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La importancia de llamarse Cayo

Por esa clase de casualidades extrañas, la semana pasada decidí que ya me tocaba leer algo de Miguel Delibes. Autor favorito de mi abuelo, casi también de mi padre, yo siempre lo he ignorado como quien pasa de las películas de la posguerra. Me interesaba igual a cero.

Entonces descubrí que existía un libro titulado El disputado voto del señor Cayo. Señor Cayo o Señor C. es un sobrenombre que he utilizado en broma más de cien veces, y en éste título estaba la inspiración. Dejé pasar un tiempo hasta que la semana pasada, como atraído por una voz, me vi impulsado a comprar el libro. No podía esperar a visitar Valencia siquiera para pedírselo prestado a mi padre.
Busqué en la Casa del Libro de mi barrio, y no tenían ni rastro del título. Todos los típicos, pero no éste. Fue a El Corte Inglés de Goya, y tampoco hubo resultado. Probé en el de Serrano y, de nuevo, nada. "Éste libro sólo está en la tienda de Nuevos Ministerios". Al final fui a la Casa del Libro de Gran Vía y me hice con él. En el mismo camino a casa llamé a mi padre:
-Papa, ¿me pusiste "Cayo" de segundo nombre por el libro de Delibes, verdad?
En realidad, sólo quería confirmar algo que me resultaba obvio.
-No -respondió con sinceridad-. De hecho ni siquiera he leído el libro. Te puse ese nombre por Derecho Romano.
-¡Pero si es tu escritor favorito, y "Cayo" es un nombre súper raro!
-Que no, que no fue por eso.
Me despedí convencido de que mi padre se equivocaba. Claro que me llamo así de segundo nombre por culpa del libro de Delibes, lo que pasa es que él no se acuerda.
Una semana exacta después de esta conversación me encuentro con que muere este escritor. Ya veremos qué rápido colocan El disputado voto del señor Cayo en todas las librerías en las que no había ni rastro hace siete días. Por mi parte siempre creeré que el subconsciente le jugó una mala pasada a mi padre. Tengo que llamarme así por éste escritor. ¿Qué romanos ni niño muerto?

Un día

El otro día oí una frase que me marcó: "Si todo lo que he sufrido sirve para tener un solo día de felicidad, uno solo, vivir habrá merecido la pena". Me pareció terrible. Sabiduría en estado puro. Un bálsamo para mi época más reciente.

Qué cosas que esa perla filosófica salió de Sálvame, programa que no había visto desde hacía meses (incompatibilidad horaria, oiga. Y a partir de hoy, incompatibilidad tecnológica: nuestra tele no tiene enganche a la tdt, y no tenemos ningún plan de comprar otra). La pensadora no era otra que Belén Esteban. Voy a aplicarme a fondo su teoría del saber. Sufro demasiado por querer ser feliz a cada instante, y olvido demasiado rápido esos segundos en que de verdad lo fui.

El día mundial de la mujer

Porque gracias a Dios, ninguna mujer que quiero esperaba hoy que la aplaudiesen por su trabajo. Lo ha hecho y punto. Mejor o peor. Como el hombre que tenía al lado.

Mis primerísimas lecturas (ii)

Tras hablar de La Bruja Aburrida y Busi, prometí -aunque nadie esperaba que lo cumpliese, porque nadie lo ha solicitado- una continuación a aquella entrada en la que hablase de mi siguiente etapa como lector. Ya lo introduje entonces: Leo Leo, la colección de suscripción mensual que Bayard depositaba rigurosamente en mi buzón. O dicho de otra forma: mi confirmación como lector en la vida, o de cómo desde entonces he estado pendiente cada día del buzón.

Leo Leo, para quien no lo sepa, es un libro en rústica que incluye una historia con ilustraciones a color, actividades temáticas y un cómic de la familia Melitón como colofón final. Y lo extraordinario de Leo Leo es, era, que se escapaba de lo que acostumbrábamos a leer en el cole, historias más bien flojitas. Leo Leo trae (casi) siempre tramas emocionantes, y las ilustraciones también se salen de lo que se suele ver en la aburrida prescripción escolar. Será que salen de Francia, patria de mi ilustración favorita. Las "novelas" tenían una temática variada en cada número, y los personajes no se repetían salvo en alguna rarísima ocasión, muy muy excepcional. Mi historia favorita creo que era la de Las cien mentiras, que salió justo con el número cien, aunque cuando regreso al campo ojeo los números antiguos y no puedo evitar sentarme para rápidas relecturas. Algunas historias son maravillosas pese al paso del tiempo.
Los pasatiempos me aburrían bastante, pero el cómic de la familia Melitón era otro punto a favor. A diferencia de con el "cuento", los personajes del cómic siempre eran los mismos, aunque su aventura fuese distinta en cada ocasión (sería imposible mantener una trama continuada; Leo Leo lleva muuuchos años publicándose, y cada año engancha a una nueva generación).
Hala, ya está hecho. Por fin he hablado de Leo Leo. El demonio de la lectura dejará a acosarme al fin por haber saldado esta deuda con mi infancia.