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V. Un mar de lágrimas


CAPÍTULO V
UN MAR DE LÁGRIMAS

Para cuando despertaron, ya había amanecido. Leticia abrió los ojos y vio como el paraguas se había caído y dejado de protegerlas, pero Marga, desperazándose, la tranquilizó:
—No te preocupes por la luz de ayer, parece ser que ya se ha ido. La de ahora es más suave y no quema, así que ya no necesitaremos el paraguas.
—¿Estás segura? —preguntó poco convencida.
—Absolutamente. El paraguas ya estaba en el suelo cuando me he levantado. Si la luz fuese igual de peligrosa que ayer, tú y yo estaríamos ahora mismo muertas.
Cuando se levantaron, observaron con sorpresa cómo la arena del día anterior había desaparecido, y en su lugar pisaban una tierra árida y seca, agrietada por culpa de lo que parecía una sequía.
—Todo esto es muy extraño. Sigo pensando que se trata de una pesadilla —dijo Leticia segura de sí misma. No creía en sucesos paranormales, más allá de que el negro conjuntase con el azul marino. La fantasía era para la gente extraña. Gente extraña como Marga—. Tú deberías saber por qué está sucediendo todo esto.
—Por supuesto que lo sé. Estoy aquí contigo porque los extraterrestres nos han escogido para su experimento de la humana más idiota y más inteligente del planeta.
—¡LO SABÍAS! —gritó Leticia escandalizada—-. Quiero pensar que eso no es verdad.
Marga suspiró.
—Todo esto me resulta tan extraño como a ti. Trato de analizar los sucesos pero no encuentro explicación. Nos peleamos en el autobús, porque a ti se te cruzaron los cables. Después, don Domingo nos castigó y nos hizo bajar. El colegio estaba en frente de nosotras pero entonces la lluvia se intensificó y nos perdimos. Y al cabo de muchísimo rato, tu teléfono móvil y los relojes se volvieron locos.
—Eso también lo puedo hacer yo. ¿Algo que no sepa ya?
—Solamente quería hacer repaso de todo lo que nos había ocurrido, para encontrar un motivo a lo que nos está sucediendo.
—Dudo mucho que alguien haya estado en Ningún Lugar antes de nosotras dos.
—Pero alguien tendrá que haber hecho todo esto, ¿no? –cuestionó Marga.
—¿Acaso tiene pinta de ser una construcción humana? Si alguien fuese capaz de ocultar el sol, o simplemente hacer que esas letras de bienvenida flotasen en el aire, compartiría su secreto con toda la humanidad. No nos utilizaría a ti y a mí de conejillos de indias. ¿Para qué?
—A lo mejor estamos muertas.
Leticia quiso reír, pero no pudo.
—Deja que me explique: estaba lloviendo mucho. Quizá el autobús se estrelló y morimos.
—¿Y porqué sólo nosotras?
—Bueno… Cuando peleamos, estábamos de pie. Éramos las únicas que no estábamos sentadas. O también… pudimos morir cuando salimos del autobús. Un  coche pudo atropellarnos. Es complicado conducir con semejante cortina de lluvia.
—¿Sabes? No creo que estemos muertas. Pero es definitivamente imposible encontrar explicación a lo que nos ocurre.
A Marga le costaba creer que algo no tuviese razón de ser. Estaba acostumbrada a buscar el porqué de todo lo que sucedía a su alrededor, y sentir que algo se le escapaba de las manos no era una sensación que le resultase agradable. Pero definitivamente, se daba por vencida. Aquel lugar, o mejor dicho, Ningún Lugar, no se parecía a nada que hubiese visto, leído o escuchado. Y lo peor de todo es que lo estaba viviendo en sus carnes. Junto a la persona que más detestaba en el mundo.


—Sigue sin haber cobertura —dijo Leticia mirando su teléfono móvil, exasperada. Volvió a marcar el teléfono de emergencias, pero como cabía esperar, nada ocurrió—. El teléfono de auxilio funciona en todos los lugares, todos. Incluso en Sudáfrica oí una vez. No imagino donde podemos estar si aquí no logramos hacer señal. Más allá del fin del mundo.
