontrarían sería más desalentadora, si cabe. Mucho más que caminar sin dirección bajo la lluvia.
El primer cambio lo percibieron en sus relojes: en medio de su baile del tiempo, las manecillas se pararon en idéntica posición: las doce en punto. Se dieron cuenta, pero prefirieron ignorarlo. Quizá porque en medio de tanta lluvia un rayo de luz caía enfrente de ellas.
—No puedo creerlo: el sol está saliendo y puedo ver su luz. –Marga estaba asombrada y tenía ganas de gritar de la emoción. Llevaban demasiado rato caminando casi a ciegas.
—Y está lloviendo menos.
—¡La arena! Fíjate: está seca. ¿Cómo puede ser, si todavía está cayendo lluvia?
—A estas alturas, ya no me extraña nada. Lo único que quiero es llegar a mi casa, tumbarme en la cama y que mi criada me traiga un buen consomé.
Sin saber cómo, la espesa capa de lluvia desapareció en cuestión de segundos. Lo hizo como las cortinas de un teatro, abriéndose por lo que era el centro –enfrente de las chicas- y corriéndose a su alrededor. Y donde debía aparecer su ciudad, sólo había un desierto.
—Un desierto.
—¿Estamos en el desierto?
Las palabras sonaban ridículas en sus bocas, pero lo cierto es que no podían negar la evidencia. Se encontraban en medio de la nada, con una luz radiante que no sabían de dónde provenía –porque no se veía ningún sol- y una eterna alfombra de arena a sus pies, azul y roja, separada exactamente entre Marga y Leticia. No había ni rastro de la lluvia de hacía escasos momentos.
—Ningún Lugar —leyó Marga boquiabierta.
Delante de las dos flotaban las letras que daban nombre a aquel lugar misterioso, donde no cabía la lógica. «Ningún Lugar» se llamaba. Leticia, sin soltar el paraguas, se atrevió a acariciar la “N” dorada, que flotaba a casi dos metros de altura. La consonante se agitó un poco dando tres vueltas en el aire, pero volvió a su posición como si nada, totalmente ajena a la ley de la gravedad.
—Esto escapa de mi comprensión —pudo decir Marga, absolutamente consternada—. Las letras flotan en el aire, desconozco el origen de la luz, la arena…
—Yo sí que lo entiendo –dijo rápidamente Leticia, que no parecía asustada, sino más bien enfadada—: mi padre quería hacerme un regalo especial por mi cumpleaños porque yo le dije que aquel viaje a Bariloche había sido muy aburrido. Lo que no esperaba es que me regalase esto. ¿Acaso no conoce los gustos de su hijita? Marga: mi padre no me quiere. Si cree que esta porquería de desierto es un buen regalo, se ha equivocado de pleno: especialmente con la compañía. Estoy segura de que no tiene ni idea de que mi mejor amiga es Bárbara. No: él está más interesado en sus empresas, y en qué corbata se pondrá en la próxima reunión. ¿Pero qué ocurre con mis caprichos? Estoy muuuy disgustada. Pero muy, ¿entiendes?
Marga miró perpleja a Leticia. No podía creer lo que escuchaba.
—¿De verdad puedes creer que este desierto es el regalo de cumpleaños de tu padre? ¿Es esa la explicación que le encuentras? ¿Cuán ególatra puedes llegar a ser?
—¿Disculpa? Querría saber qué te regala a ti tu padre cuando cumples años. Ah, no, lo siento, que no tienes padre. En ese caso no me vengas con cuentos. Nadie puede saber mejor que yo el dinero que tiene mi padre, y lo que puede llegar a hacer con él. Así que no te atrevas a juzgar lo que no conoces.
Sonrió por primera vez en horas. Estaba convencida de que aquel desierto lo habían planeado para darle una sorpresa.