—No exageres. No se puede ir tan lejos andando bajo la lluvia —rió Marga, que estaba de mejor humor.
—La policía me estará buscando por todo el país. El Rey en persona pedirá al mundo que colabore —dijo angustiada—. Aunque pensándolo bien, quizá aparezca mi foto en la televisión y los periódicos.
—¿Y que tiene eso de bueno?
Leticia miró a Marga como si no creyese lo que acababa de escuchar:
—Seré famosa. La gente se preocupará por mí. Ahí está lo bueno.
—No sé yo hasta qué punto…
—Obviamente, sólo hablo de mí. Dirán que desaparecí «junta a una chica poco agraciada de la que nadie sabe nada», pero tendrán buen gusto y ahorrarán el mal trago de poner una foto tuya.
—Hay veces que no puedo creer que estés hablando en serio. ¡Ni que Leticia Sopri suposiese una gran pérdida para la humanidad!
—Soy una Sopri en potencia, cuidado. En poco tiempo presumirás de haber pasado horas junto a mí bajo el paraguas.
Las dos miraron aquel objeto negro de dudosa belleza que en ese momento sostenía Marga. Aquella luz abrasadora había desaparecido, y las dos sabían qué significaba aquello.
—Ya no tenemos por qué seguir juntas —dijo Marga de una vez por todas—. Yo me iré por un lado y tú puedes ir por el otro. Si encuentro la civilización, intentaré acordarme de decir que doña Leticia, la famosa doña Leticia Sopri, sigue perdida en este desierto. Espero que si tú encuentras a alguien antes me hagas el mismo favor.
—No sé si me acordaré… —dijo Leticia haciéndose la remolona—. Pero no me parece justo que te lleves tú el paraguas. Lo has llevado más rato que yo.
—Don Domingo me lo dio a mí. Pero está bien, puedes quedártelo —Marga se lo entregó de mala gana—. Sólo una cabeza de chorlito como tú querría cargar con un paraguas en el desierto.  Será un gusto perderte de vista.
—Lo mismo digo.
Las dos, orgullosas en sus extremos, dieron media vuelta y se marcharon en direcciones opuestas. Sus pasos eran decididos y levantaban un polvillo de tierra al caminar. Tan concentradas estaban en recordar los motivos por los que se odiaban que no vieron las nubes moradas que se arremolinaban sobre sus cabezas.

Leticia probó su teléfono móvil una vez más, desesperada. Lo había intentado al menos un centenar de veces, pero nunca había perdido la esperanza de conseguir ayuda. Sin embargo, ahora tomaba conciencia de que aquel aparato de última tecnología de poco le serviría en Ningún Lugar. Enfurecida, arrojó el trasto inservible contra el suelo de tierra seca.
Tenía todo un camino por delante. O miles de direcciones que tomar. Al menos, una de ellas quedaba descartada: por la que Marga se había marchado. Bastante la había tenido que soportar, como para seguir con el martirio. Definitivamente, aquella empollona de pelo tieso era una completa intelectualoide.
Miró el horrendo paraguas negro que colgaba de su brazo derecho y tuvo la tentación de dejarlo allí, junto a los restos del móvil. Era evidente que nunca llovía en aquel desierto, como para cargar con un trasto más. Pero tuvo el presentimiento de que podría hacerle falta. Ningún Lugar no respondía a la lógica, y en cualquier momento podía cambiar el tiempo y el paisaje.
Al final, decidió marchar en dirección opuesta a la que se había marchado Marga, para tener más posibilidades de pedir auxilio. Por poco que la sedujese la idea, tendría que informar a las autoridades, si ella las encontraba primero, de que su compañera de clase seguía perdida en el desierto. Algo la hacía sospechar que Marga no sería igual de generosa: para ella, Leticia era una niñita de papá por la que no merecía la pena mover un regimiento. La heredera de los Sopri estaba convencida de ello, y por eso tenía especial interés en ser ella quien encontrase a la policía.
De repente, un gato que apareció de la nada se cruzó en su camino. Era marrón con rayas anaranjadas, esquelético y con unos ojos enormes e irisados. Sonrió a Leticia —ella lo vio perfectamente— y la joven se desmayó del susto. Después, no pudo ver nada.