—Lo que no entiendo es dónde está la gente. Deberían aparecer ahora y gritar «¡Sorpresa!». Me estoy disgustando. Y mucho. Esto ya no tiene gracia.
—¿Acaso ha tenido gracia en algún sólo momento? —preguntó Marga de mala gana.
—Quizás… —dijo Leticia pensativa—. Quizá esto no tenga nada que ver con mi padre. Quizá tenga otra explicación.
—Quizá —le respondió— es posible que no siempre seas el centro del universo.
No habían soltado el paraguas en un solo momento, pero ahora que no llovía, creyeron que no había motivo para seguir usándolo. Además, no tenían ninguna intención de seguir juntas por un segundo más. Leticia fue a cerrarlo, pero cuando la luz tomó contacto con su piel, las abrasó como una llamarada. Sin pensarlo dos veces, se cubrieron de nuevo con el paraguas negro.
—¿¡Qué ha pasado!? —gritó Leticia, a la que le escocía todo el rostro.
—Es esa luz. Parece que viene de arriba. No sólo da luz. Abrasa: es como si tuviésemos un sol invisible encima de nuestras cabezas. Y se trata de un sol mortífero.
—¿Y porqué no quema la tela del paraguas?
—¡No lo puedo saber! —La misma Marga no podía explicarse nada de lo que sucedía. No recordaba haber leído nada parecido a lo que les estaba ocurriendo—. Sencillamente, no podemos salir fuera de los límites de este paraguas. ¿Qué alternativa se te ocurre?
—Pienso ir a pedir ayuda.
—¿Estás loca? Morirás asfixiada antes de dar diez pasos. No puedes irte ahora.
—Es que pienso llevarme el paraguas. ¿Qué te crees?
—¿Y qué se supone que ocurre conmigo? –preguntó perpleja.
—Por mí, haz lo que quieras, pero yo no pienso quedarme aquí parada, esperando a que la luz venga de frente y no haya paraguas que me proteja el cutis.
Más decidida que nunca, caminó con el paraguas bien agarrado. A Marga no le quedó más remedio que seguirla, pero cuando puso sus pies sobre la arena roja, la misma sobre la que caminaba Leticia, saltó del dolor.
—¡Esa arena está ardiendo! —gritó dolorida, una vez había vuelto al contacto más agradable de la arena azul.
—¡Já! —rió Leticia—. Ahora te arrepientes de comprarte zapatos sin suela en el rastrillo, ¿verdad?
—No tiene nada que ver con eso, idiota. La arena que tú pisas me ha abrasado. No pienso volver a poner el pie ahí.
—Está bien… —Leticia accedía a algo, y aquello era muy significativo—. Podemos ir por la arena azul. A mí no me va a suponer ningún trauma. Compro mis zapatos de marca por algo más que por el diseño.
Pero cuando puso un pie sobre la arena azul, su exclamación fue más fuerte todavía.
—¡MALDITA SEA! Me has engañado.
—¿Y para qué te iba a querer engañar yo?
—La arena azul sí que es insoportable. La roja no está ni caliente ni fría.
Las dos miraron hacía atrás: la línea que separaba las dos arenas se dividía perfectamente en el camino andado, y eso explicaba que ninguna la hubiese cruzado antes.
—Todo esto es muy extraño.
—Ojalá fuese lo más extraño que sucede en el mundo —dijo Leticia pensativa—. Supongo que si queremos avanzar, tendremos que hacerlo juntas, y en línea recta, sin cruzarnos al otro color. Tenemos que evitar abrasarnos la cabeza por un lado, y los pies por el otro. No parece tan difícil.
Miraron todo lo que tenían por delante, y no veían el fin por ninguna parte.
—No nos queda más remedio que buscar la manera de escapar de este lugar…
—Ningún Lugar —corrigió Marga—. Ningún Lugar.

Anduvieron durante un largo rato. Habrían sabido cuanto, de haber funcionado sus relojes, pero las manecillas estaban paralizadas en el interior de la esfera.  Avanzaron siguiendo la línea divisoria entre la arena azul y la arena roja, y en completo silencio, hasta que Marga decidió romper el hielo:
—Siempre me he preguntado si alguien como tú puede ser feliz.
Leticia le devolvió una mirada de incredulidad, sin creerse lo que acababa de oír.
—¿Y por qué no iba a serlo, si puede saberse?
—Porque… no sé. Estás obsesionada con las cosas más mundanas, tus sueños son triviales… Recuerdo la redacción que escribiste hace dos cursos sobre «Qué quiero ser de mayor»: todavía se me saltan lágrimas de la risa. Te importa más la imagen de una persona que lo que piense.
—Claro que me importa la imagen de las personas. ¿Cómo no? Y también lo que piensan. Una chica no puede ser popular si todos la consideran una idiota.
—¿Ves? A eso me refiero.
—Soy feliz, y muy feliz. Tengo lo que quiero, hago lo que quiero y seré quien yo quiera que sea.
—O quien quiera tu padre.
—Mi padre quiere lo mejor para mí, así que sí, sí, confío en lo que él quiera. ¿Y qué dices tú? No eres quién para dar lecciones. ¿De verdad puedes ser feliz? Yo no podría serlo estando en tu piel. Eres fea, lo siento. Y nadie quiere ser tu amigo.
—Quizá es porque nadie merece la pena —De repente, Marga se sentía incómoda. No le gustaba el giro que había dado la conversación. Pero en parte era culpable de ello.
—Es imposible que nadie merezca la pena. Tienes que sentirte querida para ser feliz. Que la gente te admire.
—Dudo mucho que tengamos el mismo concepto de amistad. Para mí un amigo no es alguien que hace lo que yo quiera. Un amigo, o más bien una amiga, es mi madre.
—Mi madre tiene otra familia… —dijo Leticia entristecida—. Una familia que le importa más que yo. Sé que tiene tres hijas pequeñas, y que su nuevo marido dirige una empresa en Glasgow, pero nunca los he conocido. Desde que mis padres se separaron, sólo ha venido a verme en dos ocasiones. De la última hace más de tres años y no me trajo ni un souvenir, así que no la puedo considerar una amiga.
Por primera vez, Marga sentía lástima por Leticia, aquella adolescente ególatra y maliciosa. Nunca la había oído mencionar a su madre, pero no le daba importancia: algunas quinceañeras odiaban a sus madres por defecto, y no mencionarlas era su truco para hacer como si no existieran. Pero ella quería tenerla, y en cambio, su propia madre la había repudiado, formando otra familia y olvidándola por completo. Era distinto a su caso, en el que su padre había muerto. El hecho de que siguiese viva pero no la quisiese era algo peor. Por eso no entendía cómo había podido burlarse de que Marga fuese huérfana. Quizá era su particular forma de protegerse.
—En realidad… sí me gustaría tener amigos que no fuesen mi madre —admitió Marga—. Pero creo que no existe gente como yo en el mundo.
—Por fortuna, lo tuyo es casi único. No puedes extrañarte de ser una marginada.
Marga miró a Leticia, asombrada. Con una sola frase, había roto la paz. Aunque quizá había sido una ingenua por creer que podía tratársele como a cualquier persona.
—Está bien: si quieres estar a malas, estaremos a malas —dijo con voz amenazante—. Pero hasta que salgamos de Ningún Lugar, vamos a tener que soportarnos, nos guste o no. Y cruzo los dedos para que esto dure lo menos posible. Soy una idiota por pensar que se podía hablar contigo con naturalidad.
—¿Criticas lo que a mí me hace feliz y todavía hablas de buenas intenciones? Si ese es tu concepto de estar a buenas, creo que no has tratado con muchas personas.
Las dos maldijeron para sus adentros, mientras seguían avanzando por el siniestro desierto bicolor.