Marga llevaba un rato caminando sola sobre aquel desierto de tierra firme. Había dejado atrás a Leticia y con ella a su pesadilla, porque por nada del mundo hubiese querido seguir con ella. Todavía no podía creer el tiempo que habían pasado juntas. Que habían tenido que pasar juntas. Si la hubiesen empujado a elegir un acompañante para Ningún Lugar entre los millones de personas del planeta, Leticia habría sido definitivamente la última opción.
Leticia era tremendamente egoísta, pero siendo justa, Marga reconocía que su conducta tampoco había sido la deseable. De algún modo, las dos eran culpables de esa nefasta relación. ¿Acaso aquel desierto había podido cambiar algo? Lo pensó en profundidad, y llegó a la conclusión de que todo seguía igual, con la diferencia de que ahora se conocían un poco mejor. Antes eran completas desconocidas que se odiaban. Ahora sabían más la una de la otra, pero conservaban aquel odio. O el conversar lo había incrementado.
Lo cierto es que Leticia era una chica interesante, pensó Marga sin detener el paso, interesante desde el punto de vista de psicológico-social. Y por mucho que le costase reconocerlo, también tenía sueños para el futuro. Quizá no los compartiesen, pero eran sueños a fin de cuentas. Y eso merecía un respeto.
Ensimismada en sus pensamientos, ignoró al gato atigrado que la observaba desde la lejanía. Tampoco se percató de las nubes que se revolvían sobre su cabeza hasta que una gota cristalina del tamaño de una pelota de fútbol cayó a un metro por delante suyo, salpicándola por completo.
—Pero…
Miró al cielo y descubrió que estaba cubierto por nubes moradas que se retorcían las unas con las otras, amenazantes. Su corazón empezó a latir a mil por hora. No era un buen presagio.
—¡El paraguas! —Alarmada, recordó que era Leticia quien se lo había quedado. ¿Quién podría imaginar que llovería en un lugar tan árido? Maldiciendo su generosidad, miró atrás el camino recorrido. Era imposible calcular a qué distancia estaría su enemiga en ese momento, pero no se le podía distinguir en el horizonte. Debía encontrarse a kilómetros de distancia.
Entonces cayó otra gota enorme a su lado cogiéndola desprevenida. El susto le hizo perder el equilibrio y fue de bruces contra el sueño. Desde esa nueva perspectiva pudo ver como el cielo morado arrojaba cientos de miles de aquellas gigantescas bolas de agua. Consciente del peligro que corría, corrió retomando sus pasos, por si en una imposible casualidad, a Leticia se le ocurriese hacer lo mismo. Si ocurría lo que Marga más temía, necesitaban el paraguas más que nunca.

Leticia abrió lentamente los ojos. Estaba tumbada en el desierto, un desierto de tierra seca, y entonces hizo memoria. El autobús. Marga Marlot. Lluvia, mucha lluvia. Ningún Lugar. Separadas. GATO.
Sí, se había desmayado a consecuencia de aquel gato andrajoso. Un segundo antes de verlo frente a sí misma habría jurado que no había un solo ser viviente en kilómetros a la redonda a excepción de la propia Marga. Y de repente, aquel felino se cruzaba en su camino y le sonreía. ¡Le sonreía! Los gatos no tenían expresión. Se lo había oído decir  la ganadora de un reality show. Pero estaba segura de que ese lo había hecho. No estaba loca.
Se levantó con los músculos doloridos –la caída debía haber sido horrible- y miró en derredor. No había ni rastro del viejo gato, pero lo que vio sobre el desierto la asustó todavía más: torbellinos de nubes moradas, que rugían y se devoraban entre sí. Del mismo cielo caían enormes gotas de agua, que salpicaban en su uniforme escolar incluso a metros de distancia.
—No es más que una pesadilla, no es más que una pesadilla… —se dijo en un fallido intento de tranquilizarse.