—Me haría feliz que toda la gente me quisiera —dijo Leticia de repente, después de un rato de silencio—. Que todos conociesen mi nombre y me tuviesen respeto. Eso es lo que me haría feliz. Supongo que a alguien como tú le parecerá que es una felicidad muy tonta, pero es mi felicidad, y punto.
—No me parece mal tu sueño —mintió Marga, que se había quedado helada con semejante ataque de sinceridad—. Pero no dices nada de si tú querrás a toda esa gente que te quiere a ti.
Leticia la ignoró.
—Y también… odio tener complejos. Supongo que el día más feliz de mi vida sería aquel en el que me sintiese a gusto conmigo misma. Tener más labios, más pecho, menos caderas…
—Sólo los tontos tienen complejos –dijo Marga dándose aires de superioridad—. Soy incapaz de preocuparme por esas cosas tan insignificantes como el físico.
Leticia arrojó una sonrisa perspicaz.
—Menos mal que no tienes complejos, porque si yo estuviese en tus carnes, querría morir de inmediato —le respondió—. Tienes una cintura de elefante, unos pechos deformes y tu figura recuerda más a una pera que a un ser humano.
—No me preocupa lo más mínimo –insistió Marga. Pero era evidente que le importaba más de lo que aparentaba. Aunque el físico era algo que ella siempre relegaba a último plano, a veces deseaba ser más guapa. En el mundo en el que vivía, ser fea la convertía en un engendro. Su madre siempre le decía que estaba equivocada, pero ella temía, viendo a sus compañeras de clase, que así nunca se fijaría ningún chico en ella. Y mucho menos Félix de Felipe.
—Y qué decir de tu cara… —continuó Leticia, en su repaso de todos los defectos que Marga—: tienes una nariz de cerdito. Un cerdito guapo, pero un cerdito, a fin de cuentas. ¿Y tus ojos? Tus gafas triplican su tamaño, y te aseguro que los párpados caídos y esas ojeras de enferma no es algo que guste ver ampliado. ¿Te has mirado al espejo últimamente?
—Pues… —Marga quería terminar con eso. ¿Por qué le había dicho a Leticia que tener complejos era de tontos, si ella los tenía todos? Su plan era burlarse de su enemiga, no caer en su trampa. Ahora, que hacía como si todos los defectos que le encontraba no la afectasen, lo pasaba verdaderamente mal.
—Tus cejas son horribles. Mira las mías: son finas y bonitas. En cambio, las tuyas son gruesas y peludas, y casi se juntan sobre tu nariz. Te falta un pelo para ser uniceja, nunca mejor dicho.
—¡No están juntas! —protestó Marga, que sin darse cuenta, quedaba en evidencia.
—Claro que lo están —Leticia estaba dispuesta a llegar hasta el final. Marga se había burlado de sus complejos, así que ella iba a hacer lo mismo con ella. Además, estaba siendo divertido—. Y tu boquita no parece humana, ¿lo sabías?
—Mis labios no tienen nada de extraño —se quejó indignada.
—He dejado tu pelo para el final. Si no tienes complejo por ese arbusto amarillo que corona tu cabeza me das a pensar dos opciones: o eres digna de admiración o básicamente idiota.
—¡BASTA! —gritó Marga. Su eco se escuchó durante unos segundos en la lejanía del desierto—. Está bien, lo reconozco: yo también tengo mis complejos. Quizá no sea la chica más guapa del mundo…
—Es evidente que no.
—… pero aun así no me obsesiona mi físico como a ti. Me preocupa más cultivar mi mente, que es lo que de verdad merece la pena.
—Y con esa mente taaaan privilegiada seducirás a hombres ricos y poderosos, ¿verdad? —se burló Leticia.
—No: con enamorar a un hombre bueno y sencillo me es suficiente.
Y Leticia se quedó sin palabras. Por el momento.

Caminaron largos kilómetros bajo la protección del paraguas, pero no había nada en el horizonte que les arrojase ni un poco de esperanza: había más y más arena, azul y roja, pero nada más.
—No nos vendría mal descansar un poco. Ni siquiera sabemos en qué dirección vamos —dijo Leticia, entre bostezos.
Marga no tenía ganas de discutir. Ella misma se sentía agotada y estaba deseando dormir. Se tumbaron la una junto a la otra, sólo separadas por la línea que dividía las arenas de distinto color, y cerraron los ojos después de clavar el paraguas protector en la arena. En ese preciso instante, la luz desapareció y todo se tornó oscuro. Si hubiesen podido ver entre las tinieblas, habrían podido distinguir la figura de un felino observándolas desde la distancia. Pero para entonces, ya estaban profundamente dormidas.

2 comentarios:

Enrique dijo...

¡Este capítulo me ha dejado con una intriga tremenda! En cada capítulo la historia va mejorando mucho; al principio parece la típica historia de instituto, pero ya al final de este último se ve un atisbo de una gran aventura fantástica.
Lo de los cambios de narrador a lo largo de la historia queda muy bien, por cierto. Da unos aires diferentes a la historia.

Àngels Bonet dijo...

La novela tiene buena pinta :)