Sus cosas no habían caído muy lejos. Leticia no tardó en encontrar el paraguas negro y abrirlo para protegerse. En cuestión de segundos, la lluvia cobró más fuerza, y Leticia sintió un miedo nuevo. ¿Acaso la tela del paraguas podría resistir el peso de las gigantes gotas durante mucho tiempo? Tropezó con un grieta de la tierra y se estrelló contra el suelo. Cuando se reincorporó, estaba empapada y sucia por culpa del barro. Echando una maldición a la lluvia, retomó el paso con la intención de huir de Ningún Lugar lo más rápido posible.

Marga corría por salvar su vida. Sus pasos ya no producían el mismo sonido que antes, cuando pisaba sobre tierra firma. Ahora lo hacía sobre una fina capa de agua y teniendo en cuenta los litros que caían por segundo, aquel desierto no tardaría en convertirse en un océano. Ningún Lugar no iba a dejarlas marchar con tanta facilidad.
Su ropa estaba tan mojada como si estuviese recién salida del mar. Tuvo que quitarse las gafas, que se habían vuelto inservibles. Estaba agotada, pero no podía permitirse un segundo de descanso. Tenía que encontrar el paraguas cuanto antes. Que Leticia estuviese con él no era lo más importante.
Al cabo de un rato, supo que no podía seguir mucho más tiempo con su carrera. El agua le llegaba hasta la cintura, las nubes seguían descargando más lluvia, y si continuaba corriendo desfallecería por agotamiento. Quería nadar, pero apenas le quedaban fuerzas. Volvió a maldecir el momento en que dejo que Leticia se llevase el paraguas.
Cuando ya no pudo más, se detuvo. Respiraba con dificultad y en pocos minutos moriría ahogada, a menos que reservase sus últimas fuerzas para mantenerse a flote. Miró a su alrededor, y se le hizo un nudo en la garganta al comprobar que no existían límites para aquel desierto ahora acuático. Se preguntó que habría hecho ella para merecer un final así. ¿Era todo una ilusión, y despertaría de la pesadilla al sonar el despertador? Un mal presentimiento, totalmente certero, le dijo que no. Quiso llorar.

Cuando el agua le llegaba a la altura de las rodillas, Leticia comprendió que de nada le serviría cubrirse con el paraguas y lo arrojó contra la marea. El agua estaba en todas partes, y la que la rodeaba le preocupaba más que la que caía del cielo.
Deseó con todas sus fuerzas que llegase alguien a rescatarla. O que si había llegado su fin, que no se prolongase su sufrimiento, no inútilmente. Se preguntó si alguien descubriría su muerte. Siquiera, que había desaparecido. Su mundo, tan lujoso, era más frívolo que el de aquellas familias modestas que había conocido en la escuela. Las alegrías siempre eran menos alegrías, las desgracias siempre eran menos desgracias. El dinero era lo único que era más. Y Leticia no estaba segura de hasta qué punto los suyos sufrirían su pérdida. ¿Lloraría su padre? ¿Sería capaz de dejar a un lado la fusión con aquella empresa japonesa sólo por volver a la ciudad y velar a su pequeña? Quería pensar que sí. Pero su madre… Era deprimente tener el convencimiento de que a su madre no la afectaría la noticia. Sólo a quien le importa la vida de uno puede sentir una pérdida cuando muere ese alguien, y a su madre no le importaba en absoluto lo que le sucediese a Leticia. Al menos eso era lo que ella creía.
Cuando el agua alcanzó sus costillas, trató de imaginar lo que sentirían sus amigos al enterarse de su muerte. Salvo Bárbara, y quizá Vanessa, dudaba que los otros dejasen escapar una sola lágrima. Pero no podía culparlos. Lo mismo sentía ella hacia ellos. Era la primera culpable. Sólo que a diferencia de sus “amigos”, a Leticia le había llegado la hora. Y lamentaba haber cometido tantos errores en su corta vida.
Entonces, vio algo que le dio una idea. Dio gracias al cielo por haber soltado el paraguas a tiempo.

Nadaba por salvar su vida. Sabía que las posibilidades de sobrevivir a aquel repentino mar eran bien pocas, y sólo podía esperar que se fuese con la misma rapidez con la que había llegado. Por desgracia el nivel del agua no parecía bajar. Y para complicar las cosas, seguían cayendo del cielo esas gotas del tamaño de un perro pequeño, que ahogaban en Marga toda esperanza de salvación.
Lo cierto es que nunca le había gustado el ancho mar, porque se sentía completamente impotente. Apenas había ido a un curso de natación cuando era pequeña, y aquellas nociones se habían perdido en algún lugar de la cabeza, porque no encontraba el modo de mantenerse a flote. ¿Tan mala había sido en vida como para merecer un desenlace tan aterrador? Si no fuese porque ya había bastante agua a su alrededor, habría llorado. Quería gemir, pero no podía permitir renunciar a una sola bocanada de aire. Y lamentarse no le ayudaría en esas circunstancias. Pero… ¿de verdad había lugar para esperanzas? Se impulsó hacia arriba para no quedar sepultada bajo el agua, y pudo volver a llenar una vez más sus pulmones de oxígeno. Estaba consumiendo las pocas fuerzas que le quedaban, y Marga supo que su momento había llegado. Justo antes de cerrar los ojos y dejarse llevar hasta las profundidades, deseó que al menos Leticia sobreviviese a aquel infierno acuático. Sus últimas esperanzas no eran para salvar su propia vida, sino la de su enemiga. Y entonces, unos brazos finos y cubierto de pulseras de plata la agarraron por la camisa y la libraron del agua que estaba a punto de ahogarla, sacándola de un mar que ya la tenía por muerta. Lo único que sintió fue el contacto con el viento y su cuerpo caer sobre algo blando.
—¡Di algo, Marga! —gritó una Leticia muy distinta a la que recordaba—. ¡Dime algo, por favor!
Marga escupió tanta agua que parecía que hubiese tragado una piscina. Su compañera de clase la observaba preocupada, pero ligeramente tranquilizada. Un muerto no puede vomitar.
—Por un momento pensé que estabas muerta. He visto tu rostro cetrino, y en vez de pensar que es el mismo que el de todos los días, he creído que había llegado tarde. Pero es increíble, estás viva. No me lo puedo creer —dijo sonriente, y Marga pudo devolverle la sonrisa a pesar de sus molestias—. Quizá seas una empollona, pero de ningún modo podía dejar que acabases bajo este mar de lluvia. Te he salvado, te he salvado, ¡TE HE SALVADO! Estoy orgullosísima de mí. Soy una completa heroína. Te he salvado, Margarita Marlot. Soy una heroína.
Marga la miró y comprendió que había cosas que nunca cambiarían. Pero después de todo, era cierto: le debía su vida. La había sacado de las aguas en el último segundo, poniendo en riesgo su propia seguridad. ¿Era posible que se hubiese equivocado con Leticia, y que no fuese tan egoísta como pensaba?
Una vez respiraba con tranquilidad, pudo observar donde estaban y por qué no se hundían. Su asombro crecía por segundos, y no era para menos. Aquello era…
—El paraguas de don Domingo —anunció Leticia orgullosa de su improvisada embarcación—. No sé de qué material está hecho, pero resiste nuestro peso y no se hunde. El agua sale pero no entra. Y cabemos las dos: a duras penas, pero cabemos.
Era cierto: con el paraguas invertido, las dos podían sentarse a modo de embarcación y navegar a la deriva. La lluvia aminoraba de una vez por todas, por lo que podían sentirse seguras.
—Debe emplear algún material desconocido… —dijo Marga sin dar crédito a lo que veía—. Apuesto a que en la NASA no tienen nada que se le parezca.
—No sé de qué te sorprendes. Estamos en Ningún Lugar. Llueve en el desierto, la gravedad es caprichosa y un gato aparece y desaparece. Que este paraguas sea resistente, es lo menos que me preocupa.
Como si hubiesen esperado el momento, las nubes se esfumaron igual que habían venido y dejaron un cielo despejado en su lugar. De toda aquella lluvia, sólo quedaba el mar que las rodeaba, pero estaba tranquilo y sereno, como dormido. Lo único que se movía era el paraguas, que llevaba a la dos chicas hacía ninguna dirección. Ni siquiera formaban ondas en el agua al avanzar. Pero ya no había nada que las extrañase.
—No sé porqué tenemos que estar aquí —dijo Marga. Todavía estaba afectada por lo que podría haberle pasado minutos atrás—. Ningún Lugar no tendrá reparos en matarnos. En nuestras manos está el evitarlo.
Leticia, que estaba encogida en la otra mitad del paraguas, le sonrió.
—Tengo una teoría —dijo orgullosa—. En realidad pienso que Ningún Lugar no tiene intención en matarnos. Si no, ya lo habría hecho.
—Entonces, ¿qué me ha ocurrido a mí? —preguntó enfadada—. ¿Era un simple jueguecito para averiguar cuanto tiempo aguanto la respiración debajo del agua?
—Lo que no quiere es que nos separemos —respondió segura de sí misma, y por segunda vez, Marga reconoció que su odiosa compañera tenía una idea inteligente—. Piénsalo. Mientras hemos estado juntas, hemos estado protegidas. Es cuando nos separamos que las cosas salen mal.
Las dos callaron. Había muchas cosas en las que pensar. A fin de cuentas, eso era lo único que podían hacer en Ningún Lugar: pensar. Pero se negaban a aceptar que tuviesen que estar la una con la otra para sobrevivir. Después de todo, sólo había sido la lluvia y aquella luz abrasadora. Lo que viniese después, si es que todavía no habían logrado salir, sería completamente distinto. Y podrían ir al fin separadas, que era lo que en realidad deseaban. Quizá podían tolerarse por unas horas, pero para disfrutar recíprocamente de la compañía tendrían que cambiar muchas cosas. Cosas que nunca cambiarían.
—Recuerdo que cuando cumplí los ocho años, te invité a mi cumpleaños —rememoró Leticia en un momento de nostalgia—. En realidad no quería que vinieses, pero mis padres, que todavía no se habían separado, me obligaron a enviarte la invitación. A ti y al resto de los “Insignificantes”. Mi padre decía que si veían nuestra lujosa casa, sabrían qué clase de persona era yo y desde entonces me respetarían como a una líder. ¿Y sabes qué? Mi padre estaba en lo cierto. Todos quedaron impresionados con el gimnasio, la piscina cubierta, la colección de coches, el cine privado… y fue a partir de ese momento cuando me convertí en la chica más popular del curso. Antes sólo era una niña importante. Pero ahí fui la mejor.
—¿A dónde quieres llegar con todo esto? —preguntó Marga, que no comprendía a qué venía ese recuerdo.
—Simplemente estaba pensando en que siempre hemos sido iguales. Habremos crecido, y madurado, pero después de todo, tú y yo no hemos cambiado tanto. Entonces nos detestábamos y ahora seguimos haciéndolo, por más que compartamos este paraguas.
—No fui a tu cumpleaños. Mi madre quiso obligarme, pero entonces me hice la enferma. Será por eso por lo que yo no te tengo respeto —dijo con un ligero sarcasmo.
—Claro que me tienes respeto. O incluso pavor. Tiemblas cada vez que tienes que hablarme. Tú y el resto de chicos del curso. Sabes que puedo patearte cuando quiera.
—Eso era antes —replicó Marga, y estaba muy convencida de lo que decía—. Antes, no habría podido mirarte a los ojos. Pero después de lo que ocurrió en el autobús dejé de creer en ti. Dejé de respetarte como a esa tirana a la que no se podía contradecir. Por eso dejé de temerte y te planté cara. Y ahora estoy contigo, y aunque sé que nunca seremos amigas, no te tengo miedo. Quizá sienta lástima. Pero no miedo. Ese sentimiento ya no me pertenece.
Las dos chicas mantenían su mirada desafiante. Sabían que mientras flotasen con el paraguas, no tendrían escapatoria y no les quedaba más remedio que seguir escuchándose. Pero también ocurría que en Ningún Lugar sólo estaban ellas, y allí, nadie podría protegerlas. Eran lo que eran, por una vez, sin máscaras.
—¿Sabes, Marlot? Te voy a reconocer algo… algo que nunca admitiría si no fuese porque llevo horas contigo y porque la situación es básicamente extraña. Cuando te grité en el autobús, y tú te levantaste y me plantaste cara… Aquello me dejó descolocada. Te juro que nunca antes me habían contradicho. ¿Cómo iba a pensar que tú, precisamente , serías la primera? Ni siquiera mi padre me lleva la contraria. Y de repente, y sin avisar, tú, que eres una mosquita muerta a la que nadie respeta, te atreves a responderme. Te niegas a que me salga con la mía. En mis quince años de existencia, nunca me había sucedido nada parecido. Y ocurrió en un solo segundo… todo se me vino abajo. Era como si perdiese mis poderes, sentía que mi reinado llegaba a su fin. ¡Y todo por tu culpa! No te haces a la idea de lo que eso significa. Mi mundo consiste en que la gente me quiera, conozca y reconozca. Me importan un comino los estudios, sólo quiero ser popular. ¿Acaso es mucho pedir? Quizá pienses que se trata de un sueño estúpido, pero es el mío, créelo. El mismo que el de las cantantes, modelos o actrices. No podría ser una Insignificante. Porque nunca lo he sido, y me repugna la simple idea de verme en tu piel. Pero cuando tú te negaste a que te pisoteasen, todo mi mundo estalló en pedazos. Y me volví loca. Pensé que tú ocuparías mi lugar y yo el tuyo. Suena estúpido, ¿verdad?
Marga había escuchado atenta las palabras de su compañera. No sabía si reír o llorar.
—He necesitado muchos años en reunir el coraje para detener tus vejaciones. Tu sueño  de ser importante es respetable, pero para alcanzarlo no deberías destruir a los demás. Por más “Insignificantes” que sean, como tú dices.
—Si te digo todo esto es porque te admiro, Margarita —dijo Leticia de una vez por todas—. Porque a pesar de acabar con mi sueño, tú has cumplido el tuyo. No eras la cobarde que creía, ni te pareces a los demás. Ahora te respeto porque tú te has hecho respetar. Ni siquiera Borja, o Jose María, o Jessica merecen ser respetados. Porque aunque los pisotees, ellos lo aceptarán. Nadie antes me había dicho lo que pensaba de mí. Y aunque no coincida contigo, ahora te veo como una igual. Eres la primera que no besa mis pies.
Marga tomó aquello como un cumplido.
—Mi sueño no es ser popular pero siempre he querido serlo, para serte sincera. No popular. Pero sí tener algún amigo, alguien en quien confiar. Mi madre siempre ha tomado ese papel —dijo Marga entristecida—. Primero porque yo necesitaba que alguien lo tomase, pero después porque ella no ha querido desprenderse de él. No la culpo por no tener yo amigos, pero… necesito a alguien de mi edad, una persona que tenga mis inquietudes.
—¡No estarás pensando en mí…! —dijo Leticia con cierto miedo.
—Evidentemente no.
—Porque somos compañeras, pero no amigas. Busca sujetos como tú. Debe haberlos a montones. Seguro. ¿Qué me dices de ese chico empollón? ¿Cómo se llamaba? ¿Félix?
Leticia puso el dedo en la llaga. Si antes no se habría imaginado lo que Marga sentía por Félix, su reacción al escuchar su nombre la puso al descubierto.
—¡NO ME GUSTA! —gritó con sus dos pulmones, a sabiendas de que mentía.
—No te preocupes, empollona —respondió burlona—. Si te gusta o no, es asunto tuyo. Me importa bien poco. Al menos, no es mi máxima preocupación cuando me encuentro perdida en un lugar extraño con una idiota como tú. ¿Que tu amor no te corresponde? Bienvenida al club. Por ahora, nos queda bastante tiempo a bordo del paraguas.
La luz, aquella que estaba en todas partes pero que no provenía de ningún lugar, fue apagándose sin que ninguna de las dos pudiese darse cuenta. Antes de que reinase la oscuridad absoluta, las había vencido el sueño y dormían, plácidamente, embarcadas en un extraño paraguas negro. El nivel del mar también descendía, el mar de lágrimas, lágrimas de un cielo enfurecido, pero también de dos chicas que provenían de mundos muy distintos. Y a las que no les quedaba más remedio que entenderse.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

me ha gustado mucho, muy creativo como siempre. se podría clasificar como literatura juvenil?

Anónimo dijo...

Paron navideño??